2019 en La Letra Tal Vez. Dossier de fotos, literatura, entrevistas y mas críticas teatrales nos esperan...
miércoles, 29 de agosto de 2012
PRIMERO TOMAMOS MANHATTAN - Por LEONARD COHEN
Me condenaron a 20 años de aburrimiento
por tratar de cambiar el sistema desde dentro.
Ahora vengo, ahora vengo a cobrármelo.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
Me guía una señal en el cielo.
Me guía esta marca de nacimiento en mi piel.
Me guía la belleza de nuestras armas.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
Realmente querría vivir contigo, nena.
Me encanta tu cuerpo, tu alma, y tus ropas.
¿Pero ves esa línea de ahí,
moviéndose a traves te la estacion?
Te lo avisé. Te lo avisé. Te avisé que yo fui uno de ellos.
Ah, me amaste como un perdedor
pero a hora te preocupa que pueda ganar.
Sabes como detenerme,
pero careces de la disciplina necesaria.
Durante cuantas noches recé por esto,
para que mi obra comenzara.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
No me gusta su negocio de modas, señor.
Ni me gustan las drogas que le mantienen delgado.
No me gusta lo que le ocurrió a mi hermana.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
Realmente querría vivir contigo, nena...
Te doy las gracias por las cosas que me mandaste.
El mono y el violín marca Plywood.
Practiqué cada noche, y ahora estoy listo.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
Recordame. Solía vivir sólo para la música.
Recordame, yo te llevaba las bolsas de la compra.
Es el Día del Padre y todo el mundo está herido.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.
NO TE PREOCUPES ¿PALOMA? Por FER
En esa época ella era una paloma y vivía dentro de un
número. Vivía dentro del número cinco, más específicamente. Siendo un ave,
Buenos Aires no ofrecía demasiadas ofertas laborales, así que no podía darse el
lujo de pagar el alquiler de un número con unidad y decena. Ni que hablar de
esos lugares enormes y lujosos que eran los números con unidad, decena y
centena. Solamente los había visto en las revistas.
Trabajaba (de paloma, claro) en alguna de las plazas
de la ciudad. Estuvo mucho tiempo rotando de plaza, hasta que por fin la dejaron
fija en plaza de mayo. Era muy feliz trabajando allí. Le gustaban los
atardeceres en la ciudad, y la gente que iba y venía todo el
tiempo.
Había una
sola cosa que lograba disgustarla del todo. Odiaba esa época del año en que aparecían las golondrinas. Lo único
que esas malvadas criticonas sabían hacer era arruinarle las tardes de
verano.
Las palomas y las golondrinas tenían una
animadversión mutua desde hace años y años. Las palomas les recriminaban a las
golondrinas la falta de libertad y las golondrinas las acusaban a su vez de ser
poco organizadas y poco solidarias entre ellas.
Las palomas siempre desconfiaron de las golondrinas por estar
sindicalizadas y las acusaban de cooperativistas. Se consideraban a sí mismas
más inteligentes e independientes, y capaces de cuidarse a sí mismas sin
molestar a las demás.
Por las noches, ella volvía a su cinco. No era muy
elegante, pero le encantaba su pequeño número. Dentro del seis vivía un mago que
era su mejor amigo. Bah, en realidad no era un mago, sino un conejo. Había sido
conejo de mago durante muchos años y las presiones de la carrera terminaron por
crearle un conflicto de personalidad que se fue agravando con el tiempo. Se
volvió loco del todo el día en que, en medio de su delirio, quiso ser él quien
saque al mago de la galera y lo despidieron.
Cuando llovía, el conejo se venía a dormir con ella
en el cinco porque le temía a los truenos y al viento que golpeaba las ventanas
del número seis. Era una de esas noches de lluvia, cuando la paloma le confeso a
su amigo conejo el secreto que había escuchado, un poco sin querer y un poco
a propósito, esa misma tarde.
No era ingenua. Sabía que desde hace tiempo estaban
pasando cosas extrañas. Conocía el aire de la ciudad más que a sus propias
plumas y sentía el clima enrarecido de los últimos tiempos.
Se lo contó todo al conejo. Unos señores de uniforme,
estaban teniendo unas reuniones secretas en las que estaban planeando asesinar
al presidente. Ella lo conocía y le parecía un hombre bueno y carismático. Le
caía muy bien (sobre todo cuando sonreía). Estuvo cerca de él durante largos
años y vio muchas veces la plaza llena hasta el tope cuando ese señor se asomaba
al balcón.
Estaba muerta de miedo y no sabía que hacer. El
conejo, pese a haber perdido la razón hace años, le daba siempre los mejores
consejos. Le advirtió que para estas cosas no hay trucos de magia, y que tendría
que ser valiente. Juntos decidieron que lo mejor era tratar de advertir al
general de la sonrisa, lo que estaban planeando en su contra.
A la mañana siguiente y haciendo gala de toda su
destreza en el arte de volar, se coló en el despacho de aquel a quien debía
advertir. Pero todo el esfuerzo fue inútil. El general había cambiado la sonrisa
por una mueca de preocupación. Ya no hablaba alzando la voz como cantando, ni
gesticulaba con las manos. La paloma entendió que había cosas que estaban
cambiando para siempre. El general ordeno que la sacaran del despacho y se
encontró de nuevo en el aire frío de junio. Se dio cuenta de que el clima
enrarecido se había instalado en la ciudad para quedarse por tiempo
indeterminado.
Las golondrinas podían acusarla de lo que fuera, pero
había cosas que ella tenía muy claras. Estaba absolutamente convencida de que
era injusto que alguien sea víctima de la violencia solo por el trabajo que
realiza. Es como si quisieran matarla a ella solo por ser
paloma.
Entonces pensó en una sola cosa. Tenía que salvar lo
único que ella capaz de defender en ese momento. Se odio a sí misma por no
disponer de más recursos para advertir al general de la sonrisa, pero sentía el
deber de salvar por lo menos a sus compañeras.
Al la mañana siguiente, la plaza amaneció desierta de
palomas y con el cielo gris. El bombardeo de la aviación naval cayó sobre la
plaza hiriendo y asesinando inocentes; y ella lo escucho todo desde el número
cinco. Lloro en silencio por lo que no pudo evitar, pero se alegro en su
interior de haber podido salvar a las demás. Pensó en que tal vez las
golondrinas tenían razón, después de todo.
De la suerte que corrió la paloma después de ese
junio, hay más de una versión. Algunos dicen que el general de la sonrisa se la
llevo con él cuando dejo el país. Otros dicen que por el tremendo acto heroico
de salvar a todas las palomas de plaza de mayo, se transformó en humana y ahora
es enfermera en un hospital para poder ayudar a las personas.
Pero hay quienes juran que no se transformo en
humana. Cuentan, con una media sonrisa entre labios, que en realidad solo muto
de animal y ahora es pingüina. Dicen, también, que sigue trabajando por la misma
zona.
A PASEAR POR MI CIUDAD Por LUCAS DONADIO
Hoy quiero invitarte a pasear por mi ciudad
Toma mi mano sin miedo
Que ya estamos entrando...
Escucha
El suave son de la arboleda
Nos deleita con su cadencia mas precisa
Y como bellos
adornos musicales
Se asoman lentamente
Los más delicados cantos de las aves.
Mira
El sol mas brillante
Ilumina el gran paisaje natural
Cargando así de energía luminosa
A todo cuerpo vivo,
Los perros, las aves, la rosa.
Y ahora sentí,
El infinito nos rodea
Cientos de paisajes y misterios
Cientos de vidas y desiertos
Y en el medio del todo, te miro,
Una caricia…
viernes, 10 de agosto de 2012
EL HOMBRE VESTIDO DE BLANCA VIRGINIDAD Por WALTER GÓMEZ
Cae
la piel del hombre vestido de blanca virginidad.
Se
derrumban todos sus secretos, aún los ya publicados.
Parado
en medio del hedor, suplica paz.
Es en
ese momento aparece el hombre de plastilina,
tan bien
imaginado por los mediocres,
y le
dice:
-“La paz no existe.
El estado de naturaleza es el odio,
en algunos,
y la resignación en otros”.-
¿Qué tienen de contraposición la paz
con la resignación?.-
preguntó
el hombre vestido de blanca virginidad.
“La paz no existe porque se sembró el
germen del ser humano.
Sin su existencia, la del ser humano,
la paz sería como el aire. No la ves
ni la sentís.
Simplemente está.”
En
ese momento, en ese preciso instante,
los
árboles empezaron a dibujar curvas,
el
suelo se comenzó a desgarrar
como finos hilos de cemento,
como
carne deshilachada.
El
cielo dibujó la forma de un ojo,
y se
cerró en un tiempo.
Se
pareció a un guiño.
El
hombre vestido de blanca virginidad giró su cabeza
y
descubrió a una mujer con una pala en su mano.
El
agua los empezó a cubrir de manera inversa,
de
arriba hacia abajo.
La
mujer ya había cavado la fosa.
El
hombre vestido de blanca virginidad
dejó de sentir su propio cuerpo.
El
silencio se adueñó del momento aún hasta hoy.
*Fotografía Benoit Paille
jueves, 26 de julio de 2012
TRATA DE BLANCAS Obras de ELISA ALGRANATI
Trata de Blancas, obras de Elisa Algranati. Se trata de
ilustraciones que reflejan el dolor de un tema que nos pesa y que
lamentablemente seguimos sufriendo mientras la justicia sigue haciendo la vista
gorda. Elisa es Licenciada en Artes Visuales egresada de la Escuela de Bellas Artes de
P. Pueyrredon, desde 1989 se desempeña como docente en la Escuela de Bellas Artes en
Neuquen. Además es una profesional muy premiada, Primer Premio en Dibujo, Salón
Sociedad Italiana de Neuquén, 2009, 1º premio Salón Nacional Avon "Con la Mujer en el Arte", La Pampa , 1995, 1º Premio Salón
Bienal Sara Lauria, San Martín de los Andes , Neuquén, 1998. Es un gusto
presentar una de sus tantas obras en nuestra Letra.
DE CUAN DIFÍCIL ES IMAGINAR UNA CIUDAD IDEAL por GEORGES PEREC
No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.
No me gustaría vivir al aire libre pero a veces sí.
Me gustaría vivir en el quinto distrito pero a veces no
No me gustaría vivir en un torreón pero a veces sí
No me gustaría vivir con apremios monetarios pero a veces sí
Me gustaría vivir en Francia pero a veces no
Me gustaría vivir en el Ártico pero no demasiado tiempo
No me gustaría vivir en una aldehuela pero a veces sí
No me gustaría vivir en Isudún pero a veces sí
No me gustaría vivir en un junco pero a veces sí
No me gustaría vivir en una ciudad fortificada pero a veces sí
Me hubiera gustado ir a la Luna pero es un poco tarde
No me gustaría vivir en un monasterio pero a veces sí.
No me gustaría vivir en el Hotel Negresco pero a veces sí
No me gustaría vivir en Oriente pero a veces sí
Me gusta vivir en París pero a veces no
No me gustaría vivir en Québec pero a veces sí
No me gustaría vivir en un arrecife pero a veces sí
No me gustaría vivir en un submarino pero a veces sí
No me gustaría vivir en una torre pero a veces sí
No me gustaría vivir con Ursula Andress, pero a veces sí
Me gustaría vivir para llegar a viejo pero a veces no
Me gustaría vivir en Xanadú, pero no para siempre
No me gustaría vivir en el departamento de Yonne pero a veces sí
No me gustaría que viviéramos todos en Zanzíbar pero a veces sí.
LA PREGUNTA DIARIA - Por Nicolai Kudrasov
Sí, dije sin pensarlo demasiado. La situación no daba para andar desaprovechando oportunidades. Además no me habían dado la posibilidad de elegir. Me atajaron en la puerta y sin mediar con mi opinión, me engrilletaron al tobillo.
Desde ese día me sucede algo curioso y a la vez
aterrador. Cada mañana, cuando me defino entre el sueño y la realidad, me
pregunto qué día es. Es inmediato, instantáneo. En cuanto siento que comienzo a
alcanzar la superficie de la vigilia, me viene la pregunta con la velocidad de
un rayo.
“¿Qué día es hoy?”
Al abrir los ojos la pregunta ya tiene una respuesta,
que por lo general me frustra y decepciona. Nunca es ese día que estoy
esperando. Siempre es un día más. Digo más y no menos, porque cada uno de ellos
se va acumulando como los granos de un reloj de arena desde aquel día en que
dije sí.
No era tan tremendo al comienzo. Dentro del marco histórico
en que se desarrollaba mi vida, la propuesta no iba a tardar mucho en llegar.
Pero quizás ese fue el problema principal. No fue una propuesta. Fue algo
determinante. Para antes de que yo llegara, alguien había dado el sí por mi. La
afirmación, hoy creo que de forma involuntaria, fue un mero hecho burocrático.
Negarme hubiese significado el destierro.
Continué, de cierto modo con mi vida, pero regalando
la mitad de ella. ¿Por cuánto? Por no saber decir que no y por no seguir los
sueños de la juventud.
Y ese día, que de alguna forma estoy siempre esperando,
nunca llega. Es otro el día en que me levanto de la cama y como un autómata
comienzo a realizar las tareas asignadas. Un día tras otro. Todos iguales. Son
otros días que no pertenecen a mi vida verdadera. Soy lo que me hacen hacer,
por un tiempo determinado hasta que ya no les soy útil y deciden otorgarme el
permiso de volver a acostarme y dormir. Hasta la mañana siguiente.
Me pregunto por el día en que estoy viviendo, para
poder tener algún rasgo distintivo entre uno y otro. Nombrarlos me ayuda a
diferenciarlos. Saber que yo soy, existo, y no pertenezco a la imaginación
dañina de alguien más. Muchas veces me siento así. Estoy purgando una condena
por algún mal que otro cometió en un tiempo y espacio diferente. No quiero, me
niego a creer que esta es mi realidad.
Posiblemente esa respuesta, tan inconsciente dentro del
estado en que se confecciona, sea el motivo por el cual no decido terminar con
todo. Mientras haya respuesta, tengo la esperanza que ese día que espero
llegue.
Lo peor es que fue todo por nada. Asesiné, con aquel
sí, a un futuro que si bien nada prometía, por lo menos tenía el beneficio de
la incertidumbre. Ahora son todas certezas. Tristes certezas. Está todo
escrito, cronometrado como un plan sistemático, que concluye con un presagiado
final. Me consuela saber, a diferencia de las personas que me rodean, que sólo
estoy viviendo un fugas pestañeo de luz entre dos oscuridades infinitas.
Lo que más lamento, es que todo fue por un puñado de
monedas. Tres monedas falsas que auguraban un prospero porvenir. Hoy las
monedas son más y siguen aumentando, pero el porvenir nunca llega. Ese día,
nunca llega. No hay dinero que pueda comprar la libertad que añoro. Tampoco
existe la cantidad suficiente para alcanzar la felicidad perdida. Que en su
momento no era felicidad, pero que el tiempo y este yugo, se han encargado en
transformarla en tal. Tres monedas, todo por tres monedas y un sí. Y las
oportunidades comenzaron a caerse como las fichas de un dominó. Pasaban los
días, los años y las fichas caídas eran cada vez más. Más cosas en el ropero,
más cosas debajo de la cama. Con el tiempo los sueños se cubrieron con el polvo
de lo cotidiano. Y en cada mañana comenzó a aparecer el:
“¿Qué día es hoy?”
Eso se pregunta una voz en mi interior antes de
despertar. Se trata de aquel que pudo escapar del sí que me hicieron dar, que
me hicieron decir. Quien formula la pregunta me ve desde algún lado, desde otra
realidad. Me ve como un otro que ya no soy yo. Ve en lo que me convertí y sabe
la pregunta que me hago todos los días. Trato de eliminarlo, de silenciarlo con
una respuesta que se repite semana a semana. Pero él conoce el futuro, al igual
que yo lo intuyo, y mis contestaciones ni siquiera lo perturban. Mientras
tanto:
“¿Qué día es hoy?” Como cada mañana, antes de abrir
los ojos, desde hace tantos años.
Podría haber terminado esto hace mucho tiempo, cuando
comenzó a ser una carga insoportable. Pero no lo hice, esperando que el destino
se tuerza radicalmente y que aquel sí de hace años, se transforme en algo
anecdótico. Puedo confirmarlo: el destino no se tuerce. Ni por sí sólo, ni por
nuestro esfuerzo por hacerlo. No se manejan variables infinitas dentro de las
oportunidades lógicas de cada vida. Sólo son dos, y de eso depende saber decir
sí, o saber decir no. Hoy que puedo dar un cierre de una vez y para siempre,
definitivamente, el vaso con cicuta está vacío. Alguien fue más astuto, rápido
y decidió dejar de preguntarse ¿Qué día es hoy?
Pero qué culpa tenía yo de no haber estado en el
momento justo en el lugar indicado? Vinieron, propusieron, decidieron y dije
que sí y la pregunta se comenzó a formular cada mañana. Como un grito de
auxilio. Como una espera perpetua.
Así fue como resigné todo, por voluntad ajena y sin
peros. Por una secuencia que se repite desde que dije sí, desde que pronuncio
en mi interior el día en el que vivo.
Maldigo esta costumbre, maldigo a quien grita “¿Qué
día es?”, maldigo el momento en que dije sí. Hoy no aguanto, no resisto más, no
soporto la continuidad de los días, su parecido mimético, su simetría
inconfundible. Esa pregunta todas las mañanas, sin sentido, sin modificar nada.
Mi respuesta incondicional, mi sí perpetuo que me desgasta con cada minuto que
pasa. Que me hace esperar que llegue ese día. Ese día, en que olvide qué día es,
o que no tenga importancia saberlo. Ese día sin nombre en donde pueda
retroceder hasta ese momento en donde todo comenzó, donde la pesadilla se hizo
carne, para así recuperar el pasado muerto de sueños ahogados y silenciar
definitivamente a la pregunta diaria de “¿Qué día es hoy?”
LA VERDAD DE LAS GRULLAS Por LUIS A. SPINETTA
Si le pido al mundo que pare y me lleve,
tomo un sonido del aire y lo dejo caer...
Y si la esperanza se agota al fin,
cuando vuelva el río con sus manos nos reunirá...
Por eso todos nos estamos mirando,
en un instante por decirlo así...
Tengo una razón para pensar en Dios y en mí,
sin embargo el cielo se cruza y no se deja saber...
Algo que se fue, sin totalmente desaparecer...
Algo que es un destello que nos viene a llevar...
Por eso todos nos estamos buscando,
es imposible solo con la sed...
Por eso todos nos estamos buscando,
es imposible solo con la sed...
Te espero así, en la más fuerte luz,
entre las hojas o en el aire,
en la laguna, sin que aparezca el rey...
Ya no están aquí, como ayer,
las cosas que perdimos...
Todo quedó atrás al despertar,
bosque azul de la oscuridad.
Nada es imposible sin tu amor.
Es la organización de la selva incrustada entre las ciudades,
que avanzan hasta morir...
Por eso todos nos estamos alejando,
en un momento por decirlo así...
Te espero así,
en la más fuerte luz,
entre las hojas o en el aire,
en la laguna, sin que aparezca el rey...
Tu desilusión nació una noche de verano...
y todo eso se rompe a la vez al despertar.
Bosque azul de la oscuridad.
Nada es imposible sin tu amor.
Queda una verdad que dicen las grullas,
no te aventures más allá del valle mortal,
dicen que se juntan allí seres humanos para capturarse...
y hacerse todo tipo de mal...
Por eso todos nos estamos mirando...
en un momento por decirlo así,
Por eso todos nos estamos mirando...
es imposible solo con la sed...
EL FINAL por JIN MORRISON
Éste es el final, precioso amigo mio.
Es el final, mi único amigo, el final.
De nuestros elaborados planes, el final.
De todo aquello que permanece en pie, el final.
Sin seguridad ni sorpresas, el final.
Nunca más volveré a mirar en tus ojos,… otra vez.
¿Puedes imaginarte como será? Sin límite y libre
Necesariamente desesperado….de una….mano extraña
en una tierra desesperada.
Perdido en una tierra romana de dolor
todos los niños locos Locos,
esperando por la lluvia del verano, sí.
Hay peligro al filo de la ciudad
Cabalga la autopista de los reyes, cariño
Extrañas escenas dentro de la mina de oro
Cabalga la autopista hacia el oeste, cariño.
Cabalga sobre la serpiente hacia el lago, el viejo lago cariño
La serpiente es larga, siete millas
Cabalga la serpiente,…es vieja, y su piel está fría.
El oeste es lo mejor el oeste es lo mejor
Ven hacia aquí, y haremos el resto
El autobús azul nos llama.
-Conductor, ¿a donde nos lleva?
El asesino se levanta antes del amanecer, y se pone sus botas
Coge una foto de la vieja galería
y camina cruzando la entrada
Entra en la habitación donde vivía su hermana
Paga la visita a su hermano
Se dirige a la puerta, y mira dentro:
-Padre. -¿Sí, hijo? -Quiero matarte.
Madre, quiero follarte
Venga cariño, date una oportunidad a tí misma con nosotros
y conóceme al final del autobús azul
haciéndo un "blue rock"
(algún tipo de droga o alucinógeno)
Venga, sí.
Matar, matar, matar, matar
Éste es el final, precioso amigo mio.
Es el final, mi único amigo, el final.
Duele dejarte libre,
pero nunca me seguirás.
El final de la risa y de las pequeñas mentiras
El final de las noches en las que intentamos morir.
Es el final.
jueves, 28 de junio de 2012
LOS GRITOS por Carlos Ferreira
Cada vez que se grita
gol en este mundo,
un hombre muere de guerra,
de odio,
de hambre,
de soledad
o pena.
La cuestión es saber
si se trata de un grito posible
o si es absurdo.
Me remito al poeta:
Todos los gritos sirven,
depende desde qué lado
del horror se escuchen.
Carlos Ferreira
LAS MANOS por TED HUGHES
Dos manos inmensas
mecieron tu infancia.
Más tarde silenciosamente las mismas manos
te situaron en el lugar angosto
y te dieron de comer pastillas,
enguantadas para que no las reconocieras.
Cuando te despertaste en el hospital
conseguiste ayuda para reconocer
las huellas dactilares dentro de lo que hiciste.
No lo podías creer. Fue muy arduo
para ti creerlo.
Más tarde, dentro de tus poemas,
que llevaron como guantes, las mismas manos
dejaron grandes huellas. Igual que
dentro de tus cartas que eran un último reducto
y que llevaron como guantes.
Dentro también de aquellas palabras con que me golpeabas
que se movían más aprisa que tu boca
y que zumban aún en mis oídos.
Pienso a veces
que tú misma eras al final dos guantes
llevados por aquellas dos manos.
A veces pienso incluso que yo también
fui alcanzado, un entumecimiento de guantes
que llevaban aquellas manos mismas,
haciendo lo que necesitaban que se hiciera, porque
las huellas dactilares dentro de lo que hice
y dentro de tus poemas y de tus cartas
y dentro de lo que hiciste
son las mismas.
Huellas dactilares
dentro de unos guantes vacíos, aquí, éstos,
de los que tus manos han desaparecido.
mecieron tu infancia.
Más tarde silenciosamente las mismas manos
te situaron en el lugar angosto
y te dieron de comer pastillas,
enguantadas para que no las reconocieras.
Cuando te despertaste en el hospital
conseguiste ayuda para reconocer
las huellas dactilares dentro de lo que hiciste.
No lo podías creer. Fue muy arduo
para ti creerlo.
Más tarde, dentro de tus poemas,
que llevaron como guantes, las mismas manos
dejaron grandes huellas. Igual que
dentro de tus cartas que eran un último reducto
y que llevaron como guantes.
Dentro también de aquellas palabras con que me golpeabas
que se movían más aprisa que tu boca
y que zumban aún en mis oídos.
Pienso a veces
que tú misma eras al final dos guantes
llevados por aquellas dos manos.
A veces pienso incluso que yo también
fui alcanzado, un entumecimiento de guantes
que llevaban aquellas manos mismas,
haciendo lo que necesitaban que se hiciera, porque
las huellas dactilares dentro de lo que hice
y dentro de tus poemas y de tus cartas
y dentro de lo que hiciste
son las mismas.
Huellas dactilares
dentro de unos guantes vacíos, aquí, éstos,
de los que tus manos han desaparecido.
LA DUDA Por LUIS DUARTE
La razón por la
cual se cacarea en tiempos de SIDA,
tiene que ver con la necesidad de mostrar
nuestros aciertos,
sin la ventaja de poseerlos del todo.
Compañero amigo,
la causa nos reúne otra vez.
Parecernos será lo mas atractivo
y lo menos
convincente.
Pero si a todo esto le sumamos
la inconfundible letra O,
habremos
pasado a formar parte del bien.
La duda no tiene
límites,
por lo tanto nos justifica.
FOTOGRAFÍAS DE NAHUI OLIN
LOS DE LA BECA FULBRIGHT por TED HUGHES
¿Adónde fue, en el Strand? Había varias
noticias sueltas, con sus fotos.
No sé por qué me fijé en una:
los de la beca Fulbright
de ese año. Llegando,
o ya llegados. O de algunos de ellos.
¿Estabas vos en esa foto? La miré
al pasar, preguntándome
a quiénes llegaría a conocer.
Me acuerdo de ese pensamiento. No
de tu cara. Es seguro
que miré con cuidado
a las chicas. Quizá te vi.
Quizá te di un puntaje, algo aburrido.
Quizá noté tu largo pelo suelto y ondulado,
tu flequillo a lo Verónica Lake.
Y no lo que ocultaba.
Parecería rubio. Y tu sonrisa,
tu exagerada
sonrisa norteamericana,
para las cámaras, los jueces, los extraños, los asustados. Y después lo olvidé. Pero me acuerdo
de la foto: los de la beca Fulbright.
¿Con sus valijas? Me parece que no.
¿Habrían venido todos juntos? Yo caminaba,
arrastrando los pies,
entre el caliente sol y el asfalto caliente.
¿Fue entonces que compré un durazno?
Así al menos lo recuerdo.
En un puesto muy cerca de la estación.
Era el primer durazno fresco que probaba.
No podía creer lo rico que era.
Con veinticinco años, una vez más quedaba atónito
por mi ignorancia de las cosas más comunes.
noticias sueltas, con sus fotos.
No sé por qué me fijé en una:
los de la beca Fulbright
de ese año. Llegando,
o ya llegados. O de algunos de ellos.
¿Estabas vos en esa foto? La miré
al pasar, preguntándome
a quiénes llegaría a conocer.
Me acuerdo de ese pensamiento. No
de tu cara. Es seguro
que miré con cuidado
a las chicas. Quizá te vi.
Quizá te di un puntaje, algo aburrido.
Quizá noté tu largo pelo suelto y ondulado,
tu flequillo a lo Verónica Lake.
Y no lo que ocultaba.
Parecería rubio. Y tu sonrisa,
tu exagerada
sonrisa norteamericana,
para las cámaras, los jueces, los extraños, los asustados. Y después lo olvidé. Pero me acuerdo
de la foto: los de la beca Fulbright.
¿Con sus valijas? Me parece que no.
¿Habrían venido todos juntos? Yo caminaba,
arrastrando los pies,
entre el caliente sol y el asfalto caliente.
¿Fue entonces que compré un durazno?
Así al menos lo recuerdo.
En un puesto muy cerca de la estación.
Era el primer durazno fresco que probaba.
No podía creer lo rico que era.
Con veinticinco años, una vez más quedaba atónito
por mi ignorancia de las cosas más comunes.
sábado, 26 de mayo de 2012
FRAGMENTOS DE EL AMANTE por MARGARITE DURAS
Un día, ya entrada en años, en el
vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me
dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted
hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa
ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el
de ahora, devastado".
Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la
que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es
la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me
fascino.
Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era
demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió
un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo
le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese
empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes,
más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba
de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos,
cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más
definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de
horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me
hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también,
que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal.
Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia,
quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve.
He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por
supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro
lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como
algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la
materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
Diré más, tengo quince años y medio.
El paso de un transbordador por el Me-kong.
La imagen persiste durante toda la travesía del río.
Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen,
vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona
cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.
+++++++++
He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras
lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre
esas cosas sin ir hasta ellas.
La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni
camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es
cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida
parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me
refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he
hablado de los períodos claros, de los que
estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud,
de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos
sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía
exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir,
ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso:
que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la
vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es,
cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia,
escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos
los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya
no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia
fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.
Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años,
tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la
mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol
llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en
mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al
igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del
placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi
madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese
rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los
hechos.
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