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jueves, 18 de agosto de 2011
¡DILES QUE NO ME MATEN! por Juan Rulfo
¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
—No puedo.Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
—Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
—Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué, consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
—No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
—Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
—La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado.
Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones.Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero.
Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.
Hasta que una vez don Lupe le dijo:
—Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahi se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo,porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel T odavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muhachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos , no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"—Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer ? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá , de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Su ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne.
Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que seria el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se lo diré", pensaba.
Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
—Yo nunca le he hecho daño a nadie— eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cua tro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
—Mi coronel aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta.Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
—¿Cuál hombre? —preguntaron.
—El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
—Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima— volvió a decir la voz de allá adentro.
—¡Ey, tú ¿Que si has habitado en Alima?—repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
—Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
—Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
—Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
—¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
—Ya sé que murió —dijo— Y siguió hablando como si platicara con alguien allá , al otro lado de la pared de carrizos:
—Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enrraizar está muerta. Con nosotros esos pasó.
"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encotraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su famili a."
"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdona r a ése , aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca."
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
—¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
—¡Mírame ,coronel —pidió él!—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. !No me mates...!
—!Llévenselo!— volvió a decir la voz de adentro.
—...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado,siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coro.nel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. !No me mates! !Diles que no me maten!.
Estaba allí, Como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo:
—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
— Tu nuera y los nietos te extrañarán — iba didiciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro degracia como te dieron.
miércoles, 27 de julio de 2011
UN CUERPO AL BORDE DE UNA COPA
Saltó la imagen de una virgen que se apiadó de los pecados
Primitivos.
Rezó una oración en falso y aventajó con la indiferencia a los obreros que no podían otra cosa que llevar miseria a sus casas.
Un cielo es el único decorado de esos ojos de cristal que derraman sangre ajena y bajezas propias.
Y así estamos y así estoy.
Como un soñador disfrazado a veces de oveja y a veces de mosca en mal estado. Incendiando algún que otro subterráneo sin tiempos.
Levanto la mirada, y escucho la paz imperfecta, falsa y maloliente que tienen todas las extremauciones.
Ahora me tocó a mi. No hables, no quiero escucharte. Que tu hijo, que recién nace y ….No me hablés de culpas. No me hablés de la lluvia interminable hasta las cinco.
Solo llamame cuando desates tu locura en el infierno mas bajo.
Y como en todo cuento en el que el final pertenece al pasado, dejo de recuerdo este naufragio de sueños ahogados, y de recompensas a la cabeza.
UN DÍA - Última Parte-
Visión 1
Bestias rabiosas me rodean
Babean y relamen sus labios
Aferran sus garras a la tierra seca,
Esperan
Siento miedo
Ojos lunáticos observan
Explosiones musculares retumban
Cuerpos curvados esperan la orden,
Me esperan
Tengo miedo a la muerte
Impulsos eléctricos recorren mi interior
Miro fijamente a mi enemigo
Mi cuerpo es un arma poderosa
¡si! Un arma poderosa
Visión 2
Mis manos están sucias
Mi cuerpo cansado
Un aroma ácido en el aire estancado
- ¿Que es lo que tengo en mis manos?
Sangre
- ¿de quien?
De muchos, de cientos, de tantos
Cuerpos inocentes retorciéndose en la tierra
Suplican piedad en alaridos desenfrenados
Mirándome a los ojos me suplican,
Es su vida la que tengo en mis manos
Despierto…
Ilustración: Frida Kahlo (Despertar)
viernes, 15 de julio de 2011
UN DÍA 3ª PARTE
Tragedia en el ballet
Escucho
Gritos grotescos, Jadeos
Estúpidas voces
Cantos lúgubres
Lamentos…
Veo
Monstruos diurnos se acercan violentamente
Destruyendo toda cadencia melódica
Oscureciendo mi pupila iluminada
Invadiendo su hedor al aire perfumado
Sombras
Avanza el vaho nebuloso
Caen muertos los átomos lumínicos
Perros dorados aúllan tristemente
Risas
Rostros maltratados y deformes
siluetas difusas
Cuerpos muertos saltando acechan
Ciegos, se guían por su olfato animal
Buscan presas con olor a sueño
Con olor a miedo… perfume espiritual
jueves, 14 de julio de 2011
VIAJE AL INTERIOR con Lucas Donadio
1) Año de nacimiento:
1986
2) Lugar:
Buenos Aires
3) Con quién vivis:
solo
4) Frase favorita:
cuando se limpien los cuerpos quedará por fin lo verdadero y seremos todos iguales ( Lucas Donadio)
5) Autores influyentes:
Gustavo Adolfo Becquer
6) Experiencia formativa:
autodidacta
7) Último libro que leíste:
el mundo que respiro (Mario Benedetti)
8) Qué libro te marcó a fuego:
Rimas y leyendas ( Gustavo Adolfo Becquer)
9) Un arrepentimiento:
Haber mentido alguna que otra vez por diversión
10) Odia a:
nadie en especial. Pero si a la violencia
11) Manías literarias:
ninguna creo, tal vez escribir solo los días soleados
12) Momento memorable:
el día que nevó en Bs As
13) A qué personaje de qué libro invitarías a cenar:
a Mowgli, del libro de la selva
14) Qué pregunta te quedó por hacerle a algún personaje de un libro:
a Manrique de la leyenda “ el rayo de luna” de Becquer: ¿realmente deseas estar solo?
15) Drogas o alcohol:
poco y casi siempre
16) Tres libros que rescatarías en medio de un derrumbe:
2 de mi autoria y el diccionario
17) Una obsesión:
la búsqueda del amor
18) Una recomendación:
yo le recomendaría a cualquier persona que deje de lado cualquier tipo de formalidad
19) En qué parte de qué libro te hubiera gustado ser un personaje mas para haber participado:
no de un libro pero si de una pelicula, avatar de james cameron
20) Si ves a alguien leyendo a Fernando Pessoa, cómo te imaginás que es el lector:
creo que sería un ser oscuro y desganado
21) Si ves a alguien leyendo a Beatriz Sarlo, cómo te imagínas que es la persona:
simple algo vulgar
1986
2) Lugar:
Buenos Aires
3) Con quién vivis:
solo
4) Frase favorita:
cuando se limpien los cuerpos quedará por fin lo verdadero y seremos todos iguales ( Lucas Donadio)
5) Autores influyentes:
Gustavo Adolfo Becquer
6) Experiencia formativa:
autodidacta
7) Último libro que leíste:
el mundo que respiro (Mario Benedetti)
8) Qué libro te marcó a fuego:
Rimas y leyendas ( Gustavo Adolfo Becquer)
9) Un arrepentimiento:
Haber mentido alguna que otra vez por diversión
10) Odia a:
nadie en especial. Pero si a la violencia
11) Manías literarias:
ninguna creo, tal vez escribir solo los días soleados
12) Momento memorable:
el día que nevó en Bs As
13) A qué personaje de qué libro invitarías a cenar:
a Mowgli, del libro de la selva
14) Qué pregunta te quedó por hacerle a algún personaje de un libro:
a Manrique de la leyenda “ el rayo de luna” de Becquer: ¿realmente deseas estar solo?
15) Drogas o alcohol:
poco y casi siempre
16) Tres libros que rescatarías en medio de un derrumbe:
2 de mi autoria y el diccionario
17) Una obsesión:
la búsqueda del amor
18) Una recomendación:
yo le recomendaría a cualquier persona que deje de lado cualquier tipo de formalidad
19) En qué parte de qué libro te hubiera gustado ser un personaje mas para haber participado:
no de un libro pero si de una pelicula, avatar de james cameron
20) Si ves a alguien leyendo a Fernando Pessoa, cómo te imaginás que es el lector:
creo que sería un ser oscuro y desganado
21) Si ves a alguien leyendo a Beatriz Sarlo, cómo te imagínas que es la persona:
simple algo vulgar
miércoles, 13 de julio de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
POEMAS de EDGAR BAYLEY
EL HOMBRE MODERNO
(El día)
el hombre moderno dice:
el 26 de octubre tenía ganas de morirme
mientras viajaba en ómnibus
a las tres de la mañana
sé que hay cosas más importantes
en la vida del mundo
en la vida de millones de hombres
pero hablo
conociendo el tema
de lo que le pasa a uno entre millones
hablo de uno que el 26 de octubre
tenía ganas de morirse
mientras viajaba en ómnibus
a las tres de la mañana
y digo nombro al mundo entero
a los millones que a esa hora
morían de verdad nacían
esperaban
volvían a sus casas
o podían morirse como estaban
si Pompeya (otra vez) el mundo entero
se borrasen por razón de guerra y de locura
o por una información equivocada.
NO PUEDO DECIRLO DE OTRO MODO
vendrá un día un día vendrá un día
habrá un día
una mañana
y tendremos lo que fuimos somos
hubo un día
una marsopa
un escabel un pámpano en el aire
no puedo decirlo de otro modo
cuando me pongo a conversar sobre estas cosas
mi intención es ser muy claro y muy resuelto
no puedo decirlo de otro modo
vendrá un día un día vendrá un día
una mañana
y todo será muy claro y muy despierto
ELLA SE PROLONGA
ella se prolonga en sus ojos y manos tendidos
hacia los trenes que pasan muy cerca
en el silencio batido incesantemente
por un sueño frío
por una fría locura sin amparo
tú que sabes contar
y estás de pie
y en tu alma recompones el amanecer
y simulas el recuerdo
la unitaria claridad de los días sobrevenidos
sientes la presencia
de una memoria rota
de una sonrisa a la deriva
de unas manos
de un vuelo
de un breve valle que ardió en el ocaso
¿cómo decir que ya no está el fuego
y las paredes caen y pasa el viento entre las sombras?
tú puedes ser nombrado y miras simplemente
como un viajero más
hacia los altos
pero allí quedó
-es vano el ocultarlo-
la sangre que trepaba al sol en el verano
allí quedaron sus ojos deslumbrados
y un alba común
anochecida
(El día)
el hombre moderno dice:
el 26 de octubre tenía ganas de morirme
mientras viajaba en ómnibus
a las tres de la mañana
sé que hay cosas más importantes
en la vida del mundo
en la vida de millones de hombres
pero hablo
conociendo el tema
de lo que le pasa a uno entre millones
hablo de uno que el 26 de octubre
tenía ganas de morirse
mientras viajaba en ómnibus
a las tres de la mañana
y digo nombro al mundo entero
a los millones que a esa hora
morían de verdad nacían
esperaban
volvían a sus casas
o podían morirse como estaban
si Pompeya (otra vez) el mundo entero
se borrasen por razón de guerra y de locura
o por una información equivocada.
NO PUEDO DECIRLO DE OTRO MODO
vendrá un día un día vendrá un día
habrá un día
una mañana
y tendremos lo que fuimos somos
hubo un día
una marsopa
un escabel un pámpano en el aire
no puedo decirlo de otro modo
cuando me pongo a conversar sobre estas cosas
mi intención es ser muy claro y muy resuelto
no puedo decirlo de otro modo
vendrá un día un día vendrá un día
una mañana
y todo será muy claro y muy despierto
ELLA SE PROLONGA
ella se prolonga en sus ojos y manos tendidos
hacia los trenes que pasan muy cerca
en el silencio batido incesantemente
por un sueño frío
por una fría locura sin amparo
tú que sabes contar
y estás de pie
y en tu alma recompones el amanecer
y simulas el recuerdo
la unitaria claridad de los días sobrevenidos
sientes la presencia
de una memoria rota
de una sonrisa a la deriva
de unas manos
de un vuelo
de un breve valle que ardió en el ocaso
¿cómo decir que ya no está el fuego
y las paredes caen y pasa el viento entre las sombras?
tú puedes ser nombrado y miras simplemente
como un viajero más
hacia los altos
pero allí quedó
-es vano el ocultarlo-
la sangre que trepaba al sol en el verano
allí quedaron sus ojos deslumbrados
y un alba común
anochecida
viernes, 8 de julio de 2011
EFECTOS RETARDADOS por Elías Canneti
Estuvo en el Mozarteum. En vez de aprender a cantar, aprendió a rezongar.
¡Oh, si yo supiera que una sola palabra importa! Cómo la guardaría y la acariciaría: una sola palabra.
No puedo desprenderme de las palabras. De ser necesario, me tendería desnudo a morir. Sin las palabras, me es imposible.
Lo más valioso debe adelgazarse, de lo contrario se pudre.
Lo peligroso del "casamiento". Lo que impresiona de él es la crudeza de lo exhibido. Que llegue a su fin, no le importa a nadie. Demasiado tiempo, durante décadas, estuvimos amenazados por la extinción. Nos acostumbramos a ello. La crudeza de los invitados a la boda es fascinante como tal.
El amor a la muerte de los románticos me provoca repugnancia. Se conducen como si su muerte fuera algo especial.
Las máquinas no son lo suficientemente misteriosas para creer en ellas.
Todos los sitios donde no estuvo lo mantienen con vida.
La verdad como una niebla ardiente en el espacio sideral.
Palabras achatadas, como una armadura. De arriba a abajo dentro de ella, de arriba a abajo: filósofos.
No habrá un solo punto sobre la Tierra que no haya sido alguna vez un cementerio. Habrá únicamente cuasi-cementerios. Pero cómo determinar esto con exactitud? Queremos dormir en una parte para despertar en otra, y no hay animal que soporte a los advenedizos a perpetuidad.
Adultos asquerosos; se les conocía como encantadoras y jóvenes criaturas. Pero han recorrido mundo, tarde, y ahora son como todos.
Cuán importante es no leer demasiado cuando se hace algo, y sobre todo: no demasiado del mismo modo y bajo las mismas circunstancias. Esta es precisamente la desgracia del espírtu académico: depende de una norma superior. Después puede surgir cualquier cosa, pero tiene que pasar por la criba de la más alta norma. Desde aquí ya está¡ castrado. Lo que resulta no puede ser concebido, surge de la repetición de sí mismo.
¿Hay que abusar de una palabra para descubrirla?
Elías Canetti
ESPECIAL FOTOGRAFÍA REVISTA MARIE CLAIRE
La revista norteamrericana Marie Claire no es precisamente una revista de excesiva profundidad literaria, motivo por el cual no es ese el lugar que tiene ganado en nuestro espacio, pero si observás, fijate que los Dossier fotográficos que hacen de los famosos, suelen expulsar el perfil del artista, para explotarle un lado sumamente creativo y especialmente diferente.
| Elle Fanning |
| Elle Fanning |
| Dakota Fanning |
| Emma Watson |
| Emma Watson |
| Elle Fanning |
| miley cyrus |
| miley cyrus |
| drew barrymore-y ellen page |
jueves, 30 de junio de 2011
DANIEL CHARMS - CUENTOS -
Un soneto
Hoy me sucedió algo extraño: de repente olvidé si primero venía el 7 o el 8. Fui con mis vecinos para conocer su opinión sobre esa secuencia. La extrañeza de ellos y la mía fueron grandes cuando, de pronto, descubrieron que ellos tampoco podían recordar cuál era el orden de esos números. Ellos se acordaban de contar 1, 2, 3, 4, 5, 6,; pero olvidaban qué número seguía. Entonces decidimos ir a la tienda más cercana, la que está en la esquina de las calles Znamenskaya y Basseinaya, para consultar ese asunto con la cajera. La cajera nos sonrió como padeciéndonos, se sacó de la boca un martillito y, moviendo su nariz con suavidad hacia adelante y atrás, nos dijo:
–En mi opinión, el siete viene después del ocho sólo si el ocho viene después del siete.
Le dimos las gracias a la cajera y contentos salimos de la tienda. Pero luego, pensando con cuidado en lo que dijo la cajera, nos pusimos tristes porque sus palabras estaban vacías de significado.
¿Qué se supone que haríamos? Fuimos al Jardín Primavera y empezamos a contar árboles, pero al llegar al seis nos deteníamos y empezábamos a discutir. Algunos opinaron que el siete era el que seguía; pero otros decían que era el ocho. Estuvimos discutiendo mucho tiempo cuando, por un golpe de suerte, un niño se cayó de una banca y se quebró las quijadas. Eso nos distrajo de nuestra discusión.
Y cada quien se fue a su casa.
12 de noviembre, 1935.
Incidentes
Orlov comió muchos frijoles fritos y murió. Y cuando Krylov vio a Orlov muerto, también murió. Pero Spridolov murió sin razón alguna. La esposa de Spridolov se cayó en la cocina y también murió. Pero los hijos de Spridolov se ahogaron en un estanque. Mientras tanto, la abuela de Spridolov se volvió alcohólica y se fue de vagabunda. Pero Mikhailov dejó de peinarse y se enfermó. Kruglov le dio un latigazo a una dama y enloqueció, Perehvostov compró un alhambre por 400 rublos y se sintió tan vanidoso que lo echaron de su oficina.
Son buena gente pero no saben controlarse
22 de agosto, 1936.
Una ilusión ópticaDaniil Kharms.
.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia un pino y vió a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, se quitó las gafas, miró al pino y vió que no había nadie sentado sobre el pino.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia el pino y vió otra vez a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, se quitó las gafas, miró al pino y vió otra vez que no había nadie sentado sobre el pino.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia al pino y vió nuevamente a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, no quiso dar crédito al fenómeno que había presenciado y consideró que todo era una ilusión óptica.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia un pino y vió a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, se quitó las gafas, miró al pino y vió que no había nadie sentado sobre el pino.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia el pino y vió otra vez a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, se quitó las gafas, miró al pino y vió otra vez que no había nadie sentado sobre el pino.
Semion Semionovich, se puso las gafas, miró hacia al pino y vió nuevamente a un hombre sentado sobre el pino enseñándole el puño.
Semion Semionovich, no quiso dar crédito al fenómeno que había presenciado y consideró que todo era una ilusión óptica.
Un Encuentro
El otro día un hombre fue a trabajar pero en el trayecto se encontró con otro hombre que había comprado una hogaza de pan polaco y que iba en dirección a su casa, a su propia casa.
Eso es casi todo..
CONDUCTA EN LOS VELORIOS Por Julio Cortazar
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguan, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas asi, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inutilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado.
Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoria de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones estan tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas.
Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco.
Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
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