miércoles, 29 de agosto de 2012

PRIMERO TOMAMOS MANHATTAN - Por LEONARD COHEN



Me condenaron a 20 años de aburrimiento
por tratar de cambiar el sistema desde dentro.
Ahora vengo, ahora vengo a cobrármelo.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.

Me guía una señal en el cielo.
Me guía esta marca de nacimiento en mi piel.
Me guía la belleza de nuestras armas.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.

Realmente querría vivir contigo, nena.
Me encanta tu cuerpo, tu alma, y tus ropas.
¿Pero ves esa línea de ahí,

moviéndose a traves te la estacion?
Te lo avisé. Te lo avisé. Te avisé que yo fui uno de ellos.

Ah, me amaste como un perdedor
pero a hora te preocupa que pueda ganar.
Sabes como detenerme,
pero careces de la disciplina necesaria.
Durante cuantas noches recé por esto,
para que mi obra comenzara.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.

No me gusta su negocio de modas, señor.

Ni me gustan las drogas que le mantienen delgado.
No me gusta lo que le ocurrió a mi hermana.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.

Realmente querría vivir contigo, nena...

Te doy las gracias por las cosas que me mandaste.
El mono y el violín marca Plywood.
Practiqué cada noche, y ahora estoy listo.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.

Recordame. Solía vivir sólo para la música.
Recordame, yo te llevaba las bolsas de la compra.
Es el Día del Padre y todo el mundo está herido.
Primero tomamos Manhattan, después tomamos Berlín.


NO TE PREOCUPES ¿PALOMA? Por FER

En esa época ella era una paloma y vivía dentro de un número. Vivía dentro del número cinco, más específicamente. Siendo un ave, Buenos Aires no ofrecía demasiadas ofertas laborales, así que no podía darse el lujo de pagar el alquiler de un número con unidad y decena. Ni que hablar de esos lugares enormes y lujosos que eran los números con unidad, decena y centena. Solamente los había visto en las revistas.

Trabajaba (de paloma, claro) en alguna de las plazas de la ciudad. Estuvo mucho tiempo rotando de plaza, hasta que por fin la dejaron fija en plaza de mayo. Era muy feliz trabajando allí. Le gustaban los atardeceres en la ciudad, y la gente que iba y venía todo el tiempo.

Había una sola cosa que lograba disgustarla del todo. Odiaba esa época del año en que aparecían las golondrinas. Lo único que esas malvadas criticonas sabían hacer era arruinarle las tardes de verano.

Las palomas y las golondrinas tenían una animadversión mutua desde hace años y años. Las palomas les recriminaban a las golondrinas la falta de libertad y las golondrinas las acusaban a su vez de ser poco organizadas y poco solidarias entre ellas. Las palomas siempre desconfiaron de las golondrinas por estar sindicalizadas y las acusaban de cooperativistas. Se consideraban a sí mismas más inteligentes e independientes, y capaces de cuidarse a sí mismas sin molestar a las demás.

Por las noches, ella volvía a su cinco. No era muy elegante, pero le encantaba su pequeño número. Dentro del seis vivía un mago que era su mejor amigo. Bah, en realidad no era un mago, sino un conejo. Había sido conejo de mago durante muchos años y las presiones de la carrera terminaron por crearle un conflicto de personalidad que se fue agravando con el tiempo. Se volvió loco del todo el día en que, en medio de su delirio, quiso ser él quien saque al mago de la galera y lo despidieron.

Cuando llovía, el conejo se venía a dormir con ella en el cinco porque le temía a los truenos y al viento que golpeaba las ventanas del número seis. Era una de esas noches de lluvia, cuando la paloma le confeso a su amigo conejo el secreto que había escuchado, un poco sin querer y un poco a propósito, esa misma tarde.

No era ingenua. Sabía que desde hace tiempo estaban pasando cosas extrañas. Conocía el aire de la ciudad más que a sus propias plumas y sentía el clima enrarecido de los últimos tiempos.

Se lo contó todo al conejo. Unos señores de uniforme, estaban teniendo unas reuniones secretas en las que estaban planeando asesinar al presidente. Ella lo conocía y le parecía un hombre bueno y carismático. Le caía muy bien (sobre todo cuando sonreía). Estuvo cerca de él durante largos años y vio muchas veces la plaza llena hasta el tope cuando ese señor se asomaba al balcón.

Estaba muerta de miedo y no sabía que hacer. El conejo, pese a haber perdido la razón hace años, le daba siempre los mejores consejos. Le advirtió que para estas cosas no hay trucos de magia, y que tendría que ser valiente. Juntos decidieron que lo mejor era tratar de advertir al general de la sonrisa, lo que estaban planeando en su contra.

A la mañana siguiente y haciendo gala de toda su destreza en el arte de volar, se coló en el despacho de aquel a quien debía advertir. Pero todo el esfuerzo fue inútil. El general había cambiado la sonrisa por una mueca de preocupación. Ya no hablaba alzando la voz como cantando, ni gesticulaba con las manos. La paloma entendió que había cosas que estaban cambiando para siempre. El general ordeno que la sacaran del despacho y se encontró de nuevo en el aire frío de junio. Se dio cuenta de que el clima enrarecido se había instalado en la ciudad para quedarse por tiempo indeterminado.

Las golondrinas podían acusarla de lo que fuera, pero había cosas que ella tenía muy claras. Estaba absolutamente convencida de que era injusto que alguien sea víctima de la violencia solo por el trabajo que realiza. Es como si quisieran matarla a ella solo por ser paloma.

Entonces pensó en una sola cosa. Tenía que salvar lo único que ella capaz de defender en ese momento. Se odio a sí misma por no disponer de más recursos para advertir al general de la sonrisa, pero sentía el deber de salvar por lo menos a sus compañeras.

Al la mañana siguiente, la plaza amaneció desierta de palomas y con el cielo gris. El bombardeo de la aviación naval cayó sobre la plaza hiriendo y asesinando inocentes; y ella lo escucho todo desde el número cinco. Lloro en silencio por lo que no pudo evitar, pero se alegro en su interior de haber podido salvar a las demás. Pensó en que tal vez las golondrinas tenían razón, después de todo.

De la suerte que corrió la paloma después de ese junio, hay más de una versión. Algunos dicen que el general de la sonrisa se la llevo con él cuando dejo el país. Otros dicen que por el tremendo acto heroico de salvar a todas las palomas de plaza de mayo, se transformó en humana y ahora es enfermera en un hospital para poder ayudar a las personas.

Pero hay quienes juran que no se transformo en humana. Cuentan, con una media sonrisa entre labios, que en realidad solo muto de animal y ahora es pingüina. Dicen, también, que sigue trabajando por la misma zona.

DOSSIER FOTOGRÁFICO de ANDY GOLDSTEIN

















A PASEAR POR MI CIUDAD Por LUCAS DONADIO




Hoy quiero invitarte a pasear  por mi ciudad

Toma mi mano sin miedo

Que ya estamos entrando... 

Escucha 

El suave son de la arboleda

Nos deleita con su cadencia mas precisa

Y como  bellos adornos musicales

Se asoman lentamente

Los más delicados cantos de las aves. 

Mira   

El sol mas brillante

Ilumina el gran paisaje natural

Cargando así de energía luminosa

A todo cuerpo vivo,

Los perros, las aves, la rosa. 

Y ahora sentí, 

El infinito nos rodea

Cientos de paisajes y misterios

Cientos de vidas y desiertos

Y en el medio del todo, te miro,

Una caricia…

viernes, 10 de agosto de 2012

EL HOMBRE VESTIDO DE BLANCA VIRGINIDAD Por WALTER GÓMEZ



Cae la piel del hombre vestido de blanca virginidad.

Se derrumban todos sus secretos, aún los ya publicados.

Parado en medio del hedor, suplica paz.

Es en ese momento aparece el hombre de plastilina,

tan bien imaginado por los mediocres,

y le dice:

-“La paz  no existe.

El estado de naturaleza es el odio,

en algunos,

y la resignación en otros”.-

¿Qué tienen de contraposición la paz con la resignación?.-

preguntó el hombre vestido de blanca virginidad.

“La paz no existe porque se sembró el germen del ser humano.

Sin su existencia, la del ser humano,

la paz sería como el aire. No la ves ni la sentís.

Simplemente está.”

En ese momento, en ese preciso instante,

los árboles empezaron a dibujar curvas,

el suelo se comenzó a desgarrar

como finos hilos de cemento,

como carne deshilachada.

El cielo dibujó la forma de un ojo,

y se cerró en un tiempo.

Se pareció a un guiño.

El hombre vestido de blanca virginidad giró su cabeza

y descubrió a una mujer con una pala en su mano.

El agua los empezó a cubrir de manera inversa,

de arriba hacia abajo.

La mujer ya había cavado la fosa.

El hombre vestido de blanca virginidad

dejó de sentir su propio cuerpo.

El silencio se adueñó del momento aún hasta hoy.


*Fotografía Benoit Paille

DOSSIER FOTOGRÁFICO DE ALINA SHAMALOVA (2º PARTE)







jueves, 26 de julio de 2012

TRATA DE BLANCAS Obras de ELISA ALGRANATI

Trata de Blancas, obras de Elisa Algranati. Se trata de ilustraciones que reflejan el dolor de un tema que nos pesa y que lamentablemente seguimos sufriendo mientras la justicia sigue haciendo la vista gorda. Elisa es Licenciada en Artes Visuales egresada de la Escuela de Bellas Artes de P. Pueyrredon, desde 1989 se desempeña como docente en la Escuela de Bellas Artes en Neuquen. Además es una profesional muy premiada, Primer Premio en Dibujo, Salón Sociedad Italiana de Neuquén, 2009, 1º premio Salón Nacional Avon "Con la Mujer en el Arte", La Pampa, 1995, 1º Premio Salón Bienal Sara Lauria, San Martín de los Andes , Neuquén, 1998. Es un gusto presentar una de sus tantas obras en nuestra Letra.







DOSSIER FOTOGRÁFICO DE ALINA SHAMALOVA (1º PARTE)







Modelo: Liza Serpova

DE CUAN DIFÍCIL ES IMAGINAR UNA CIUDAD IDEAL por GEORGES PEREC


No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.
No me gustaría vivir al aire libre pero a veces sí.
Me gustaría vivir en el quinto distrito pero a veces no
No me gustaría vivir en un torreón pero a veces sí
No me gustaría vivir con apremios monetarios pero a veces sí
Me gustaría vivir en Francia pero a veces no
Me gustaría vivir en el Ártico pero no demasiado tiempo
No me gustaría vivir en una aldehuela pero a veces sí
No me gustaría vivir en Isudún pero a veces sí
No me gustaría vivir en un junco pero a veces sí
No me gustaría vivir en una ciudad fortificada pero a veces sí
Me hubiera gustado ir a la Luna pero es un poco tarde
No me gustaría vivir en un monasterio pero a veces sí.
No me gustaría vivir en el Hotel Negresco pero a veces sí
No me gustaría vivir en Oriente pero a veces sí
Me gusta vivir en París pero a veces no
No me gustaría vivir en Québec pero a veces sí
No me gustaría vivir en un arrecife pero a veces sí
No me gustaría vivir en un submarino pero a veces sí
No me gustaría vivir en una torre pero a veces sí
No me gustaría vivir con Ursula Andress, pero a veces sí
Me gustaría vivir para llegar a viejo pero a veces no
Me gustaría vivir en Xanadú, pero no para siempre
No me gustaría vivir en el departamento de Yonne pero a veces sí
No me gustaría que viviéramos todos en Zanzíbar pero a veces sí.

LA PREGUNTA DIARIA - Por Nicolai Kudrasov



Sí, dije sin pensarlo demasiado. La situación no daba para andar desaprovechando oportunidades. Además no me habían dado la posibilidad de elegir. Me atajaron en la puerta y sin mediar con mi opinión, me engrilletaron al tobillo.

Desde ese día me sucede algo curioso y a la vez aterrador. Cada mañana, cuando me defino entre el sueño y la realidad, me pregunto qué día es. Es inmediato, instantáneo. En cuanto siento que comienzo a alcanzar la superficie de la vigilia, me viene la pregunta con la velocidad de un rayo.

“¿Qué día es hoy?”

Al abrir los ojos la pregunta ya tiene una respuesta, que por lo general me frustra y decepciona. Nunca es ese día que estoy esperando. Siempre es un día más. Digo más y no menos, porque cada uno de ellos se va acumulando como los granos de un reloj de arena desde aquel día en que dije sí.

No era tan tremendo al comienzo. Dentro del marco histórico en que se desarrollaba mi vida, la propuesta no iba a tardar mucho en llegar. Pero quizás ese fue el problema principal. No fue una propuesta. Fue algo determinante. Para antes de que yo llegara, alguien había dado el sí por mi. La afirmación, hoy creo que de forma involuntaria, fue un mero hecho burocrático. Negarme hubiese significado el destierro.

Continué, de cierto modo con mi vida, pero regalando la mitad de ella. ¿Por cuánto? Por no saber decir que no y por no seguir los sueños de la juventud.

Y ese día, que de alguna forma estoy siempre esperando, nunca llega. Es otro el día en que me levanto de la cama y como un autómata comienzo a realizar las tareas asignadas. Un día tras otro. Todos iguales. Son otros días que no pertenecen a mi vida verdadera. Soy lo que me hacen hacer, por un tiempo determinado hasta que ya no les soy útil y deciden otorgarme el permiso de volver a acostarme y dormir. Hasta la mañana siguiente.

Me pregunto por el día en que estoy viviendo, para poder tener algún rasgo distintivo entre uno y otro. Nombrarlos me ayuda a diferenciarlos. Saber que yo soy, existo, y no pertenezco a la imaginación dañina de alguien más. Muchas veces me siento así. Estoy purgando una condena por algún mal que otro cometió en un tiempo y espacio diferente. No quiero, me niego a creer que esta es mi realidad.

Posiblemente esa respuesta, tan inconsciente dentro del estado en que se confecciona, sea el motivo por el cual no decido terminar con todo. Mientras haya respuesta, tengo la esperanza que ese día que espero llegue.

Lo peor es que fue todo por nada. Asesiné, con aquel sí, a un futuro que si bien nada prometía, por lo menos tenía el beneficio de la incertidumbre. Ahora son todas certezas. Tristes certezas. Está todo escrito, cronometrado como un plan sistemático, que concluye con un presagiado final. Me consuela saber, a diferencia de las personas que me rodean, que sólo estoy viviendo un fugas pestañeo de luz entre dos oscuridades infinitas.

Lo que más lamento, es que todo fue por un puñado de monedas. Tres monedas falsas que auguraban un prospero porvenir. Hoy las monedas son más y siguen aumentando, pero el porvenir nunca llega. Ese día, nunca llega. No hay dinero que pueda comprar la libertad que añoro. Tampoco existe la cantidad suficiente para alcanzar la felicidad perdida. Que en su momento no era felicidad, pero que el tiempo y este yugo, se han encargado en transformarla en tal. Tres monedas, todo por tres monedas y un sí. Y las oportunidades comenzaron a caerse como las fichas de un dominó. Pasaban los días, los años y las fichas caídas eran cada vez más. Más cosas en el ropero, más cosas debajo de la cama. Con el tiempo los sueños se cubrieron con el polvo de lo cotidiano. Y en cada mañana comenzó a aparecer el:

“¿Qué día es hoy?”

Eso se pregunta una voz en mi interior antes de despertar. Se trata de aquel que pudo escapar del sí que me hicieron dar, que me hicieron decir. Quien formula la pregunta me ve desde algún lado, desde otra realidad. Me ve como un otro que ya no soy yo. Ve en lo que me convertí y sabe la pregunta que me hago todos los días. Trato de eliminarlo, de silenciarlo con una respuesta que se repite semana a semana. Pero él conoce el futuro, al igual que yo lo intuyo, y mis contestaciones ni siquiera lo perturban. Mientras tanto:

“¿Qué día es hoy?” Como cada mañana, antes de abrir los ojos, desde hace tantos años.

Podría haber terminado esto hace mucho tiempo, cuando comenzó a ser una carga insoportable. Pero no lo hice, esperando que el destino se tuerza radicalmente y que aquel sí de hace años, se transforme en algo anecdótico. Puedo confirmarlo: el destino no se tuerce. Ni por sí sólo, ni por nuestro esfuerzo por hacerlo. No se manejan variables infinitas dentro de las oportunidades lógicas de cada vida. Sólo son dos, y de eso depende saber decir sí, o saber decir no. Hoy que puedo dar un cierre de una vez y para siempre, definitivamente, el vaso con cicuta está vacío. Alguien fue más astuto, rápido y decidió dejar de preguntarse ¿Qué día es hoy?

Pero qué culpa tenía yo de no haber estado en el momento justo en el lugar indicado? Vinieron, propusieron, decidieron y dije que sí y la pregunta se comenzó a formular cada mañana. Como un grito de auxilio. Como una espera perpetua.

Así fue como resigné todo, por voluntad ajena y sin peros. Por una secuencia que se repite desde que dije sí, desde que pronuncio en mi interior el día en el que vivo.

Maldigo esta costumbre, maldigo a quien grita “¿Qué día es?”, maldigo el momento en que dije sí. Hoy no aguanto, no resisto más, no soporto la continuidad de los días, su parecido mimético, su simetría inconfundible. Esa pregunta todas las mañanas, sin sentido, sin modificar nada. Mi respuesta incondicional, mi sí perpetuo que me desgasta con cada minuto que pasa. Que me hace esperar que llegue ese día. Ese día, en que olvide qué día es, o que no tenga importancia saberlo. Ese día sin nombre en donde pueda retroceder hasta ese momento en donde todo comenzó, donde la pesadilla se hizo carne, para así recuperar el pasado muerto de sueños ahogados y silenciar definitivamente a la pregunta diaria de “¿Qué día es hoy?”

LA VERDAD DE LAS GRULLAS Por LUIS A. SPINETTA


Si le pido al mundo que pare y me lleve,
tomo un sonido del aire y lo dejo caer...


Y si la esperanza se agota al fin,
cuando vuelva el río con sus manos nos reunirá...


Por eso todos nos estamos mirando,
en un instante por decirlo así...


Tengo una razón para pensar en Dios y en mí,
sin embargo el cielo se cruza y no se deja saber...


Algo que se fue, sin totalmente desaparecer...
Algo que es un destello que nos viene a llevar...


Por eso todos nos estamos buscando,
es imposible solo con la sed...
Por eso todos nos estamos buscando,
es imposible solo con la sed...


Te espero así, en la más fuerte luz,
entre las hojas o en el aire,
en la laguna, sin que aparezca el rey...



Ya no están aquí, como ayer,
las cosas que perdimos...


Todo quedó atrás al despertar,
bosque azul de la oscuridad.


Nada es imposible sin tu amor.

Es la organización de la selva incrustada entre las ciudades,
que avanzan hasta morir...


Por eso todos nos estamos alejando,
en un momento por decirlo así...


Te espero así,
en la más fuerte luz,
entre las hojas o en el aire,
en la laguna, sin que aparezca el rey...


Tu desilusión nació una noche de verano...
y todo eso se rompe a la vez al despertar.


Bosque azul de la oscuridad.

Nada es imposible sin tu amor.
Queda una verdad que dicen las grullas,
no te aventures más allá del valle mortal,
dicen que se juntan allí seres humanos para capturarse...
y hacerse todo tipo de mal...


Por eso todos nos estamos mirando...
en un momento por decirlo así,
Por eso todos nos estamos mirando...
es imposible solo con la sed...

EL FINAL por JIN MORRISON


Éste es el final, precioso amigo mio.
Es el final, mi único amigo, el final.
De nuestros elaborados planes, el final.
De todo aquello que permanece en pie, el final.
Sin seguridad ni sorpresas, el final.
Nunca más volveré a mirar en tus ojos,… otra vez.
¿Puedes imaginarte como será? Sin límite y libre
Necesariamente desesperado….de una….mano extraña
en una tierra desesperada.
Perdido en una tierra romana de dolor
todos los niños locos Locos,
esperando por la lluvia del verano, sí.
Hay peligro al filo de la ciudad
Cabalga la autopista de los reyes, cariño
Extrañas escenas dentro de la mina de oro
Cabalga la autopista hacia el oeste, cariño.
Cabalga sobre la serpiente hacia el lago, el viejo lago cariño
La serpiente es larga, siete millas
Cabalga la serpiente,…es vieja, y su piel está fría.
El oeste es lo mejor el oeste es lo mejor
Ven hacia aquí, y haremos el resto
El autobús azul nos llama.
-Conductor, ¿a donde nos lleva?
El asesino se levanta antes del amanecer, y se pone sus botas
Coge una foto de la vieja galería
y camina cruzando la entrada
Entra en la habitación donde vivía su hermana
Paga la visita a su hermano
Se dirige a la puerta, y mira dentro:
-Padre. -¿Sí, hijo? -Quiero matarte.
Madre, quiero follarte
Venga cariño, date una oportunidad a tí misma con nosotros
y conóceme al final del autobús azul
haciéndo un "blue rock"

(algún tipo de droga o alucinógeno)

Venga, sí.
Matar, matar, matar, matar
Éste es el final, precioso amigo mio.
Es el final, mi único amigo, el final.
Duele dejarte libre,
pero nunca me seguirás.
El final de la risa y de las pequeñas mentiras
El final de las noches en las que intentamos morir.
Es el final.

jueves, 28 de junio de 2012

LOS GRITOS por Carlos Ferreira



Cada vez que se grita
gol en este mundo,
un hombre muere de guerra,
de odio,
de hambre,
de soledad
o pena.
La cuestión es saber
si se trata de un grito posible
o si es absurdo.
Me remito al poeta:
Todos los gritos sirven,
depende desde qué lado
del horror se escuchen.


                         Carlos Ferreira

TIM BARBER - DOSSIER FOTOGRÁFICO -











LAS MANOS por TED HUGHES

Dos manos inmensas
mecieron tu infancia.

Más tarde silenciosamente las mismas manos
te situaron en el lugar angosto
y te dieron de comer pastillas,
enguantadas para que no las reconocieras.

Cuando te despertaste en el hospital
conseguiste ayuda para reconocer
las huellas dactilares dentro de lo que hiciste.
No lo podías creer. Fue muy arduo
para ti creerlo.
Más tarde, dentro de tus poemas,
que llevaron como guantes, las mismas manos
dejaron grandes huellas. Igual que
dentro de tus cartas que eran un último reducto
y que llevaron como guantes.
Dentro también de aquellas palabras con que me golpeabas
que se movían más aprisa que tu boca
y que zumban aún en mis oídos.

Pienso a veces
que tú misma eras al final dos guantes
llevados por aquellas dos manos.
A veces pienso incluso que yo también
fui alcanzado, un entumecimiento de guantes
que llevaban aquellas manos mismas,
haciendo lo que necesitaban que se hiciera, porque
las huellas dactilares dentro de lo que hice
y dentro de tus poemas y de tus cartas
y dentro de lo que hiciste
son las mismas.

Huellas dactilares
dentro de unos guantes vacíos, aquí, éstos,
de los que tus manos han desaparecido.

LA DUDA Por LUIS DUARTE




La razón por la cual se cacarea en tiempos de SIDA,
tiene que ver con la necesidad de mostrar nuestros aciertos,
sin la ventaja de poseerlos del todo.

Compañero amigo, la causa nos reúne otra vez.
Parecernos será lo mas atractivo
y lo menos convincente.
Pero si a todo esto le sumamos
la inconfundible letra O,
habremos pasado a formar parte del bien.

La duda no tiene límites,
por lo tanto nos justifica.

FOTOGRAFÍAS DE NAHUI OLIN

Nahui por Antonio Garduño








Nahui por Antonio Garduño




Nahui por Edward Weston



Nahui por Antonio Garduño




Nahui con Rodriguez Lozano

LOS DE LA BECA FULBRIGHT por TED HUGHES

¿Adónde fue, en el Strand? Había varias
noticias sueltas, con sus fotos.
No sé por qué me fijé en una:
los de la beca Fulbright
de ese año. Llegando,
o ya llegados. O de algunos de ellos.
¿Estabas vos en esa foto? La miré
al pasar, preguntándome
a quiénes llegaría a conocer.
Me acuerdo de ese pensamiento. No
de tu cara. Es seguro
que miré con cuidado
a las chicas. Quizá te vi.
Quizá te di un puntaje, algo aburrido.
Quizá noté tu largo pelo suelto y ondulado,
tu flequillo a lo Verónica Lake.
Y no lo que ocultaba.

Parecería rubio.
Y tu sonrisa,
tu exagerada
sonrisa norteamericana,
para las cámaras, los jueces, los extraños, l
os asustados.
Y después lo olvidé. Pero me acuerdo
de la foto: los de la beca Fulbright.
¿Con sus valijas? Me parece que no.
¿Habrían venido todos juntos? Yo caminaba,
arrastrando los pies,
entre el caliente sol y el asfalto caliente.
¿Fue entonces que compré un durazno?
Así al menos lo recuerdo.
En un puesto muy cerca de la estación.
Era el primer durazno fresco que probaba.
No podía creer lo rico que era.
Con veinticinco años, una vez más quedaba atónito
por mi ignorancia de las cosas más comunes.

sábado, 26 de mayo de 2012

FRAGMENTOS DE EL AMANTE por MARGARITE DURAS


Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.

Diré más, tengo quince años y medio.

El paso de un transbordador por el Me-kong.

La imagen persiste durante toda la travesía del río.

Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

                             +++++++++
He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas. 
La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano. 
Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos.