jueves, 28 de junio de 2012

LOS GRITOS por Carlos Ferreira



Cada vez que se grita
gol en este mundo,
un hombre muere de guerra,
de odio,
de hambre,
de soledad
o pena.
La cuestión es saber
si se trata de un grito posible
o si es absurdo.
Me remito al poeta:
Todos los gritos sirven,
depende desde qué lado
del horror se escuchen.


                         Carlos Ferreira

TIM BARBER - DOSSIER FOTOGRÁFICO -











LAS MANOS por TED HUGHES

Dos manos inmensas
mecieron tu infancia.

Más tarde silenciosamente las mismas manos
te situaron en el lugar angosto
y te dieron de comer pastillas,
enguantadas para que no las reconocieras.

Cuando te despertaste en el hospital
conseguiste ayuda para reconocer
las huellas dactilares dentro de lo que hiciste.
No lo podías creer. Fue muy arduo
para ti creerlo.
Más tarde, dentro de tus poemas,
que llevaron como guantes, las mismas manos
dejaron grandes huellas. Igual que
dentro de tus cartas que eran un último reducto
y que llevaron como guantes.
Dentro también de aquellas palabras con que me golpeabas
que se movían más aprisa que tu boca
y que zumban aún en mis oídos.

Pienso a veces
que tú misma eras al final dos guantes
llevados por aquellas dos manos.
A veces pienso incluso que yo también
fui alcanzado, un entumecimiento de guantes
que llevaban aquellas manos mismas,
haciendo lo que necesitaban que se hiciera, porque
las huellas dactilares dentro de lo que hice
y dentro de tus poemas y de tus cartas
y dentro de lo que hiciste
son las mismas.

Huellas dactilares
dentro de unos guantes vacíos, aquí, éstos,
de los que tus manos han desaparecido.

LA DUDA Por LUIS DUARTE




La razón por la cual se cacarea en tiempos de SIDA,
tiene que ver con la necesidad de mostrar nuestros aciertos,
sin la ventaja de poseerlos del todo.

Compañero amigo, la causa nos reúne otra vez.
Parecernos será lo mas atractivo
y lo menos convincente.
Pero si a todo esto le sumamos
la inconfundible letra O,
habremos pasado a formar parte del bien.

La duda no tiene límites,
por lo tanto nos justifica.

FOTOGRAFÍAS DE NAHUI OLIN

Nahui por Antonio Garduño








Nahui por Antonio Garduño




Nahui por Edward Weston



Nahui por Antonio Garduño




Nahui con Rodriguez Lozano

LOS DE LA BECA FULBRIGHT por TED HUGHES

¿Adónde fue, en el Strand? Había varias
noticias sueltas, con sus fotos.
No sé por qué me fijé en una:
los de la beca Fulbright
de ese año. Llegando,
o ya llegados. O de algunos de ellos.
¿Estabas vos en esa foto? La miré
al pasar, preguntándome
a quiénes llegaría a conocer.
Me acuerdo de ese pensamiento. No
de tu cara. Es seguro
que miré con cuidado
a las chicas. Quizá te vi.
Quizá te di un puntaje, algo aburrido.
Quizá noté tu largo pelo suelto y ondulado,
tu flequillo a lo Verónica Lake.
Y no lo que ocultaba.

Parecería rubio.
Y tu sonrisa,
tu exagerada
sonrisa norteamericana,
para las cámaras, los jueces, los extraños, l
os asustados.
Y después lo olvidé. Pero me acuerdo
de la foto: los de la beca Fulbright.
¿Con sus valijas? Me parece que no.
¿Habrían venido todos juntos? Yo caminaba,
arrastrando los pies,
entre el caliente sol y el asfalto caliente.
¿Fue entonces que compré un durazno?
Así al menos lo recuerdo.
En un puesto muy cerca de la estación.
Era el primer durazno fresco que probaba.
No podía creer lo rico que era.
Con veinticinco años, una vez más quedaba atónito
por mi ignorancia de las cosas más comunes.

sábado, 26 de mayo de 2012

FRAGMENTOS DE EL AMANTE por MARGARITE DURAS


Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.

Diré más, tengo quince años y medio.

El paso de un transbordador por el Me-kong.

La imagen persiste durante toda la travesía del río.

Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

                             +++++++++
He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas. 
La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano. 
Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos.

DOSSIER DE FOTOS DE LEE MILLER (SEGUNDA PARTE)






FRAGMENTOS DE PÁJARO DE CELDA por KURT VONNEGUT


 
Una vez intenté escribir un relato en el que mi padre y yo nos reuníamos en el cielo. De hecho, una primera versión de este libro empezaba así. Yo tenía la esperanza de llegar a ser en el relato un buen amigo suyo. Pero el relato se complicaba perversamente, como suele pasar con los relatos cuando tratan de individuos reales a quienes hemos conocido. Al parecer, en el cielo la gente podía tener la edad que quisiera, siempre que hubiera vivido tal edad en la tierra. Así, por ejemplo, John D. Rockefeller, el fundador de la Standard Oil, podía tener cualquier edad hasta los noventa años. King Tut, cualquiera hasta los veintinueve, y así sucesivamente. Me desilusionó, como autor del relato, el que mi padre decidiese tener sólo nueve años en el cielo.
Yo, por mi parte, había decidido tener cuarenta y cuatro: respetable, pero también muy atractivo aún. Mi desilusión con mi padre se convirtió en vergüenza y rabia. Era igual que un lémur, como lo son los niños a los nueve años, todo ojos y manos. Tenía una reserva inagotable de lápices y cuadernos y andaba siempre siguiéndome los pasos, dibujándolo todo e insistiendo en que admirase los dibujos que acababa de hacer. Los recién conocidos me preguntaban a veces quién era aquel chiquillo tan raro, y yo tenía que decir la verdad porque en el cielo no se podía mentir: «Es mi padre.»
Los abusones disfrutaban haciéndole sufrir, porque no era como los otros niños. No se entretenía con las conversaciones de los niños ni con los juegos de los niños. Así que le perseguían y le agarraban y le quitaban los pantalones y los calzoncillos y los tiraban por la boca del infierno. La boca del infierno era como una especie de pozo de los deseos sin cubo ni polea. Podías asomarte y oír los alaridos desmayados de Hitler y Nerón y Salomé y Judas y gente así, allá, a lo lejos, abajo, muy abajo. Yo me imaginaba a Hitler, que sufría ya el máximo calvario, encontrándose periódicamente la cabeza cubierta con los calzoncillos de mi padre.
Y siempre que le robaban sus prendas, mi padre acudía corriendo a mí, rojo de rabia. Y yo a lo mejor estaba con alguien a quien acababa de conocer y a quien estaba impresionando con mi urbanidad... y aparecía mi padre, dando alaridos y con el pajarito ondeando al viento.
Me quejé a mi madre del asunto, pero me dijo que no sabía nada de él ni sobre él, pues sólo tenía dieciséis años. Así que no me quedaba más remedio que aguantarle, y lo único que podía hacer era gritarle de vez en cuando: «¡Por el amor de Dios, papá, por qué demonios no quieres crecer!»

En fin, el relato insistía tanto en ser desagradable, que dejé de escribirlo.
                                        ...
Entre los cansinos huelguistas, tan amargados y marginados como los demás, al parecer, había espías y agentes provocadores contratados y muy bien pagados, en secreto, por la Agencia de Detectives Pinkerton. Esa agencia aún existe y prospera, y es ahora una subsidiaria propiedad absoluta de la RAMJAC Corporation.
Daniel McCone tenía dos hijos, Alexander Hamilton McCone, que contaba por entonces veintidós años, y John, de veinticinco. Alexander se había graduado honrosamente en Harvard el mayo anterior. Era dulce, tímido, tartamudo. John, el hijo mayor y el aparente heredero de la empresa, había abandonado sus estudios en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en el primer curso, y había pasado a ser desde entonces el ayudante de más confianza de su padre.
Todos los trabajadores, huelguistas y no huelguistas, odiaban al padre y a su hijo John, pero reconocían que éstos sabían más en cuanto a moldear hierro y acero que ninguna otra persona del mundo. En cuanto al joven Alexander: les parecía afeminado y estúpido y demasiado cobarde hasta para acercarse a los hornos y las fraguas y los martillos, donde se hacía el trabajo más peligroso. Los obreros a veces le decían adiós con el pañuelo, para proclamar su futilidad como hombre.
Cuando Walter F. Starbuck, en cuya mente está esta leyenda, preguntó años más tarde a Alexander por qué se le había ocurrido ir a trabajar a un lugar tan inhóspito después  de Harvard, teniendo además en cuenta que su padre no había insistido en ello, tartamudeó una respuesta que, una vez descifrada, decía así: «Yo creía entonces que un rico debía tener alguna idea del sitio del que salía su riqueza. Fue un detalle muy juvenil por mi parte. Las grandes riquezas deben aceptarse sin ponerse en entredicho o rechazarse de plano.»
En cuanto a los tartamudeos de Alexander antes de la Matanza de Cuyahoga eran poco más que notas de adorno que expresaban su excesiva modestia. Nunca se quedaba mudo más de tres segundos, con todos sus pensamientos aprisionados dentro.
Y, en cualquier caso, no habría podido hablar mucho en presencia de un padre y un hermano tan dinámicos. Aun así, su silencio era para ocultar un secreto que cada día le daba más satisfacciones: empezaba a entender el negocio tan bien como ellos; antes de que ellos anunciasen una decisión, él casi siempre sabía cuál sería y cuál debería ser... y por qué. Nadie más lo sabía aún, pero, qué demonios, él también era industrial e ingeniero.
                                           ***
Cuando llegó la huelga de octubre, se le ocurrieron muchas posibles soluciones, aunque no hubiese pasado por una huelga nunca. Harvard quedaba a un millón de kilómetros de distancia. Nada de lo que allí había aprendido pondría en marcha la fábrica de nuevo. Pero lo haría la Agencia de Detectives Pinkerton, y lo haría la policía... y quizás la Guardia Nacional. Antes de que su padre y su hermano lo dijeran, Alexander sabía que había muchos hombres en otras partes del país lo bastante desesperados como para aceptar un trabajo casi a cualquier precio. Cuando su padre y su hermano lo dijeron, Alexander aprendió algo más sobre los negocios: había empresas, que se fingían con frecuencia sindicatos, cuyo único negocio era reclutar a tales hombres.
A finales de noviembre, las chimeneas de la fábrica eructaban humo de nuevo. A los huelguistas ya no les quedaba  dinero para el alquiler ni para la comida y el combustible. Todo gran empresario de trescientas millas a la redonda había recibido sus nombres, así que sabía lo alborotadores que habían sido. Su dirigente nominal, Colin Jarvis, estaba en la cárcel, esperando juicio por una acusación de asesinato amañada.

HOMENAJE A AGUSTÍN TOSCO A 82 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Agustín Tosco nace un 22 de mayo de 1930.

En 1974 fue intervenido el sindicato de Luz y Fuerza del que era el máximo dirigente y desde donde gestó la lucha por la unidad de los trabajadores.

Perseguido, enfermo y con la imposibilidad de ser internado porque pesaba sobre él una orden de ejecución, Tosco muere en la clandestinidad a los 45 años de edad.

A su funeral asistieron miles de personas que fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas policiales.

Presentamos una selección de imágenes y fragmentos testimoniales que se proponen rendir homenaje a quien fuera uno de los principales dirigentes de El Cordobazo y referente ineludible en la lucha de los trabajadores.


El 5 de noviembre de 1975 muere Agustín Tosco.




lunes, 14 de mayo de 2012

DOSSIER DE FOTOS DE LEE MILLER

Lee Miller por Man Ray

Pablo Picasso By Lee Miller

Una foto de Lee Miller como visión del desierto

Paul Eluard, su mujer Nausch, Valentín Penrouse, Man Ray y su pareja. Foto tomada por la propia Lee
Lee Miller en la bañera de Hitler

EL ARTE DE AMAR Por PUBLIO OVIDIO NASÓN



Ahora te enseñare como cautivar y conservar a la mujer de tu elección. esta es la parte mas importante de todas mis lecciones. Amantes de todo el mundo, presten atención a mi discurso; permitan que la buena voluntad caliente sus corazones, puesto que cumpliré las promesas que les he hecho.

    Primero que nada, tienes que estar seguro de que no existe una mujer que no pueda ser ganada y hazte la idea de que la vas a ganar.

Solo tu mismo puedes preparar las bases. Antes cesaran los pájaros su canto durante la primavera o guardarán silencio los saltamontes en el verano... que una mujer resista el tierno cortejo de un joven amante...

    Ahora, lo primero que debes hacer es estar en buenos términos con la bella sierva de la dama. Ella puede facilitarte las cosas.

Descubre si tu dama confía en ella y si ésta sabe todo acerca de sus pasatiempos secretos. Mueve el cielo y tierra para ganártela. Ya que la tengas de tu lado, el resto es muy fácil...

    En primer lugar, es mejor enviarle una carta simplemente para allanar el terreno. En ella habrás de expresarle lo mucho que la adoras; hazle bonitos cumplidos y di todas las cosas lindas que dicen los amantes... Y promete, promete, promete. Las promesas no te costaran nada. Todos son millonarios en lo que concierne a las promesas.

    Si rechaza tu carta y te la regresa sin haber sido leída, no te des por vencido; espera lo mejor e intenta de nuevo...

    No dejes que tu cabello se enrede formando mechones en tu cabeza; asegúrate de que tu cabello y barba estén decentemente cortados. Cerciórate también de que tus uñas estén limpias y bien limadas; no dejes crecer vello fuera de tus fosas nasales; cuida que tu aliento sea dulce y no camines por ahí con tufo a cabra...

    Cuando te encuentres en un festín en el que el vino corra libremente y en donde una mujer comparta el mismo asiento contigo, ruega a ese dios, cuyos misterios son celebrados durante la noche, que el vino no nuble tu cerebro. Es entonces cuando podrás conservar fácilmente con tu dama en un lenguaje de palabras ocultas, de las cuales habrá de adivinar fácilmente su significado...

    Al hacer halagos sutiles, tendrás la oportunidad de robarte su corazón, como lo hace el río insensiblemente al inundar la ribera que lo bordea. Jamás dejes de entonar las alabanzas en torno a su rostro, su pelo, sus afilados dedos y sus delicados pies...

Las lágrimas también son un útil y poderoso recurso en el asunto del amor. Podrían derretir un diamante. Confirma este punto permitiendo que tu dama vea tu rostro empapado con lagrimas. En caso de que no logres obtener ni una lágrima - y no van a salir siempre que lo desees - métete el dedo en tus ojos.

jueves, 26 de abril de 2012

DIAMELA ELTIT -Extracto de Los Vigilantes-

Amanece mientras te escribo. Tu desconfianza aumenta aún más las fronteras que se extienden entre nosotros. Se ha dejado caer un frío considerable. Un frío que se vuelve cada vez más tangible en este amanecer y no cuento con nada que me entibie. Ah, pero no es posible que lo entiendas porque tú, que no te encuentras expuesto a esta miserable temperatura, jamás podrías comprender esta penetrante sensación que me invade. Deberás responderme con urgencia. Como lo temía, tu hijo fue expulsado hoy de la escuela. Recuerda que te pedí de manera insistente, y, en ocasiones, desesperada, que hicieras los arreglos necesarios para intentar impedir esa resolución. Ahora es demasiado tarde. El cielo empieza a ponerse infinitamente azul, un azul que presagia la llegada conmovedora de un sol macilento que ya sé, sólo vendrá a iluminar aún más el frío que nos circunda.
..... Tu hijo aún duerme. Duerme como si nada hubiera sucedido, pues cuenta con la certeza de que tú seguirás con distancia nuestro hostil derrotero. Pero, esta vez, deberás entender este dilema que también te pertenece, porque si no lo haces, nuestra aflicción te tocará y la tranquilidad que rodea tu vida quedará inutilizada para siempre.
..... Me parece que el cielo hoy será arrogante y extenso. Mientras que tu hijo soporta el frío con una extrema liviandad, yo sufro como si hubiera sido atacada por una peste malsana. Nunca he logrado una apariencia para resistirlo y en estos instantes llego a pensar que, tal vez, mi piel fue perversamente diseñada para los inviernos.
..... Las últimas heladas me han devastado con rigor, llevándome hacia un malestar que vulnera las leyes de cualquier enfermedad. Tu hijo, en cambio, aunque trémulo, conserva la constancia de la alegría en sus juegos solitarios, cruzados por sus sorprendentes carcajadas. Se ríe abiertamente durante aquellas horas en las que me resguardo buscando un sueño que me alivie del frío. Te solicité que se lo dijeras, te advertí en cuánto me perturbaban sus juegos. No lo hiciste. En unos momentos me hundiré entre las gastadas cobijas de mi lecho y te aseguro que tu hijo se despertará únicamente para privarme del descanso que requiero.
..... Eso es todo. Piensa que permanezco a la espera del gesto que corrija el conjunto de mis inquietudes. Ah, piensa también en el frío que penetra por cada uno de los intersticios de la casa.
..... Pero, ¿cómo te atreviste a escribirme unas palabras semejantes? No comprendo si me amenazas o te burlas. ¿En qué instante tu mano propició unas acusaciones tan injustas? Estás equivocado, la expulsión de tu hijo fue completamente acertada y me parece cruel que insinúes que fui yo la que lo indujo a buscar una salida de la escuela. Fue una acción de tu hijo del todo personal y yo, si me hubiera visto enfrentada al conflicto de los administradores de la escuela, habría tomado idéntica medida. Ah, qué agravios tuyos debo recibir. Ahora, además del frío, me hieren tus injurias ante las que no demuestras la menor contemplación. Te insisto; la expulsión representó un tibio castigo frente a una falta que me parece imperdonable. Pero, ¿cómo puedes acusarme de desear que tu hijo abandone su educación? En estos momentos, temo que ni siquiera conozcas a tu propio hijo y te niegues a entender que su actuación estuvo provista de una gran dosis de maldad. Lo que hizo sobrepasó todos los límites y yo me vi enfrentada a un conocimiento que me ha dejado demasiado avergonzada.
..... Afuera está plagándose de una extrema turbulencia. Estoy cierta de que el cielo, en esta noche, muestra una dispersión poco frecuente. Es como si las distintas oscuridades se protegieran al interior de la siguiente y, a la vez, intentaran separarse. Se trata de una noche abrumadora e indecisa. No quiero volver a recibir de ti ninguna expresión inoportuna o que pretendas dudar de una decisión que es ineludible. Jamás te solicité que ejercieras un pronunciamiento ante la expulsión, ni menos que calificaras mis conductas. En realidad, ahora comprendo que tu carta fue escrita por el solo placer de provocar mis iras. Pero a mí lo único que me moviliza es la necesidad de una respuesta a la enorme disyuntiva con la que ahora convivimos. Temo a la llegada de la luz del día. Tu hijo se despierta con la luz y me persigue con sus juegos y sus inminentes carcajadas. Esos ruidos inhóspitos atraviesan las puertas tras las que me protejo para prevenirme de sus enfermizos sonidos.
..... Tú no sabes cómo, temblando de frío, descompuesta por el sueño, me cubro con las manos los oídos hasta provocarme daño. Ah, no entiendes lo que significa habitar con sus desconcertantes carcajadas . Ahora exijo que retires tus palabras y sólo te limites a darme una respuesta. Comprendo que mi tono te resulte imperativo, pero de esa dimensión es el conflicto al que me enfrento.
..... En el curso de esta noche pareciera que el cielo propiciara una catástrofe. Nunca había presenciado una apertura similar. Es inútil que intentes una estratagema, no quieras convencerme de que la palidez de tu hijo se está volviendo progresivamente malsana. El mal que anuncia está sólo contenido en tus perniciosos juicios. Limítate a escribir, con la sensatez que espero, una solución para esta tragedia que me resulta interminable.


..... Durante toda la noche mi corazón me ha hostilizado sin cesar. A lo largo de estas horas, me he sentido diminuida, atacada por un cansancio verdaderamente perturbador. Prisionera de distintas angustias, aún en la más leve, hube de ansiar una pronta muerte. Pero no podía adivinar que me esperaban más castigos, los que se manifestaron en algunos fugaces sueños de mutilaciones. En mis breves sueños, un cuerpo destrozado descansaba entre mis manos. Ah, imagínate, yo era la causante de esa muerte y, sin embargo, no sabía cual destino correspondía dar a los restos. No sé cómo sobrevivo a ese sueño en donde me vi, maravillada, sosteniendo a unos despojos mutilados de los cuales yo era responsable. Mi corazón me ha humillado toda la noche. El corazón late, late, late, pero el mío fue, en esta noche, irregular. Latió con una desarmonía espantosa. Mi corazón se ha comportado de una manera hiriente que no estoy en condiciones de responder a las preguntas que me haces.
..... Sé que esta mala noche se la debo a mi vecina. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo. Ha dejado de lado a su propia familia y ahora se dedica únicamente a espiar todos mis movimientos. Es una mujer absurda cuyo rencor la ha sobrepasado para quedar librada a la fuerza de su envidia. Mi vecina sólo parece animarse cuando me ve caminar por las calles en busca de alimentos. Me enfrento entonces a sus ojos que me siguen descaradamente desde su ventana, con un matiz de malicia en el que puedo adivinar los peores pensamientos. Sale después hacia afuera y hasta sería posible asegurar que algunas veces me ha seguido. Tú sabes que poseo un fino sentido cuando me siento acechada. Podría testificar que ella ha ido tras mis pasos en mi único recorrido a través de la ciudad. Ahora sé que mi vecina, a pesar del frío, va de casa en casa y estoy cierta de que soy el motivo de sus viajes y la razón de sus conversaciones. Su mirada es definitivamente tendenciosa y puedo prever cómo el mal se desliza por mi espalda, se despeña por mi espalda dejándome arañada por crueles difamaciones. Ah, no entiendo desde cuál de sus incontables odios ha escogido hacer de mí su contendiente.
..... Sabes pues que soy vigilada por mi propia vecina. Las preguntas que me haces, sólo duplican en mí la vigilancia. El que tu hijo no asista a la escuela no augura que habitemos de una manera indecorosa. Te advertí que este momento llegaría. Si tú no lo detuviste, ¿por qué pues debo entonces obedecer tus órdenes? Permanecemos, nos quedamos por tu voluntad en una ciudad que enloquece de manera progresiva. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo y cuando anochece puedo escuchar su llanto desesperado. Llora por que su vida occidental se le ha dado vuelta, porque el frío se ha dado vuelta y, por su contagio, esta noche hasta mi corazón se ha sublevado.
..... Tu hijo y yo pasamos este tiempo comprometidos en un ritmo que no merece el menor reproche y no veo por qué habría de hacerte una cuenta detallada de cómo pasamos el día. Pero, en fin, has de saber que nuestras horas transcurren burlando el frío que está alcanzando un cuerpo realmente monstruoso. Tu hijo lo esquiva ejecutando sus juegos y lo soslaya con el fragor de sus estruendosas carcajadas. Yo velo el día y vigilo el paso de la noche. Pero ¿cómo hacerte comprender que mi vecina me fustiga de manera vergonzosa? Deja pues de abrumarme con argumentos que no tienen el menor asidero. Tu hijo fue expulsado de la escuela por su comportamiento y debemos permanecer reducidos en la casa. ¿Qué es lo que en realidad temes? ¿Qué mal podría amenazar a quienes viven encerrados entre cuatro paredes?

DOSSIER FOTOGRÁFICO de RICHARD AVEDÓN (TERCERA Y ÚLTIMA PARTE)




Nadja Auermann

Suzy Parker with Robin Tattersall

FRAGMENTO DEL LIBRO DE MANUEL de JULIO CORTÁZAR

 
Sos una chica formidable, dijo Oscar metiendo toda la cara en el pelo de Gladis, vos misma no sabes lo formidable que sos. No tengo la menor idea, dijo Gladis sorprendida de veras, pero no me despeines por favor, hay un artículo terrible del reglamento interno. Te quiero mucho y sos formidable, insistió Oscar, y cómo le hubiera gustado ponerla del lado de la luna llena, decirle eso que no sabía cómo decirle porque Gladis se hubiera quedado mirándolo, algo como tené cuidado cuando des el salto, o ahí arriba está lleno de vidrios rotos, ¿no los ves brillar?, realmente estaba un poco neura porque la cosa se volvía obsesiva, era idiota y hasta peligroso, sobre todo la idea de dar el salto, de trepar a la tapia llena de vidrios y ganar el camino de tierra, dejar atrás el asilo, de ver nada menos que a Gladis entre las muchachitas enloquecidas huyendo de a dos o de a tres, clamando y alentándose, sosteniéndose para escalar la tapia, la negrita se había quitado el camisón para echarlo sobre los vidrios, pasen por aquí, yo me tiro primero, dale la mano a Marta, no ves que no alcanza, espera que yo me trepo primero, vaya  a saber si había luna llena esa noche, en realidad fue  la oscuridad lo que les dio la chance de huir, parece, ya no me acuerdo bien pero por qué, entonces, voy a tener que cuidarme, hermano.—Esta noche quiero estar con vos —dijo Oscar—, supongo que me dejarán tranquilo hasta mañana después de la emocionante ceremonia. ¿Qué pasa en París, vos ya tenés hotel allá o qué?—Nosotras las otesdelér llevamos una vida sumamente morigerada —explicó Gladis muerta de risa—, de manera que el caballero se buscará un hotel por su cuenta. Recibió ronroneando el beso en la oreja, la caricia que resbalaba bajo la blusa, sintió toda separación de aguas, hijita querida, es que sólo los ingenuos creen que se corta con cuchillo, que esto queda aquí y esto allá. Desde luego no entendes una palabra de lo que te estoy diciendo, polaquita.

—Cómo querés que te entienda —murmuró Ludmilla acercándose y metiéndome las manos en el pelo hasta que sus uñas me rascaron como a un gato, cosa que siempre me ha producido un placer extremo—, si empezás a hablar al final del túnel, pájaro espantoso. Y sin embargo mira si soy inteligente, yo creo que te sigo y que no necesitas sacar el mapa  Michelin.

—En sí no es difícil, Ludlud, estaba pensando que el problema de elegir, que es cada vez más el problema de este roñoso y maravilloso siglo con o sin el maestro Sartre para ponerlo en música mental, reside en que no sabemos si nuestra elección se hace con manos limpias. Ya sé, elegir es mucho aunque uno se equivoque, hay un riesgo, un factor aleatorio o genético, pero en definitiva la elección en sí tiene un valor, define y corrobora. El problema es que a lo mejor, y estoy pensando en mí, cuando yo elijo lo que creo una conducta liberatoria, un agrandamiento de mi circunstancia, a lo mejor estoy obedeciendo a pulsiones, a coacciones, a tabúes o a prejuicios que emanan precisamente del lado que quiero abandonar.

—Blup —dijo Ludmilla que siempre decía eso para alentarme.

—¿No estaremos, muchos de nosotros, queriendo romper los moldes burgueses a base de nostalgias igualmente burguesas? Cuando ves cómo una revolución no tarda en poner en marcha una máquina de represiones psicológicas o eróticas o estéticas que coincide casi simétricamente con la máquina supuestamente destruida en el plano político y práctico, te quedas pensando si no habrá que mirar de más cerca la mayoría de nuestras elecciones.

—Bueno, más que mirarse el ombligo como estás haciendo vos, lo que habría que intentares una especie de superrevolución cada vez que se dé el caso, y estoy de acuerdo en que seda todos los días.

—Claro que sí, Lud, pero habría que mostrar mejor esa infiltración de lo abolido en lo nuevo, porque la fuerza de las ideas recibidas es casi espantosa. Lonstein, que como sabes ha hecho un arte de la masturbación aunque creo que nunca te habló del asunto, me mostraba un texto científico Victoriano con la descripción de los síntomas del niño pajero, que es exactamente la que nos hacían nuestros padres y maestros en la Argentina de los años treinta. Cara ojerosa, piel amarillenta, palabra tartamudeante, manos húmedas, mirada débil y evasiva, etcétera; el cuadro persiste seguramente hoy en la imaginación de mucha gente, aunque la mutación generacional no tardará en liquidarlo. Lonstein se reía porque no solamente él no respondió jamás a ese cuadro entre los once y los quince años, sino porque   se acuerda muy bien de que en ese entonces se consideraba una excepción milagrosa y estaba contentísimo de que su viejo no pudiera pescarlo por ese lado; es decir que si te fijas bien, en él había finalmente una aceptación del cuadro clínico tradicional que lo llevaba a imaginar su caso como una excepción privilegiada.

—Yo una vez a los once años me masturbé con un peine —dijo Ludmilla—. Carajo, casi acaba mal, debo haber estado loca.

—Los peines son para que los niños buenos les pongan un papel de seda y entonen alegres melodías, no se te olvide. Y ya que estamos en la sexología, el libro en cuestión alude a otra cosa que siempre me llamó la atención en las novelas libertinas de Sade para abajo, y es la historia de la supuesta eyaculación en las mujeres/¿Eyaculación en las mujeres?/Eso, querida, se diría que nunca leíste Juliette o su numerosa progenie.-

-Sí, bueno, no Juliette, no porque no la conseguí, pero sí Justine.

-Es lo- mismo en bastante menos, pero también allí las mujeres eyaculan, y las razones profundas de esta convicción compartida por todas las eminencias médicas de la época es otro problema que toca a la discriminación sexual y a la primacía de un mundo masculino que se vuelve modelo a imitar, y así la mujer acepta o acaso inventa una eyaculación propia que a su vez el hombre da por supuesta desde el momento que es él quien impone el modelo./Las cosas que sabes./Yo no, un tal Steven Markus que es un águila, pero no se trata de eso sino que un día hablando con un violinista francés amigo de confidencias libidinosas, me contó de una de sus amantes, una caucásica misteriosa llamada Basili que, y me dijo que hacía el amor con tal frenesí que al final eyaculaba de una manera que le dejaba los muslos completamente empapados./Blup./Date cuenta, ese muchacho sabía mucho más que yo de mujeres y sin embargo parecía creer que Basili que era tan sólo la manifestación suprema de algo que él daba por supuesto en todas ellas. No me animé a plantearle el problema pero ya ves cómo ciertas creencias pueden saltar la barrera y seguir actuando del lado opuesto, nada menos que en un tipo que se las sabe todas. Me pregunto si las cosas que quisiera cambiar en mí no las estoy queriendo cambiar sin que en el fondo nada cambie gran cosa, si cuando creo elegir algo nuevo mi elección no está regida secretamente por todo lo que quisiera dejar atrás.

—En todo caso elegís, y cómo —dijo Ludmilla, y se la sentía como un trapito que se va plegando en dos, en cuatro en ocho. La besé y le hice cosquillas, la apreté hasta que protestó, siempre pensando, siempre hablando, siempre Andrés duplicado, salido de él mismo, besándome, haciéndome cosquillas, apretándome hasta que protesto, siempre pensando, siempre hablando, escúchame, Ludlud, ya sé que todo esto es Francine, escúchame,  Ludlud, yo salgo a buscar, necesito salir a buscar, entonces Francine o aquel viaje a Londres en que te dejé plantada porque tenía que estar solo, pero todo estaría en saber si realmente busco, si salgo a buscar de veras o si no hago más que preferir mi herencia cultural, mi occidente burgués, mi pequeño individuo despreciable y maravilloso.

—Ah —dijo Ludmilla—, ahora que lo decís yo no creo que vos hayas cambiado gran cosa desde que empezaste a salir, como decís. Más bien al revés, entonces quod eramdemostran-dum, toma.

—Hm —dijo Andrés buscando la pipa, lo que en él era siempre una técnica dilatoria—.¿Por qué entonces has cambiado vos?

—Porque me decepcionas, porque sos inautèntico, porque en el fondo sabes muy bien que no querés cambiar nada, que esa pipa será siempre tu pipa y guay del que se meta con ella,y al mismo tiempo estás dispuesto a hacer pedazos esta casa de la misma manera que estarás haciendo pedazos la de Francine, porque cada golpe allí o aquí repercute viceversa sin que necesitemos telefonearnos para saber las novedades.

—Sí —dijo Andrés—, sí, Ludlud, pero son dos casas, y siguiendo tu metáfora trata de comprenderme, dos casas son dieciséis ventanas y no ocho, son un gusto diferente de las salsas, una luz que mira al norte y otra al oeste, esas cosas.

—A vos en todo caso no te está sirviendo de mucho tu ubicuidad y tus dieciséis ventanas, vos mismo lo estás sospechando, pero entre tanto hay cosas que ya no serán nunca lo que fueron.

—Quise que comprendieras, esperé una especie de mutación en la forma de quererse y entenderse, me pareció que podíamos romper la pareja y que a la vez la enriqueceríamos, que nada tenía que cambiar en los sentimientos.

—Nada tenía que cambiar —repitió Ludmilla—. Ya ves que tu elección no quería cambiar nada profundo, era y es un juego, lujoso, una exploración alrededor de una palangana, una figura de danza y otra vez de pie en el mismo sitio. Pero en cada salto has roto algún espejo, y ahora salís con que ni siquiera estás seguro de que los rompes por cambiar algo. No hay mucha diferencia entre Manuel v vos.

—Una cosa es útil en esta conversación, polaquita, y es que vos la desacralizás rápidamente, la traes del lado de Manuel, por ejemplo. Tenés tanta razón, yo problematizo al cuete, y para peor dudo del problema mismo. No me tengas lástima, sabes. Ludmilla no dijo nada pero me pasó una vez más la mano por la cara, casi sin tocarme la piel, y era algo que precisamente se parecía tanto a la lástima. En fin, cómo saber cuál de las dos me tenía más lástima porque también Francine se quedaba mirándome de a ratos como alguien que quiere consolar y se dice que es inútil porque no hay ni siquiera desconsuelo, hay esa otra cosa sin nombre que yo no puedo dejar de buscar o de ser, y así da capo al fine.