sábado, 24 de marzo de 2012

PEQUEÑA LUZ Por Walter Gómez

Pequeña luz, intentando trepar por todas partes,
introduciéndote en los más recónditos espacios.
¿Querés escapar de esta superficie?
¿O es simplemente que todo lugar te significa
una trampa para semejante plenitud?
Pequeña luz, sos tan potente que ni las paredes te dan
batalla,
por eso a nada le das tregua y a todo le encontrás la
curva.
Sos como el viento que no se ve pero te lleva.
Una amenaza de tormenta que no se concreta
pero asoma y desafía nuestra capacidad de sorpresa.
Y esa imaginación que te lleva a trepar hasta donde se
desconoce,
es la que te sostiene en tu pequeño, y gran maravilloso
mundo.
Sos una diosa en la explosión de mis lágrimas.
Mientras tanto en la espera construyo mi existencia.
Acá estoy, con mi herida expuesta y salada por el mar.
Angel blanco, pequeña luz,
estoy dispuesto a escaparme todo el tiempo
sin salir de la coraza.
Sueño con pasar un año acariciándote sin parar,
aún sabiendo que tu piel me quemará.
Pasaría la lengua por tu reflejo
hasta que se cristalice la saliva
y con ella pueda dibujar la estrella de tu procedencia.
Interrumpiría la energía de tu alma,
para conocer la virginidad de tu iluminación.
Busco pasar meses observando tu boca
y tus ojos, sin pestañar,
para no perderme por un instante cada imagen tuya,
como parte de la eternidad.
Deseo alocadamente compartir un secreto,
para que aún en la distancia,
exista el vínculo que en el silencio del espacio,
nos sostenga como
parte de un todo
Ilustración: Steven Klein

viernes, 23 de marzo de 2012

DOSSIER FOTOGRÁFICO - RICHARD AVEDON (1º PARTE)


La modelos de la segunda y cuarta foto es Natasha Kinski.
La modelo de la primer foto es Karina K.

jueves, 22 de marzo de 2012

EL TREN DE BURDEOS - MARGARITE DURAS



Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1.930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

martes, 20 de marzo de 2012

CANALSURF (welcome to the desert of the real" Morfeo "The Matrix) DE MAYRA SANTOS-FEBRES


Por tele podemos ver cómo la gente:
tiene un parto difícil
tiene un parto fácil
se hace una fertlización in vitro
trae el bebé a la casa
trae un chef a la casa
contruye una casa para una familia en desgracia
se reconstruye la cara
se reconstruye las tetas
se liposucciona
compite para ser supermodelo
compite para ser diseñador de interiores
compite para ser estrella
se pone grapas en el estómago
abre fuego sobre la multitud en Virginia Tech
por tele puedes ver cómo gente:
vive en una isla desierta
vive en un apartamento en Las Vegas
encara sus miedos a comer insectos
encara sus miedos a la soledad
encara sus adicciones sexuales
es soltera en la cuidad de Los Angeles

por tele puedes verte en Kim Basinger
en Angelina Jolie en Holly Berry
y seguir siendo la insignificante nada que eres porque no apareces en televisión
seguir pensando que sería mejor adoptar niños de Cambodia que cuidar/querer/encarar a los tuyos
puedes soñar con Bruce Willis mientras dejas que tu marido puje sudoroso encima tuyo
tu marido que se lo está metiendo a Dakota Waynes, a Shakira, a Beyonce a través tuyo
a través del ocaso technicolor que no se ve por la ventana de tu duplex de cartón madera
en año en que todo se cayó
se cayó el trabajo la promesa, el plan de retiro la playa
pero la tele siguió ahí
y tú seguiste ahí reflejada
sudando mares de Borneo
mientras mirabas como gente de verdad
gente más gente que tú más tuya que los vecinos
se lavaban la boca con Crest y soñaban con un viaje a Italia
decoraban sus casas grandotas y aprendían a vestirse con estilo
se hacían una rinoplastía y te esperaban del otro lado de la pantalla
donde podías ser todas las cosas y su reverso en realidad
vitualidad infinita
tú más tuya que los tuyos y propia la vida al fin
sin tanto desierto que se trage lo que propones.

la niña llora, tus manos tiemblan un tecato se inyecta frente a tu casa
su miniserie ha sido cancelada
sería terrible que la pantalla mostrara lo que ves desde la tuya
perros zarnosos, mujeres gordas, descosidas de abandono
hombres que quieren metértelo y emborracharse
metértelo y huir
metértelo y vertir sangre
pero eso no es real
no es real
no sale en la tele
la equivocacion no es lo real
la equivocacion de esta vida que se sale de señal,
llena de estática.

viernes, 16 de marzo de 2012

DOSIIER FOTOGRÁFICO de BETTINA RHEIMS (SEGUNDA PARTE)




Fredor Dostoiesky - MEMORIAS DEL SUBSUELO- FRAGMENTO

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele. 
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía. 
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.
Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!
Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo! II
Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.
Una conciencia demasiado clarividente es (se lo aseguro a ustedes) una enfermedad, una verdadera enfermedad. Una conciencia ordinaria nos bastaría y sobraría para nuestra vida común; sí, una conciencia ordinaria, es decir, una porción igual a la mitad, a la cuarta parte de la conciencia que posee el hombre cultivado de nuestro siglo XIX y que, para desgracia suya, reside en Petersburgo, la más abstracta, la más «premeditada» de las ciudades existentes en la Tierra (pues hay ciudades «premeditadas» y ciudades que no lo son). Se tendría, por ejemplo, más que de sobra con esa cantidad de conciencia que poseen los hombres llamados sinceros, espontáneos y también hombres de acción. 
Ustedes se imaginan (apostaría cualquier cosa) que escribo todo esto por darme importancia, por burlarme de los hombres de acción, por darme tono a la manera del fatuo que arrastraba el sable y del que les he hablado hace un momento, pero eso sería de muy mal gusto. Pues ¿quién puede pensar, señores, en vanagloriarse de sus enfermedades y utilizarlas como pretexto para darse tono?
Pero ¿qué digo? Todo el mundo obra así. Precisamente de sus enfermedades extraen la gloria. Y eso hago yo, probablemente aún más que nadie... En fin, no hablemos más del asunto: mi objeción es estúpida.
Sin embargo (estoy firmemente convencido de ello), la conciencia, toda conciencia es una enfermedad. Lo mantengo. Pero dejemos esto por ahora. Respóndanme a esto: ¿cómo es que siempre, en el preciso instante -como hecho adrede- que me sentía más capaz de apreciar todos los matices de lo bello, de lo sublime, como se decía en nuestra patria hace poco, se me ocurría no sólo pensar, sino hacer cosas tan inconvenientes? Eran actos que todos realizan con oportunidad, pero que yo cometía precisamente cuando me daba perfecta cuenta de que había que abstenerse de ejecutarlos. Cuanto más clara conciencia tenía del bien y de todas las cosas «bellas y sublimes», tanto más me hundía en mi cieno y tanto más capaz me sentía de sepultarme en él definitivamente. Pero lo más notable es que este desacuerdo no parecía un hecho fortuito, dependiente de las circunstancias, sino algo que ocurría del modo más natural. Se diría que éste era mi estado normal, y en modo alguno una enfermedad o un vicio; tanto, que finalmente perdí todo deseo de luchar. En resumen, que casi admito (y tal vez sin «casi») que aquél era el estado normal de mi espíritu. Pero, al principio, ¡cuánto sufrí en esta lucha! No creía que los demás pudiesen estar en el mismo caso, y a lo largo de toda mi vida he mantenido en secreto este rasgo de mi carácter. Me avergonzaba de él (es posible que me avergüence todavía). Tan lejos iba en esto, que experimentaba una especie de placer secreto, vil, anormal, al volver a mi casa, a mi agujero, en una de las turbias e ingratas noches petersburguesas, y decirme que otra vez había cometido una villanía aquel día y que sería imposible repararla. Entonces me roía interiormente. Me roía, me desgarraba a dentelladas, bebía largamente mi amargura, me saciaba de ella de tal modo, que al fin experimentaba una especie de debilidad vergonzosa, maldita, en la que saboreaba una verdadera voluptuosidad. ¡Sí, lo repito: una verdadera voluptuosidad! He sacado a relucir esta cuestión porque deseo saber si otros conocen semejantes voluptuosidades.
Me explicaré. La voluptuosidad procedía, en este caso, de que me daba clara cuenta de mi humillación, la cual procedía del convencimiento de haber llegado al límite. «Tu situación es abominable -me decía a mí mismo-, pero no puede ser otra; no tienes ninguna salida; no podrás cambiar nunca, porque, aunque tuvieras el tiempo y la fe necesarios para ello, no querrías convertirte en otro hombre. Por otra parte, aunque quisieras cambiar, no podrías. ¿En qué otra cosa te transformarías? ¡Quizá no hay ninguna!»                                                         
Pero lo esencial- y esto pone fin a la cuestión- es que todo se realiza de acuerdo con las leyes fundamentales y normales de la conciencia refinada, y mana de ella directamente, tanto, que es por completo imposible no sólo cambiar, sino, generalmente, reaccionar de algún modo. La conciencia refinada nos dice, por ejemplo: «Tienes razón, eres un canalla». Pero el hecho de que yo pueda comprobar mi propia condición canallesca no me consuela lo más mínimo de ser un canalla. ¡En fin, basta ya! ¡Cuántas palabras, Dios mío! Pero ¿qué he explicado? ¿De dónde proviene esa voluptuosidad? Sin embargo, me interesa explicarlo todo. Iré hasta el fin. Para eso he tomado la pluma...
Empezaré por decir que tengo un amor propio tremendo, que soy tan desconfiado y susceptible como un jorobado, como un enano. Pero, verdaderamente, ha habido momentos en mi existencia en los que, si me hubiesen dado una bofetada, me habría sentido quizá muy dichoso. Hablo en serio; habría podido encontrar en ello cierto placer..., el placer de la desesperación, desde luego. Pues la desesperación oculta la voluptuosidad más ardiente, sobre todo cuando la situación aparece sin salida. Sin embargo, en el caso de la bofetada, ¡qué sensación de aplastamiento se experimenta!    
Pero lo principal es que siempre resulta que soy yo el culpable, sea cual fuere el lado desde el que examinen las cosas, y es más: culpable sin serlo, por lo menos, de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Soy culpable, ante todo, porque soy más inteligente que cuantos me rodean (siempre me he considerado más inteligente que las personas que me rodeaban, e incluso -¡fíjense ustedes!- mi sensación de superioridad me confunde hasta el punto de que miro a la gente de reojo, por no poder mirarla cara a cara). Soy culpable, además, porque, aún cuando me hubiese sentido generoso, el convencimiento de que esto era inútil sólo habría servido para atormentarme más. Desde luego, no habría adelantado nada. No habría podido perdonar, porque el agresor me habría golpeado seguramente, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, las cuales no se preocupan por nuestro perdón. Además, me habría sido imposible olvidar, porque el insulto, por natural que sea, siempre es un insulto. En fin, si renunciaba a ser generoso y pretendía, por el contrario, vengarme del agresor, no podía cumplir este propósito, porque me era imposible decidirme a obrar, aún teniendo la facultad de hacerlo.
Pero ¿por qué? Sobre esto quisiera decirles a ustedes unas palabras.

LEOPOLDO MARECHAL - POEMAS-





       El amor es un robo me dijiste una tarde...

El amor es un robo -me dijiste una tarde-
robamos y nos roban, y así pasa de modo
que en los senderos quedan nuestras mejores galas
resecas como lirios que marchitó el otoño.
Han pasado los años y de nuevo tu imagen
cruzó por mis ideas con la luz de un meteoro,
y mirando en mi abismo y hallando mucha sombra
recuerdo tus palabras: El amor es un robo.

                        Canción

El Río de tu Sueño cantará el abecedario del agua.
Tendrá árboles, como llamas verdes
chisporroteando alondras;
y altos bambúes cazarán el girasol de las lunas
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

El alba será un loto que perfuma
la muerte de tus noches;
de picotear estrellas estarán ebrios tus pájaro-moscas.
Habrá remansos y un polen que hace dormir al viento
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

Con mi remo al hombro he visto zarpar cien días.
Mis hermanos pelarán la fruta del mundo, la más roja...
Con mi remo inútil, a lo largo de las noches,
busco el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.


De la adolescente

Entre mujeres alta ya, la niña
quiere llamarse Viento.
Y el mundo es una rama que se dobla
casi junto a sus manos,
y la niña quisiera
tener filos de viento.

Pero no es hora, y ríe
ya entre mujeres alta:
sus dedos no soltaron todavía
el nudo de la guerra
ni su palabra inauguró en las vivas
regiones de dolor, campos de gozo.
Su boca está cerrada
junto a las grandes aguas.

Y dicen los varones:
«Elogios impacientes la maduran:
cuando se llame Viento
nos tocará su mano
repleta de castigos.»

Y las mujeres dicen:
«Nadie quebró su risa:
maneras de rayar le enseñaron los días.»

La niña entre alabanzas amanece:
cantado es su verdor,
increíble su muerte.



lunes, 27 de febrero de 2012

LA TOURNEE DE DIOS (FRAGMENTO DEL LIBRO DE ENRIQUE JARDIEL PONCELLA)



Las juventudes actuales no tienen fe ni creen.
Y uno cree... y no tiene fe.
A uno le falta la fe, sí.
Pero quizá para creer no sea la fe absolutamente necesaria.
Tener fe es masticar sin dientes.
¿Y quién ha dicho que sean imprescindibles los dientes para
masticar?
¿Acaso no existen máquinas masticadoras?
Se puede no tener fe y, sin embargo, creer.
Se puede no tener fe y, no obstante, llevar dentro,
arraigado, letal, innato e inconmovible el sentido
de lo religioso.
Sentirse a veces triste o desvalido, o melancólico, significa
religiosidad.
Reír sin ganas es religiosidad.
Disculpar la estupidez ajena; soportar el contacto de
personas insoportables, alzarse de hombros ante lo
indignante, es religiosidad.
Ir por carretera en automóvil, sin rueda de repuesto, y
aguantar tres pinchazos, y tirarse al suelo una y otra vez a
parchear las cámaras pinchadas, y hacer todo esto sin emitir
blasfemias, es religiosidad.
Considerar el egoísmo como una de las facultades del
alma —MEMORIA, ENTENDIMIENTO, EGOÍSMO Y
VOLUNTAD— es religiosidad.
Querer a los niños y a los perros por el solo hecho de ser
perros y ser niños es religiosidad.
Afeitarse a diario resignadamente es religiosidad.
Decir cada día diez veces: "¡Amigo mío!", mientras se da
un abrazo a un bípedo despreciable que sabemos que nos
difama es religiosidad.
Aguardar un tranvía de la Prosperidad sin protestas
ostensibles, es religiosidad.
Fumar tabaco español sin pensar en cambiar de marca, es
religiosidad.
No tener dinero, y simpatizar con el capitalismo,
eso es religiosidad también.
A veces, al dejar el lecho después de habernos entregado
con una mujer, que jura querernos, a un goce delirante,
sentimos un desconsuelo, una gana de llorar —de, llorar
hasta el hartazgo—, de llorar todo cuanto llevamos dentro
de delicado, de tierno, de puro, de noble y que cada amor
nuevo pisotea, envilece y ensucia un pozo más.
Pero reaccionamos porque la vida es reacción,
y sonreímos y silbamos un cuplet cualquiera,
y cuando aquella mujer pregunta:
—¿Estás contento?
Respondemos:
—¡Figúrate!
Eso también es religiosidad.

GUITARRA NEGRA (HOMENAJE A LA POESÍA DE LUIS)



VOZ DE DIOS


Oigo su gemido de papiro
de suceso que dice
de inabarcable reposo,
de pensamiento.
Y le oigo desde aquí,
desde donde sólo soy su desierto.
Oigole desde el desierto se su alma,
desde la soledad del silencio
y desde las voces de la mía.
Es una flor transparente
murmurada por sus pétalos
y vociferada por su tallo.

Sencilla es su mirada que retorna.
Todos sus colores son la luz que se ahuyenta
y su forma que se corroe.
Más óigole decir innumerables veces:
“Yo soy de otro reino
venid a mí
venid a mí”.

13

III

La orquídea ha muerto
con su mano desierta e inquieta
que la ha estrangulado.
Un músico dormido
inclina su fatigada cabeza
pereciendo entre la neblina del teatro.
¡Este cuadro me asombra más que mi espejo
cuando oigo el roer de los monstruos que viran a mi cráneo!.

14

IV

Los puentes de mi conciencia
están desplegados de sus extremos
y flotan en el aire tibio
como cosas dispersas.
Unas tremendas manos vacías
sobresaltan mi soledad
haciéndola aún más inexistentes
pronunciando a tientas
las sucesivas muertes de mi alma,
mi alma de jarrón.
Hoy veo sólo la espuma
Sobre la que retozan
Los enternecidos desechos de mi esqueleto.

15

V

Pido disculpas a los días de Pascua
por haberme roto la boca
con el humo de la adormidera.
Pido disculpas
a la gloriosa peluca
por haberla pisado
con mi aplanadora de estiércol.
Pido disculpas
A la muerte
por haberme reído
mientras transcurría.
Pido disculpas
al enano
por haberle vomitado un calibre.
Pido disculpas
al blanco asiento
por haberle escrito
mi nombre con sangre.
Pido disculpas al ratero
por haberle robado
la joya robada
y haberla arrojado a su cráneo.
Pido disculpas
por haberme borrado
de la foto a pinchar.
Pero no pido disculpas
por la alegría que tuve
sin saber por qué.

16

VI

Ignoro quién era ayer yo mismo.
Quién se atrevió a venir en mí.
Pero sé quién soy ahora.
Y soy un corazón
una boca
y un espíritu.

17

VII

Voy a escribir un cántico
en el que la luz se funda
en el que el desierto llore
y los cielos se ondulen.
Voy a pronunciar la palabra.
Escribiré la carta para mis amigos
el grito para mis sombras
la primera caída y la última.
Encontraré tu corazón del otro lado
en el punto donde todo se junte
pues recogeré tu poema
y descansaré tu cuerpo.
Voy a buscar a la muerte para nacerla.
Alejaré de mi propia vaguedad el vórtice.
Voy a cantar a la luna rosa.
Haré un verso,
prometeré mi calma.

18

VIII

Disculpadme
trastos y martillos
por apretaros
y conmocionaros.
Esperadme sílabas
que de tanto pronunciar
os borro.
Ved en mí al sin igual terco
resucitando su diferencial demonio.
Y al patinador,
cómico deudo,
esqueleto incierto
de un cuerpo sin brillo.

Autor: Luis Alberto Spinetta

CONFESIONES DE ESCRITORES (PRIMERA PARTE)


Conozco a mucha gente que todo el tiempo se queja: Oh, me gustaría escribir mi novela, pero tengo que vender la casa y después están los impuestos…¿que voy a hacer?. Razones como “Trabajo en la oficina todo el día, ¿Cómo pretenden que escriba?” Yo trabajaba todo el día en la UNESCO  y después al volver a casa escribía Rayuela. Cuando uno quiere escribir, escribe. Si uno está condenado a escribir, escribe.
Julio Cortazar 


El escritor no necesita independencia económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Nunca supe de ninguna buena obra literaria que haya existido como consecuencia de haber aceptado dinero gratis. El buen escritor no se presenta nunca a becas o Fundaciones. Está demasiado preocupado escribiendo algo.
Wlillian Faulkner 


Una de las cosas mas difíciles es el primer párrafo. Me he pasado muchos meses en el primer párrafo, y una vez que lo tengo, el resto me sale muy fácilmente. En el primer párrafo uno resuelve casi todos los problemas del libro. Al menos en mi caso, el primer párrafo es una especie de muestra de lo que será el resto del libro. Por eso escribir un libro de relatos es mucho mas difícil que escribir una novela. Cada vez que uno escribe un relato, hay que empezar todo de nuevo.
Gabriel García Marquez 


La apreciación del arte es una erección moral; de otro modo, es mero diletantismo.
Jean Cocteau 


No puedo soportar mas todo ese dijo él/dijo ella. Y si no logro que los lectores sepan quien habla por el tono de voz, por las expresiones, bien, entonces he fallado. Y no puedo hacer nada al respecto.
Nadime Gordimer 

6 DE MARZO DE 1982 - RECITAL DESPEDIDA DE SERÚ GIRÁN

Quienes tuvimos la suerte de hacer una larga fila para entrar al Estadio Obras aquél sábado 6 de marzo de 1982, llegando entrada en mano a esperar hasta el Tiro Federal, para poder ingresar, nunca imaginamos que se trataba del recital despedida de una de las mejores bandas del rock argentino. Serú nos convocó con la excusa de los carnavales - siempre en aquella época se realizaban los recitales de Carnaval en Obras donde actuban todos los sábados alternadamente Riff, León Gieco, Serú, Nito Mestre, Pastoral, Spinetta, Porchetto, entre otros. Entre Febrero y Marzo se podían apreciar a las mejores bandas, por eso nadie esperaba el final abrupto. En verdad ya unos meses antes se corría la noticia de que a Pedrito Aznar se lo querían llevar a tocar a Estados Unidos, y se hablaba de reemplazarlo en Serú, por dos músicos mas, pero antes de ver transformar al grupo en otra cosa, Charly, Lebón, y Moro decidieron separar a la banda y así cerrar un ciclo para todos.
Recuerdo claramente una particularidad de Serú Girán en los recitales en vivo: Cuando ellos tocaban las canciones de los discos, a diferencia del resto de las bandas, sonaban tal cual como en el disco. Sus presentaciones tenían ese grado de perfección.
Salud Serú por aquellos tiempos de mostrarnos la mejor música. Para muestra, un video mas abajo te permitirá disfrutar a vos también.

jueves, 9 de febrero de 2012

CANCIONES QUE SON POESÍA de LUIS ALBERTO SPINETTA


QUEDÁNDOTE O YÉNDOTE

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver
a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida
y deberás amar
amar
amar
hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas
de tu alma
De tí saldrá la luz
tan sólo así serás feliz
y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas
de tu alma
Este agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por tí
por mí
y esto será siempre así
quedándote o yéndote.




No habrá un destino incierto


Extiende tus alas,
y encara hacia el mar...
solo el cielo,
te acompañará...
y es que no habrá un destino incierto...
ni habrá distancia que,
pueda alejarme de ti...

Abre tus ojos,
que el mundo está aquí,
para dar...

Solo tus manos te podrán contar...
y es que no habrá un camino adverso...
ni habrá distancia que,
pueda alejarme de ti...

Hay brillo en tus ojos hoy,
oh reina de mi querer...
tuyo es ese cielo amor,
tuyo amor,
tuyo el cielo...

Ecos de la tierra,
y de un valle feliz,
para amar...

Pronto este arribo,
se hará realidad...
y es que no habrá un destino incierto,
ni habrá distancia que,
pueda alejarme de ti...
y es que no habrá un destino incierto...
ni habrá distancia que,
pueda alejarme de ti...

 

domingo, 29 de enero de 2012

OSVALDO SORIANO - A 15 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO, NUESTRO HOMENAJE AL GENIO.




Aquel peronismo de juguete


Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una mu­ñeca para las chicas. Para mi padre eso era una ver­güenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía "Perón cumple, Evita dignifica", era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.
Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda.
En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdi­das y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes.
Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas em­boscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar.
El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años.
Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajó. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente.
Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel "sobrestante" que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso.
Después del almuerzo pelaba una manzana, mien­tras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: "¡No me voy a morir sin verlo caer!". Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de setiembre de 1955, pero Perón se iba a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno.
En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: "Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo". Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico.
El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. "En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños", decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico?
Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban "tirano prófugo" al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso.
Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban "Viva Perón, carajo". Entonces cargaron los cosacos y recibí mi prime­ra paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora.
No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa.

                          PETROLEO

Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. El va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia.
Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empe­ñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua.
La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solita­rios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido.
Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.
La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje.
Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tene­mos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender.
Aquel mediodía mi viejo se aleja rengueando para orinar entre los arbustos y se queda un rato escondido para que no vea su rodilla lastimada. Levanto a Marlene Dietrich que ha dejado un surco en la arena y vuelvo la mirada hacia la torre y el péndulo. Parece un fantasma de luto recortado en la lejanía. Y el charco de petróleo que ensucia las bardas, tan ajeno al mar donde ahora juega mi hijo. Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de cami­nos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inven­tando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia.
Mi padre lleva unos pocos billetes chicos en el bolsillo. Justo para la pensión y la nafta de la vuelta. Nunca ganó un peso sin trabajar. No sé si está conforme con su vida. Igual, no puede hacerla de nuevo. Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos. Caminó siempre por los peldaños de una escalera acostada. Tarzán en monopatín, Barman esperando el colectivo, San Martín soñando con las chicas de Divito. Y sin embargo, cuando fuma en silencio, parece a punto de encontrar la solución. Como aquella noche en un sucio cuarto de alquiler donde saca la regla de cálculos y diseña un oleoducto inútil, con jardines y caminos de los que ningún motociclista podría caerse. Pero de eso no queda nada: el dibujo se le extravió en otro porrazo y las torres ya son de otros más rápidos que él.
Discutimos en la pensión porque yo ignoraba las matemáticas y la química y volvimos en silencio, muy lejos uno del otro. Lo dejé ir adelante y todavía veo su camisa sudada flotando en la ventolera. Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía diecinueve años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía estoy ahí, demorado con mi padre en medio del camino. Imagino historias porque me gusta estar solo con un cigarrillo y estoy cerca de la edad que tenía mi padre cuando se tumbaba de la moto. Fueron muchas las caídas y no siempre lo levanté. Me gustaría saber qué opinión tendría de mí, que he perdido su petróleo. Quisiera que echara una ojeada a estas líneas y a otras. Que me regalara un juguete y me contara cuántas veces estuvo enamorado; que me explicara qué carajo hacíamos los dos en un camino de Neuquén rumbo a las torres de YPF, mientras en el transistor se apagaba la voz de Julio Sosa cubierta por los acordes de otra marcha militar.