sábado, 26 de mayo de 2012

FRAGMENTOS DE PÁJARO DE CELDA por KURT VONNEGUT


 
Una vez intenté escribir un relato en el que mi padre y yo nos reuníamos en el cielo. De hecho, una primera versión de este libro empezaba así. Yo tenía la esperanza de llegar a ser en el relato un buen amigo suyo. Pero el relato se complicaba perversamente, como suele pasar con los relatos cuando tratan de individuos reales a quienes hemos conocido. Al parecer, en el cielo la gente podía tener la edad que quisiera, siempre que hubiera vivido tal edad en la tierra. Así, por ejemplo, John D. Rockefeller, el fundador de la Standard Oil, podía tener cualquier edad hasta los noventa años. King Tut, cualquiera hasta los veintinueve, y así sucesivamente. Me desilusionó, como autor del relato, el que mi padre decidiese tener sólo nueve años en el cielo.
Yo, por mi parte, había decidido tener cuarenta y cuatro: respetable, pero también muy atractivo aún. Mi desilusión con mi padre se convirtió en vergüenza y rabia. Era igual que un lémur, como lo son los niños a los nueve años, todo ojos y manos. Tenía una reserva inagotable de lápices y cuadernos y andaba siempre siguiéndome los pasos, dibujándolo todo e insistiendo en que admirase los dibujos que acababa de hacer. Los recién conocidos me preguntaban a veces quién era aquel chiquillo tan raro, y yo tenía que decir la verdad porque en el cielo no se podía mentir: «Es mi padre.»
Los abusones disfrutaban haciéndole sufrir, porque no era como los otros niños. No se entretenía con las conversaciones de los niños ni con los juegos de los niños. Así que le perseguían y le agarraban y le quitaban los pantalones y los calzoncillos y los tiraban por la boca del infierno. La boca del infierno era como una especie de pozo de los deseos sin cubo ni polea. Podías asomarte y oír los alaridos desmayados de Hitler y Nerón y Salomé y Judas y gente así, allá, a lo lejos, abajo, muy abajo. Yo me imaginaba a Hitler, que sufría ya el máximo calvario, encontrándose periódicamente la cabeza cubierta con los calzoncillos de mi padre.
Y siempre que le robaban sus prendas, mi padre acudía corriendo a mí, rojo de rabia. Y yo a lo mejor estaba con alguien a quien acababa de conocer y a quien estaba impresionando con mi urbanidad... y aparecía mi padre, dando alaridos y con el pajarito ondeando al viento.
Me quejé a mi madre del asunto, pero me dijo que no sabía nada de él ni sobre él, pues sólo tenía dieciséis años. Así que no me quedaba más remedio que aguantarle, y lo único que podía hacer era gritarle de vez en cuando: «¡Por el amor de Dios, papá, por qué demonios no quieres crecer!»

En fin, el relato insistía tanto en ser desagradable, que dejé de escribirlo.
                                        ...
Entre los cansinos huelguistas, tan amargados y marginados como los demás, al parecer, había espías y agentes provocadores contratados y muy bien pagados, en secreto, por la Agencia de Detectives Pinkerton. Esa agencia aún existe y prospera, y es ahora una subsidiaria propiedad absoluta de la RAMJAC Corporation.
Daniel McCone tenía dos hijos, Alexander Hamilton McCone, que contaba por entonces veintidós años, y John, de veinticinco. Alexander se había graduado honrosamente en Harvard el mayo anterior. Era dulce, tímido, tartamudo. John, el hijo mayor y el aparente heredero de la empresa, había abandonado sus estudios en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en el primer curso, y había pasado a ser desde entonces el ayudante de más confianza de su padre.
Todos los trabajadores, huelguistas y no huelguistas, odiaban al padre y a su hijo John, pero reconocían que éstos sabían más en cuanto a moldear hierro y acero que ninguna otra persona del mundo. En cuanto al joven Alexander: les parecía afeminado y estúpido y demasiado cobarde hasta para acercarse a los hornos y las fraguas y los martillos, donde se hacía el trabajo más peligroso. Los obreros a veces le decían adiós con el pañuelo, para proclamar su futilidad como hombre.
Cuando Walter F. Starbuck, en cuya mente está esta leyenda, preguntó años más tarde a Alexander por qué se le había ocurrido ir a trabajar a un lugar tan inhóspito después  de Harvard, teniendo además en cuenta que su padre no había insistido en ello, tartamudeó una respuesta que, una vez descifrada, decía así: «Yo creía entonces que un rico debía tener alguna idea del sitio del que salía su riqueza. Fue un detalle muy juvenil por mi parte. Las grandes riquezas deben aceptarse sin ponerse en entredicho o rechazarse de plano.»
En cuanto a los tartamudeos de Alexander antes de la Matanza de Cuyahoga eran poco más que notas de adorno que expresaban su excesiva modestia. Nunca se quedaba mudo más de tres segundos, con todos sus pensamientos aprisionados dentro.
Y, en cualquier caso, no habría podido hablar mucho en presencia de un padre y un hermano tan dinámicos. Aun así, su silencio era para ocultar un secreto que cada día le daba más satisfacciones: empezaba a entender el negocio tan bien como ellos; antes de que ellos anunciasen una decisión, él casi siempre sabía cuál sería y cuál debería ser... y por qué. Nadie más lo sabía aún, pero, qué demonios, él también era industrial e ingeniero.
                                           ***
Cuando llegó la huelga de octubre, se le ocurrieron muchas posibles soluciones, aunque no hubiese pasado por una huelga nunca. Harvard quedaba a un millón de kilómetros de distancia. Nada de lo que allí había aprendido pondría en marcha la fábrica de nuevo. Pero lo haría la Agencia de Detectives Pinkerton, y lo haría la policía... y quizás la Guardia Nacional. Antes de que su padre y su hermano lo dijeran, Alexander sabía que había muchos hombres en otras partes del país lo bastante desesperados como para aceptar un trabajo casi a cualquier precio. Cuando su padre y su hermano lo dijeron, Alexander aprendió algo más sobre los negocios: había empresas, que se fingían con frecuencia sindicatos, cuyo único negocio era reclutar a tales hombres.
A finales de noviembre, las chimeneas de la fábrica eructaban humo de nuevo. A los huelguistas ya no les quedaba  dinero para el alquiler ni para la comida y el combustible. Todo gran empresario de trescientas millas a la redonda había recibido sus nombres, así que sabía lo alborotadores que habían sido. Su dirigente nominal, Colin Jarvis, estaba en la cárcel, esperando juicio por una acusación de asesinato amañada.

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