domingo, 6 de noviembre de 2011

LOBO HOMBRE Por BORIS VIAN



 En el Bois des Fausses-Reposes[1], al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d'Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra. Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.
Denis vivia en buenas relaciones con sus vecinos, pues éstos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el «cesto de las naranjas» (cito a Louis Boussenard)[2], había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.
Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam[3], cuyo verdadero nombre se escribía Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia, a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.
Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.
No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.
Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia. Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse.
Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.
Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.
Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformacion habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad...? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.
Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.
Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.
La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardin des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.
A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el mas mínimo reproche. Con el corazon exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.
Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.
-Lo siento mucho, señor -dijo aquel hombre lampiño y cabezón-, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?
Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.
-Encantado -dijo incorporándose a medias.
-Gracias, caballero -gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.
-Si usted me lo agradece a mí -prosiguió Denis- ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.
-A la clásica providencia, sin duda -opinó la monada.
Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.
-¡Oh! -exclamó ella-. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!
-Sí... -confirmó Denis.
-Sus ojos son también bastante extraños -añadió la joven al cabo de cinco minutos-. Los veo parecidos a... a...
-¡Ah! -comentó Denis.
-A granates -concluyó ella.
-Es la guerra... -musitó Denis.
-No le entiendo...
-Quería decir -explicó Denis-, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.
-¿Estudió usted Ciencias Políticas? -preguntó la morenita.
-Le juro que no volveré a hacerlo.
-Le encuentro bastante fascinante -aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.
-De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino -expresóse Denis, madrigalesco.
Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.
-¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? -acabó susurrando al oído de Denis.
-¿Sería prudente? -inquirió éste-. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?
-Digamos que soy un poco huérfana -gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.
-Una verdadera lástima -comentó cortésmente su distinguido acompañante.
Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.
Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.
Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.
-¿Desea una foto mía? -dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.
Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.
-Esto... eh... sí, querido mío -acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.
Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.
-¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! -explotó finalmente-. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!
Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos. De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.
-¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! -sugirió Denis.
Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora.
Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.
-Debe ser el sabor de la venganza -aventuró en voz alta.
Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa.
No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.
-¿Podemos hablar con usted? -dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.
-¿De qué? -se asombró Denis.
-No te hagas el tonto -profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.
-Entremos ahí.. -propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.
Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.
-¿Saben jugar al bridge? -pregunto a sus acompañantes.
-Pronto vas a necesitar uno[4] -sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.
-Querido amigo -dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento-, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.
Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.
-¡Le hace gracia al muy rufián! -observó el colorado-. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.
-Da la casualidad -prosiguió el flaco- de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.
Denis comprendió de repente.
-Ahora entiendo -dijo-. Ustedes son sus chulos.
Los tres se levantaron como movidos por un resorte.
-¡No nos busques las vueltas! -amenazó el más grueso.
Denis los contemplaba.
-Noto que voy a encolerizarme -dijo finalmente con mucha calma-. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.
Los tres individuos parecían desorientados.
-¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! -tronó el grueso.
Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.
Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.
-Te vamos a escabechar -dijo el aceitunado.
El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, éste se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.
Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once.
«¡Por mis barbas», pensó, «es hora de marcharse!»
Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó.
Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi.


Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.
-¿O sea que va usted sin luces? -preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.
-¿Cómo? -se extrañó Denis-. ¿Y por qué no? Veo de sobra.
-No se llevan para ver -explicó el agente- sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?
-¡Ah! -exclamó Denis-. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?
-¿Se está burlando de mí? -indagó el alguacil.
-Escuche -se puso serio Denis-. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.
-¿Quiere usted que le ponga una multa? -dijo el infecto municipal.
-Es usted pelmazo de más -replicó el lobo ciclista.
-¡De acuerdo! -sentenció el innoble bellaco-. Pues ahí va...
Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.
-¿Su nombre, por favor? -preguntó volviendo a levantarla.
Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.
En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su furioso avance. La costana de Saint-Cloud quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Atravesó a continuación la parte de la ciudad que costea Montretout[5] -fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado al antes nombrado santo- y giró después a la izquierda, en dirección hacia el Pont Noir y Ville-d'Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitacion a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche.
Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecanico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.
Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva.
Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine -uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana-, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo.

Ilustración: Anja Millen Imagery

EL PADRE por RAYMON CARVER

El bebé estaba en una cuna junto a la cama, vestido con gorro blanco y un pilucho. La cuna había sido pintada recientemente, atada con cintas azul cielo y acolchada con un cubrecama azul. Las tres hermanitas y la madre, que se había levantado recién y aún no despertaba por completo, y la abuela, rodeaban todas al bebé, viendo cómo miraba fijamente y a ratos llevaba su puño a la boca. No sonreía ni reía, pero de vez en cuando pestañeaba y sacaba y metía la lengua a través de sus labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y podía oírlas jugando con el bebé.
— ¿A quién quieres tú, bebé? —dijo Phyllis y le hizo cosquillas en la barbilla.
— Él nos quiere a todos —dijo—, pero a quien en realidad quiere es a papá, ¡porque papá es un niño también!
La abuela se sentó sobre el borde de la cama y dijo:
— ¡Miren su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Como los de su madre.
— ¿No es encantador? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito —y se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la frazada sobre su brazo—. Nosotros también te amamos.
— ¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —gritó Alice, y todas se acercaron alrededor de la cuna a ver a quién se parecía el bebé.
— Tiene bonitos ojos —dijo Carol.
— Todos los bebés tienen bonitos ojos —dijo Phyllis.
— Tiene los labios de su abuelo —dijo la abuela—. Miren esos labios.
— No sé —dijo la madre—. No podría decirlo.
— ¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.
— ¿Qué pasa con la nariz? —preguntó la madre.
— Parece como la nariz de alguien —respondió la niña.
— No, no lo sé —dijo la madre—. No lo creo.
— Esos labios... —murmuró la abuela—.Esos deditos —dijo, destapando la mano del bebé y separando sus dedos.
— ¿A quién se parece el bebé?
— Él no se parece a nadie —dijo Phyllis. Y se acercaron todavía más.
— ¡Lo sé!¡Lo sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Entonces miraron más de cerca al bebé.
— ¿Pero a quién se parece papá? —preguntó Phyllis.

— ¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y todas a la vez miraron hacia la cocina, donde estaba el padre sentado a la mesa, con la espalda hacia ellas.
— ¡Pero, nadie! —dijo Phyllis y empezó a llorar un poco.
— ¡Silencio! —dijo la madre y apartó la mirada, y luego la volvió hacia el bebé.
— ¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.
— Pero él tiene que parecerse a alguien —dijo Phyllis, enjugando sus ojos con una de las cintas. Y todas excepto la abuela miraron hacia el padre, sentado a la mesa.
Había vuelto su silla y su rostro estaba blanco y sin expresión.

martes, 25 de octubre de 2011

EL TERRON DISOLVENTE por Elvio Gandolfo

Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres "casadas" (como solía agregar, con un dejo reverenciar inútil a esta altura del partido), de los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a Fiambretta. Lo corté en seco:
- ¿Fiambretta, dijiste?
- Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía. Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952), Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
-... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate - y me la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con lo que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de la boca como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el pequeño laboratorio que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en Caballito. Eso para que tengan una idea de lo que valía Fiambretta. Un crack, realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el flaco estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada, en la que había ocupado dos piezas.
- Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros - dijo Rodríguez, quejumbroso -. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves si te asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que otra mina bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política, el último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad de las fases lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia las interminables charlas de Callao, donde palabras como "big-bang", "esteroides" o "remolino cuántico" nos mantenían con los ojos abiertos como platos hasta que salía el sol. Le dije a Rodríguez que cuando fuera por Cañada de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
- De parte de Fiambretta - me dice -. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras de él. Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en vez de él, me abre la mujer. Estaba sola...
Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la parte de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:

"Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni la plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta"

Me conmovió, les juro, me conmovió. "Sos el único que puede entenderlo", decía. Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez, viejo? ¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos? A lo más que llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de noche me fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes de entrar me compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría dicho Fiambretta sobre cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios, compré Clarín y me fui a casa. Al salir el sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las dudas le llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico. Cada cosa que veía me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a Cañada, ¿qué veo por la ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo, lo juro. En mi puta vida había visto un chancho fuera de las ilustraciones de Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía "el flaco raro". Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito. Soltó la regadera por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo un pequeño arcoiris), caminó hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco reticente. Era el mismo Fiambretta de siempre, un poco más calvo, y con el pelo que le quedaba blanco del todo, pero con el mismo pucho colgando de los labios, con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por página, por arriba, mientras murmuraba:
- Superconductores... Biochips... Boludos... No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos. Hacia la noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme cansado. No sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del asunto. A esa altura tenía los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero en la noche silenciosa de Cañada de Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada de Gómez, con apenas un par de grillos haciendo barullo afuera, el flaco me daba un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
- Oíme, Fiambretta - le dije -. ¿De qué hablabas en la carta?
- ¿Qué carta?
- La que le diste a...
- Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí... - se quedó petrificado, con un ojo cerrado y el otro dirigido al techo - ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés entender... je-je, je-je, ya vas a ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre ("limpito, nuevo, no lo usó nadie", aclaró delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme el sábado a mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.
- Mañana te despierto bien temprano - dijo Fiambretta mientras me tendía un par de sábanas y una frazada gruesa -. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían compitiendo afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron gallos, al amanecer cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo, eso me mató. Y al ratito nomás entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras el sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la cocina y me miró, serio:
- Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio - me dijo, como si hablara de ir a la iglesia. Hizo una pausa, después movió la mano - Seguime - dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados. Pero hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al aceite, destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio. Fiambretta sacó una llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era nada del otro mundo. Más grande que el altillo de la tía, pero con muchos objetos idénticos: el microscopio y el telescopio, los tubos de ensayo, los diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
- Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta que termine - dijo -. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de Gómez, Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que vivíamos engañados, drogados. "Mirá, Pancho", dijo Fiambretta, "no sé si estará en el agua o en el aire, pero todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los receptores de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?". Yo no entendía un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin alterarse, así que prestarle atención no me costaba nada. Me dijo que no se atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo en Estados Unidos, o en Java, "eso es asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no investigué". Y siguió enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la Bombonera y el Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo pensaba: "Este parece Borges", y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: "¿La central atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo". Al parecer, para él eso era definitivo. Dio dos pasos, corrió una cortina, y la luz del sol, ahora bastante fuerte, inundó el laboratorio. Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un maizal maduro que se extendía hasta el horizonte. Me quedé con la boca abierta: era hermoso, en mi vida había visto tantos choclos juntos. Pero Fiambretta seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un frasquito en la mano, y terminaba una frase:
... inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y no como te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo tendió.
- El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más - se avivó de que yo tenía miedo de que me envenenara -. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo, afuera, se fue disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un instante después, era un mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que cliqueteaban, cliqueteaban como una fábrica de rulemanes. El cielo era bajo, como un techo, y creaba una perspectiva extraña, sofocante. Con el rabillo del ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo, que latía. "La puta que lo parió", pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme las manos, o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del tiempo: "nueve... ocho...". Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase que no podría describir, reapareció el maizal, sentí el sol calentándome la mano, el cielo sin fondo. Solté el aire. Fiambretta se reía:
- Te cagaste, Pancho, ¿eh? je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un rato más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que vi en los treinta segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme, cuanto antes. Lo que más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos charlando hasta el mediodía, Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle importancia a nada, contándome los otros experimentos en que estaba metido. "El de la alucinación quería que lo vieras vos nomás, porque los demás pueden rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo viste je-je." Le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí podía hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada cinta del camino, como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una pregunta que me seguía jodiendo desde la mañana:
- Oime, Fiambretta - le dije -. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es la realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
- Sí, te sigo - dijo Fiambretta.
- Ahí, el maizal, el sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta, calculando la distancia a la que había llegado el ómnibus.
- Yo que sé, Pancho - me dijo, con voz neutra. Y alzó la mano para parar el ómnibus, mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos, después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el problema de esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones, viejo. 

                                                                       

FERROCARRILES ARGENTINOS por Elvio GAndolfo

Estévez es bajo, robusto, compacto. Quien lo ve caminar por las calles del centro sentado en el asiento de un ómnibus le da alrededor de 35 años. Es la edad que tiene. Hace 15, 20 años, quiso ser escritor. Soñaba con poner en marcha historias breves o largas que tomaran impulso lentamente y luego se desarrollaran sin parar, de un modo natural, hasta llegar a un punto final inevitable como el destino.
Estévez nunca escribió nada. Pero nunca se sintió frustrado. Porque a partir de los 18 años empezó a viajar con frecuencia a Buenos Aires, y después de los primeros cinco o seis viajes, eligió siempre el tren. Los viajes de cuatro horas y media, incluidos los diez o quince minutos de espera en la estación de Rosario, que solía pasar esperando hasta el último minuto para subir, salvo que un viento frío barriera los andenes de la estación Norte, reemplazaron sin que él lo supiera la necesidad interior que tuvo durante la adolescencia de narrar, de escribir historias.
porque en cuanto la locomotora comenzaba a arrastrar lentamente los vagones y el techo de la estación Norte terminaba y Estévez veía los autos circular bajo el puente de las vías, y después los baldíos con una lámpara solitaria y apagada durante el día, las casas progresivamente más bajas, los barrios pobres, el campo, el propio viaje en tren reemplazaba con ventaja todo relato posible. O, para expresarlo mejor, era todo relato posible. La marcha lenta al principio y progresivamente más veloz de la locomotora hacía que el mundo formado por los vagones de primera, de segunda y pullman tomara impulso y estuviera lanzado después en una historia que se desarrollaba repetida, naturalmente, hasta detenerse en un punto de  llegada, la gran estación de Retiro en Buenos Aires, tan inevitable como un destino.
A Estévez le gustaba leer policiales. Como en las policiales, parte del viaje -o el relato- era pura fórmula: inevitablemente pasaba el vendedor de gaseosas y sandwiches, impidiendo dormir a todo el mundo con su pregón: inevitablemente, pero sólo en algunas épocas, pasaba también el mozo del coche-comedor que anotaba reservas para la cena o el almuerzo; inevitablemente el tren se detenía en San Nicolás primero y en Miguelete después (así como en la vida o en las historias hay momentos de calma, de reflexión pero que nada tienen que ver con el punto final de arribo); inevitablemente el baño de caballeros del vagón estaba ocupado o roto, o bastante sucio. Pero también como en toda policial, lo que importaba eran los detalles que variaban: el compañero o la compañera de asiento primero, y del coche-comedor después, los ocupantes de los demás vagones, o el clima que se desplegaba como un telón más allá de las ventanillas: nubes, cielo azul, lluvia torrencial o mansa.
Desde que a los 18 años comenzó a viajar bastante en tren cuando debía ir a rendir cuenta de las ventas de prendas de lana a Buenos Aires, después de conseguir la concesión de la zona centro de Rosario, hasta hoy, en que cualquiera que lo vea en un ómnibus o en el andén de la estación Norte o incluso negociando una partida de pulóveres en una boutique del centro le da 35 años, Estévez ha viajado en tren como quien viaja en una historia. Más aun: a partir de los 25, en que los viajes se hicieron definitivamente regulares (dos veces por mes), Estévez abandonó progresivamente el gusto o el vicio de leer policiales, a tal punto una cosa reemplazaba la otra.
Siempre había admirado, por ejemplo, y sobre todo cuando la policial no era un libro sino una película, el sentido del ritmo: exigía que hubiera detrás de los hechos y los personajes un compás firme, regular, casi inadvertido que pudiera, sin romper su estructura básica, acelerarse o disminuir según las situaciones, como aumenta o disminuye -esta vez en la vida- el latido de un corazón según los momentos- Y el tren, a diferencia del ritmo totalmente caótico por momentos y aburrido en otros de un motor de ómnibus, tenía ese ritmo, cuando las pesadas ruedas metálicas pasaban sobre las junturas de los rieles y establecían una percusión que se enlentecía en las curvas o en las paradas, y se aceleraba en los tramos rectos, o llegaba casi a la angustia cuando en épocas de descuido de los muy viejos ferrocarriles Argentinos el maquinista debía tomar con suma lentitud un tramo donde las vías habían quedado debilitadas por una inundación que les había quitado la grava entre los durmientes, o hacía tiempo que cuadrillas de control no pasaban a ajustar los gruesos bulones y ver que todo estuviera en orden.
Para Estévez, en realidad, viajar en tren, más que subirse siempre a un mismo cuento, una misma historia, es subirse cada vez a un capítulo levemente distinto de una novela. Por eso recuerda pocas veces un viaje particular. Más bien han quedado fijos en su memoria momentos que no sabría ubicar con precisión en una época o en un viaje determinado, así como de todas las novelas policiales que ha leído le han quedado apenas fugaces detalles de un personaje o un entorno: la casa del lago donde se cometió un asesinato, un rufián melancólico que tironea nervioso de una cadenita, una mujer bella que de pronto es quebrada por la fatalidad y deja caer un boleto de tren sin que el lector sepa con exactitud qué le ha provocado tanta angustia, al llegar en un sobre anónimo, sin ningún mensaje que lo acompañe.
Hay sin embargo un viaje que estévez recuerda con precisión, tal vez porque entonces los detalles fueron más fuertes que la estructura, que el ritmo de las ruedas contra las junturas, que los rasgos de pura fórmula. Era una época poco común en cierto sentido: había una dictadura. Y decimos "en cierto sentido", porque las dictaduras no son tan infrecuentes como pudiera crerse en el país de Estévez, donde circulan como historias de más o menos vagones sobre su inmenso territorio los trenes de los Ferrocarriles Argentinos.
Aunque esa vez Estévez y sus compañeros de vida en aquel país advertían oscuramente que era una dictadura distinta a las demás: basta con precisar que el tren en el que Estévez regresaba de Buenos Aires llevaba apenas tres vagones, cuando la cantidad promedio había sido hasta poco antes de entre diez y quince. Aquí debemos aclarar algo: Estévez nunca viajó en los vagones pullman. No porque no pudiera costearlo, dado que la empresa le pagaba el viaje, sino porque consideraba que aquellos asientos acolchados, aquel aire acondicionado, aquella pequeña banda de ayudantes que le llevaban a uno el maletín, le limpiaban el asiento o le preguntaban si estaba cómodo, no tenían -para Estévez- absolutamente nada que ver con lo que significaba viajar en tren. "Es algo" pensaba Estévez, esta vez muy consciente, "Tan desabrido y tonto como viajar en un podrido avión."
De modo que Estévez estaba viajando en un tren muy corto -y por lo tanto extravagante, poco común- en medio de una dictadura argentina que la gente palpaba distinta a las demás, en un vagón de primera, que suele tener asientos un poco más cómodos que los de segunda (aunque menos clima comunitario) y menos que los de pullman (aunque son más personalizados).
Los dos hechos que hicieron que Estévez terminara por separar ese viaje de los demás en su memoria son de tipo exactamente opuesto: el primero inexplicable, el segundo, en cambio, mucho más asimilable a una historia. Es más: a Estévez nunca le ha costado contar en rueda de amigos o conocidos el segundo. En cambio nunca narró a nadie el primero, por que fue para él tan impenetrable que advierte oscuramente que es una historia sin principio ni destino, una especie de nudo gordiano secreto, relacionado con lo que hizo memorable a aquella dictadura dentro de la cual -rodeado por la cual- el tren de Ferrocarriles Argentinos en que iba Estévez desarrollaba su marcha sobre los rieles.
De todos modos, fue así: ocurrió que una mujer joven, con un niño en brazos, subió en Retiro equivocada al tren en el que iba Estévez. Ella tenía pasaje para Córdoba, para un tren que estaba estacionado en otra plataforma. La mujer se angustió mucho al principio, y su angustia hizo que casi todo el pasaje del vagón de primera, incluido Estévez, sintiera compasión por ella e insistiera una y otra vez en que todo se resolvería. Después de todo, el pasaje a Córdoba salía más caro -el doble- que el de Rosario, y por lo tanto la mujer tenía pleno derecho económico a viajar en el tren equivocado.
La tensión creció un momento cuando la puerta del vagón se abrió y aparecieron un par de inspectores que -como suele ocurrir con frecuencia notable en los Ferrocarriles Argentinos- eran un inspector flaco y un inspector gordo, y, también como suele ocurrir, el gordo era el que exhibía más poder; en otras palabras, el que pedía y cortaba los boletos. El pasaje entero del vagón se irguió un poco, algunos con los ojos clavados en la mujer con el niño, o en los dos inspectores otros, o pasando de una a los otros la mayoría. Es más: no bien los inspectores entraron, hubo comedidos que comenzaron a explicarles el problema, mientras la mujer se limpiaba con el dorso de la mano las lágrimas que amenazaban con empezar a caer, y el niño -de dos o tres años- permanecía absorto en un trance infantil de serenidad absoluta.
Contrariamente a lo que podía esperarse, el inspector gordo resultó bonachón, comprensivo. Se acercó a la mujer y se informó en detalle de su problema. Allí empieza lo que Estévez no puede explicarse, tal vez porque él mismo formó parte de lo que ocurrió más de lo que hubiera deseado y eso le impide tener la imparcialidad de un observador. A pesar de que el pasaje entero comprendía y compadecía a la mujer, y de que el inspector también la comprendía y compadecía, la decisión final, legal, que el pasaje del vagón no llegó a discutir con la suficiente energía como para impedirla (aunque hubo veladas críticas en los rincones al inspector, y hasta a la pareja de inspectores), la decisión final fue que la mujer debía descender en un punto intermedio del recorrido y de la noche, en un andén vacío y desprovisto de una población que lo rodeara, instalado allí simplemente, en medio de la pampa, para que después la mujer hiciera lo que pudiera: conseguir un auto que la acercara a un punto civilizado, empezar a caminar en medio de la noche sin destino fijo, o sentarse a llorar. En otras palabras, protagonizar una de esas historias que Estévez odiaba, sin principio, sin desarrollo claro, sin final, sin rieles, sin ritmo.
El inspector, después de aclararle a la mujer con su voz comprensiva, bonachona, que no perdería dinero, porque el pasaje podía ser utilizado en otro viaje semejante, se dirigió hacia la locomotora para avisar al maquinista la breve detención. Y unos veinte minutos después, en medio de comentarios ahora sí soliviantados, hasta violentos, contra las reglas tan estúpidas como las que obligaban a una mujer con un niño a quedar sola, a la buena de Dios en medio de la nada, el tren se detuvo brevemente, apenas el tiempo de dejar que la mujer llegara a la escalerilla metálica y descendiera, para después seguir su camino.
Estévez, apoyado en el borde un poco sucio de la ventanilla, vio cas¡ en primer plano a la mujer -que no parecía demasiado asustada- iluminada por los focos del pequeño andén solitario; sin una sola casa alrededor, probalbe apostadero para cargar agua o combustible, sin que hubiera al menos una luz tranquilizadora tras las ventanillas, que indixara la presencia de un encargado, un guardabarreras, alguien en suma. Después la vio alejarse lentamente -siguió su imagen con un moroso movimiento de cabeza, acompañando el del tren- hasta que andén y mujer fueron tragados por la noche como un pequeño escenario con una sola actriz.
La asociación del andén desértico con el teatro, Estévez la recuerda cada vez que recuerda el viaje, porque motivó en realidad la segunda parte, la comprensible, la que no tuvo inconvenientes en narrar más tarde. Frente a él, porque era un asiento doble, iba una mujer delgada, alta, veterana pero aún bella, con un tapado de piel poco frecuente en aquellos años. Cuando Estévez dejó de mirar por la ventanilla, en medio del clima curiosamente solidario que la pequeña tragedia había provocado en el pasaje (aunque de una solidaridad que de nada sirvió para impedirla), dijo una frase tonta: "qué barbaridad", "esa mujer sola en medio de la noche", "podrían haber hecho otra cosa", o algo por el estilo. La mujer, a su vez, se puso a hablar con Estévez de modo lento, sereno pero interesado, como si lo conociera desde hacía años.
le contó que -como él- viajaba con frecuencia en tren a Buenos Aires, aunque desde hacía menos tiempo: apenas dos años. mientras Estévez iba descubriendo en la conversación que la mujer era mucho más inteligente y sensible de lo que él había supuesto a partir de su tapado de piel (por un estúpido prejuicio social ), la mujer le contó que hacía dos años la fábrica de muebles del marido se había fundido, como se habían fundido tantos cientos de fábricas de muebles y de todo tipo de objetos en todo el país por aquellos años, y que ella había tenido "que sacar pecho y encargarse del hogar". Había desenterrado un título de abogada, había conseguido un empleo en los tribunales de Buenos Aires, y desde entonces era la que permitía que la familia siguiera económicamente en pie.
A Estévez le extraño que la mujer no lo dijera con orgullo sino con cierta pena y tanteó delicadamente el motivo. Lo que le preocupaba a la mujer era que el marido se sentía resentido con la situación: después de haber sido el laborioso pater familias que traía cotidianamente el sustento, deambulaba ahora solo y sin propósito en la vida por los cuartos de la casa, cada vez más deprimido, tal vez imaginando inexistentes aventuras de su mujer en Buenos Aires.
Estévez se conmovió por lo que la mujer le contaba, aunque se dio cuenta de que en buena medida estaba descargando parte de la emoción contenida cuando ocurrió lo de la otra mujer, la del niño, la del andén en la noche, y comenzó a hablar con un tono tan lento, personal e íntimo como ella. Mientras lo hacía, no dejó de tomar en cuenta que la mujer se desabrochaba poco a poco el tapado, y que un momento después se lo abría, en una mezcla de reacción objetiva ante el cambio de clima del vagón -de pronto hacía más calor, tal vez porque había empezado a funcionar la calefacción, que tan mal suele funcionar en los Ferrocarriles Argentinos-, pero tambien en parte por el calor mismo del dialogo.
Relajado yo por completo, confidencial, Estévez llegó a decirle a la mujer que muchos años atrás, cuando muchacho, había pensado en ser escritor, en narrar historias que atraparan al lector.
La reacción de la mujer fue inesperada, pero en última instancia comprensible: se irguió bruscamente al oír la confesión, y con ojos brillantes, acuosos, que le quitaban muchos años de encima a su rostro, le dijo que ella por su parte siempre ( y recalcó por segunda vez: "siempre") había querido ser actriz. Pero había vivido desde niña en San Nicolás, que era una ciudad pequeña, sin llegar a tener la oportunidad de seguir después de sus primeros escarceos con el teatro liceal, por que decidió dedicarse al estudio de leyes, y allí estaba, manteniendo a la familia y un tanto deprimida porque el marido circulaba por las habitaciones vacías, con las manos en los bolsillos.
A esa altura, Estévez disfrutaba plenamente de la situación. Sobre todo porque en ingún momento se le ocurrió imaginar que la conversación con la mujer del tapado podía terminar en una relación, apresurada o no, de tipo sentimental o erótico. A eso lo ayudaba, por su parte, el hecho de que fueran los dos rodando sobre las ruedas deun tren, rodeados por el ritmo gratuito y persistente que imprimían las junturas de los rieles a las pesadas ruedas de metal. Pero sobre todo porque esa historia de la mujer del tapado, sin que él lo supiera, iba a recordarla siempre en el futuro como la parte explicable del viaje, no para ocultar sino indisolublemente ligada a la otra, la sumergida, la inexplicable, la de la mujer que se equivocó de tren -quería ir a Córdoba y se subió al de Rosario-, que se quedó perdida e intraducible -como tantas otras cosas de aquella época- en un pequeño, solitario, nocturno andén de los Ferrocarriles Argentinos.
                                      por Elvio Gandolfo

INVENTARIO Por Jacques Prévert



Una piedra
dos casas
tres ruinas
cuatro sepultureros
un jardín
flores

una rata de albañal

una docena de ostras un limón un pan
un rayo de sol
un escenario marino
seis músicos
una puerta con felpudo
un señor condecorado con la legión de honor

otra rata de albañal

un escultor que esculpe Napoleones
la flor que se llama caléndula
dos enamorados en un gran lecho
un recaudador de impuesto una silla tres pavos
un eclesiástico un forúnculo
una avispa
un riñón flotante
una caballeriza para caballos de carrera un hijo indigno dos frailes dominicos tres langostas un traspuntín
dos rameras un tío Cipriano
una Mater Dolorosa tres padres chochos dos cabras del señor Seguin
un tacón Luis XV
una butaca Luis XVI
un aparador Enrique II dos aparadores Enrique III tres aparadores Enrique IV
un cajón suelto
un ovillo de hilo dos horquillas un señor de edad
una Victoria de Samotracia un contador dos ayudantes de contador un hombre de mundo dos cirujanos tres vegetarianos
un caníbal
una expedición colonial un cabalo entero una media pinta de buena sangre una mosca tsé-tsé
una langosta a la americana un jardín a la francesa
dos patatas a la inglesa
un par de impertinentes un lacayo un huérfano un pulmón de acero
un día de gloria
una semana de bondad
un mes de María
un año terrible
un minuto de silencio
un segundo de descuido
y...

cinco o seis ratas de albañal

un niño que llega llorando a la escuela
un niño que sale riendo de la escuela
una hormiga
dos pedernales
diecisiete elefantes un juez de instrucción en vacaciones sentado en una silla plegadiza
un paisaje con mucha hierba verde
una vaca
un toro
dos bellos amores tres grandes armonios un ternero a la Marengo
un sol de Austerlitz
un sifón de agua de Seltz
un vino blanco con limón
un Pulgarcito un gran perdón un calvario de piedra una escala de cuerda
dos hermas latinas tres dimensiones doce apóstoles mil y una noches treinta y
dos posiciones seis partes del mundo cinco puntos cardinales diez años
de buenos y leales servicios siete pecados capitales dos dedos de la mano diez gotas antes de cada comida treinta días de arresto quince de
ellos en el calabozo cinco minutos de entreacto
y...

muchas ratas de albañal


                                        Foto Ilustración: Anja Millen Imagery

EL GATO Y EL PÁJARO por Jacques Prévert



Un pueblo escucha desolado
el canto de un pájaro herido.
Es el único pájaro del pueblo
y es el único gato del pueblo
que lo ha devorado a medias.
Y el pájaro cesa de cantar
el gato cesa de ronronear
y de relamerse el hocico.
Y el pueblo le hace al pájaro
maravillosos funerales.
Y el gato que está invitado
marcha detrás del pequeño ataúd de paja
donde el pájaro muerto está estirado
llevado por una niñita
que no deja de llorar.
Si hubiera sabido que eso te daba tanta pena,
le dice el gato,
me lo hubiera comido del todo
y después te hubiera contado
que lo había visto volarse
volarse hasta el fin del mundo
allá donde es tan lejos
que nunca se vuelve.
Tu hubieras tenido menos pena
Simplemente tristeza y aflicción
Nunca hay que hacer las cosas a medias.
 
                                             Foto Ilustración: Anja Millen Imagery

jueves, 13 de octubre de 2011

La verdad de lo sucedido en Esteban Echeverría

En el día de ayer según medios de información y de la policía, comunicaron el estallido de un par de garrafas en el barrio 9 de abril en el partido bonaerense de Esteban Echeverría.
El estallido habría producido el derrumbe de varias viviendas y algunas personas  muertas, además de  un boliviano y un paraguayo.
Según un vecino de la zona, que sacó una foto, manifestó que vio una bola de fuego caer del firmamento y luego producirse la explosión.
En este trabajo de investigación presentaremos pruebas que contradicen lo expresado por medios de información y los medios oficiales.

Luego de enterarnos de este hecho sucedido en el conurbano bonaerense, decidimos ir a entrevistar a una de las personas en la argentina que maneja información sobre este tema, para proteger la  misma y la identidad de nuestro contacto no develaremos su nombre. Comencemos por hablar de las pistas de Nazca (expreso el hombre X), en ese lugar se encontró al único Maya rubio en una posición que aparentaba conducir algún tipo de objeto volador no identificado hasta el momento, esta información no fue publicada en ningún medio, por lo que no es extrañar que se oculte esta explosión con teorías tontas, como que fue una garrafa o un horno de barro, o bien que pudo haber sido una pava en el fuego sin agua que al recalentarse produjo tal catástrofe.

-periodista. Pero entonces UD cree que las versiones oficiales son mentiras para tapar algo grande.¿como ser extraterrestre?
-hombre X: Por supuesto y no dude que esta metida la CIA y la KGV, no es la primera vez que esto ocurre.
-periodista: Ahora que tiene que ver la pista de Nazca con esto?
-Hombre X: Ya lo explique hace un rato con lo del hombre maya que conducía lo que hoy conocemos como OVNIS.
-Periodista: Pero tenemos entendido que no era un maya sino un hombre que tenía puesta una malla. Malla de baño. Tipo de las que usaba Tarzán, eso podría decirnos que el mítico personaje de Tarzán de los monos era un extraterrestre?
- Hombre X: Puede ser, hay un ato no menor, también oculto pero esta vez por la inteligencia inglesa es la verdadera identidad de la mona chita que no era mona ni chita era un robot al servicio de Tarzán.

-Periodista: Esta aseverando que el maya era Tarzán y la mona chita no era quien conocemos hoy?
-Hombre X: Exactamente, ya descubrimos que el maya era Tarzán, ahora sabemos y tengo las pruebas de que la mona chita era un robot asistente de Tarzán.
-Periodista: Podría explicarlo porque sigo sin entender.
-Hombre X: Tarzán era un agente del Scotland yard y el robot fue fabricado a pedido de ellos por los pilotos rusos, se dio una imagen de simio para no levantar sospechas.
-Periodista: como obtuvo esta información Hombre X?
-Hombre X: En uno de mis viajes a la Antártida observe que los niños viajaban a sus vidas pasadas a través del Reiki y ellos me comentaron esto y me enseñaron a viajar, también podes decir que flipper era un submarino espía de los marines, para descubrir los secretos de Mundo marino.

-PERIODISTA: Entonces podemos decir que Tarzán era un gorilon, disfrazado de superhéroe para explotar a los negros…
-Hombre X: y no solo eso, Tarzán acaparó para la corona británica la exportación de bananas pero también tenía la misión secreta de observar el cielo africano para detectar los viajes interestelares de objetos no identificados.
De hecho observó el pasaje de varios de ellos que fueron comunicados con el famoso Tam Tam de los tambores aborígenes a la ciudad del cabo Rosty, en Arizona quién con su inseparable amigo rin tin tin que al igual que chita no era mona este no era perro sino un robot hallado en el desierto junto a un OVNI caído.
Lo cual nos deja a las claras que ni Tarzán era lo que nos vendieron ni rin tin tin tampoco y eso sin tocar al llanero solitario y su amigo toro. Ninguno de los dos eran seres humanos sino gente provenientes del mundo exterior que venían a poner justicia en la tierra.

-Periodista. Sus declaraciones son polémicas, pero como llegamos a entender lo sucedido el día de ayer?
-Hombre X: Atando cabos llegue a la conclusión que todo esto nos viene afectando desde el momento en que Elvis se mudo a la Argentina y hoy tiene un parri-pollo llamado Rock de la cárcel en la zona de Morón, el ingreso de este hombre a nuestro país a través de un submarino fabricado por los alemanes y presentado en la sinprode, el submarino hizo base en Mar del Plata, desde ahí Elvis Hoy lleva el nombre de Elvio Pedro Levis que también tiene acciones en la conocida marca de indumentaria informal, tomo el tren y se asentó en Morón.
Esto hizo que se abran los chakras de nuestra nación y esta energía atraiga a la vida del mas allá.
-Periodista: Esta confirmando que el hecho del día de ayer fue consecuencia del parri-pollo del señor Elvio Pedro Levis de morón?
-Hombre X: Así es también debemos tener en cuenta que esta manifestación en nuestro país es cubierta por la CIA, ya que dicen que el área 51 no existe, investigando encontré que las bases militares del país de America del norte son 101 como los dálmatas de Disney pero en su cuenta van del numero 1 hasta el 50 y luego continua con la base 52, van dejando pistas que luego de un profundo trabajo de investigación encontramos cosas que nos llaman la atención.

-Periodista: ¿por ejemplo cuales?
-Hombre X: Las famosas cavas de la provincia de buenos Aires, en realidad no son lo que nos dicen ser sino que son lo que no nos dicen ser. ¿No se si me explico?
-Periodista:¿????????
-Hombre X. De donde proviene la palabra cavas viene de cavar y quienes las cavaron……NADIE, nadie de esta tierra. Son producto de o resultado de implosiones realizadas por los arquitectos de Nazca y Rivadavia en tiempos inmemoriales para borrar todo vestigio de su presencia en la tierra.
-Periodista: Pero las fuentes oficiales ¿lo saben?
-HombreX: Por supuesto que lo saben pero lo ocultan pues la información es la que maneja al mundo y esa información la tienen solo ellos…bueno y yo.
-Periodista: Hablando de historia o de personajes históricos, se decía que el famoso Fidel Pintos, en sus monólogos indescifrables ocultaba mensajes interestelares y otra pregunta el Chan Chan de Juan Darienzo tiene algo que ver con las implosiones..?

-Hombre X: Puedo confirmar que estoy trabajando en los mensajes de Fidel Pintos para descifrarlo pero existen algunas oraciones que me llaman la atención, pero no vienen al caso, es cierto que el Chan Chan de Juan Darienzo, que en realidad se llama John Davis y vive en California trabajando como  exterminador de plagas…. Si, están directamente relacionados, si nos fijamos en los videos el dedo índice dirigía hacia el lugar donde debía realizarse la implosión, y debían esperar hasta ese preciso momento que los planetas se alinean, ahora también podemos descubrir que la película El día de la independencia es un documental de lo sucedido.
-Periodista. Esta aseverando que esta película es cierta?
-Hombre X: Si he analizado junto a Chiche Genblung y el Dalai lama estas imágenes y descubrimos que es una serie de fotografías montadas una tras otra formando la continuidad del movimiento, y fuero extraídas de la casa de Fabio Zerpa cuando el Gordo casero fue a tomar el te, lo único que podemos decir es que en esa película existe un solo error.
-Periodista: cual error?
-Hombre X: que el piloto es de color y bien sabemos que estas personas no cuentan con la sabiduría para controlar una maquinaria de ese tipo a no ser que se trate de un extraterrestre. Pero no , luego del análisis de las imágenes descubrimos que el protagonista real de ese hecho era el mismo Juan Darienzo o sea John Davis.

-Periodista. ¿Puedo hacerle un par de preguntas personales sin delatar su identidad?
-Hombre X: como no. Adelante.
-Periodista: Ud. De que vive?
.- Hombre X: esta bien la pregunta pues lo mío e un hobby. Para poder sobrevivir trabajo en una empresa distribuidora de energía eléctrica.
.-Periodista: hace mucho que trabaja allí
-Hombre X: si hace muchos años, pase por muchos sectores de trabajo y ya me estoy por jubilar.
-Periodista. La otra pregunta es la siguiente: Porque les tiembla las manos?
A mi las manos no me tiemblan…laten como la bombonera.
Yo cuando era joven trabajaba en un boliche en Quilmes city y una noche fue a tocar Juan Darienzo y de el saque ese temblor característico que acompaña su chan chan y que yo utilizo cuando escribo en la comp..

-Periodista: bueno culminando nuestra entrevista. Que conclusiones podemos sacar de lo sucedido el día de ayer?
-Hombre X: Luego de investigar, solo puedo decir que aparentemente la bola de fuego no existió y la explosión fue consecuencia de una garrafa mal instalada.

                                                    Autor: DAVID PETERSON