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sábado, 15 de diciembre de 2012

NI HÉROES NI SEMIDIOSES Por Fer Díaz



Salió de su casa dejando la puerta entreabierta. Después de leer esas palabras, casi necesarias de tan inevitables, casi aburridas de tan previsibles, pero tan dolorosas de tan poco deseadas, se sintió encerrada. Necesitaba huir, correr, desandar los caminos transitados durante los últimos meses. Camino como sonámbula hacia la avenida, pensando en si existiría una cura para ese sentimiento de impotencia que le embargaba el cuerpo entero. Le dolía el estomago y sentía que el corazón se salía de ella con cada paso que daba.
Las hojas caídas de los árboles se arremolinaban a su alrededor al llegar a la plaza. Se sentó en un banco al azar, a recordar el pasado y a llorar por el tan incierto futuro que la esperaba y que no tenía ganas de afrontar.
Mirando el vacío, se le vino a la cabeza una tarde de unos meses atrás. Al abrir la ventana que daba a la calle, encontró el ramo de flores azules y la tarjeta que decía en letras impecables que moría por conocerla. La firmaba aquel caballero cuyo nombre ahora, de solo pensarlo, le inundaba los ojos de lágrimas dejándola ciega y dolida durante minutos interminables. Los minutos acaso se transformarían en días, semanas, meses, años. En realidad ignoraba en que escala se sucedía el tiempo desde que leyó aquella carta. Necesaria. Inevitable. Aburrida. Previsible. Dolorosa. Cobarde.
Al doblar la esquina una silla roja reinaba en la ochava como una aparición fantasmal. Se acerco despacio como quien desconfía, no de la situación, sino de las posibles consecuencias que puedan tener sus actos. La calle estaba desierta y la noche ya se había cerrado a su alrededor. Al sentarse se sintió protegida, como si un buen amigo la abrazara. Al abrir los ojos se encontró en los brazos de un desconocido que le palmeaba el hombro con un gesto paternal. “Ya, querida. No me llore. Estamos llegando tarde”, le dijo el hombre tomándola de la mano.

“Lo realmente estupendo de Buenos Aires es que no solo es una ciudad hermosa por fuera, también lo es, a su manera, por dentro”, le dijo abriendo una puerta casi escondida con la llave colgaba de la cinta que llevaba en el cuello.

Se encontró frente a una mujer rubia, excedida de kilos y de años, con una baraja de cartas en sus manos. La miro a los ojos y le dijo que el origen de todo mal y toda tragedia estaba en un ramo de flores azules que nunca debió aceptar. Le hablo sobre los orígenes de todos los males del universo, de los objetos que absorben y condensan la maldad humana, de las malas intenciones que impregnan a ciertos corazones egoístas.

Un portero que usaba una máscara con la cabeza de un tigre le abrió la puerta y salió de nuevo al frío. En el aire flotaba el fresco incipiente de las primeras madrugadas del otoño o tal vez de las últimas noches de la primavera. De todos modos ya no sabía bien donde estaba, mucho menos en que estación del año. Las hojas muertas en el suelo, decían otoño. El perfume de los primeros jazmines en el aire, decía que tal vez primavera o verano.

Se sentó en uno de los bancos de la avenida que están llegando a alguna de las estaciones del subte para tratar de poner sus pensamientos en orden. Pero ya no podía pensar. No reconocía el camino a casa y tampoco las manos temblorosas del viejo que tocaba la guitarra frente a ella. “Son los que salen cada noche por la ciudad a buscar el amor... pero siempre vuelven solos”, le dijo el viejo. Levanto la cabeza y siguió con la vista la dirección que el anciano le señalaba con el movimiento de la cabeza. Y entonces lo vio. El autor de las palabras necesarias, inevitables, aburridas...

La más hermosa de las melodías se ejecutaba tierna y ferozmente en su cabeza una y otra y otra vez.

Lo siguió con la mirada y lo vio entrar en una de las seis puertas iguales que se veían en la cuadra siguiente. Trato de seguirlo, pero al encontrarse frente a las entradas equivalentes, fue incapaz de reconocer en cuál había entrado. Eligio una al azar. Una vez dentro se encontró en realidad afuera. El carnaval del barrio avanzaba a contramano por su cuadra. Las máscaras y las cintas de colores la marearon hasta embriagarla. Se sentó en el cordón de la vereda, sudando y sintiendo que no había dormido en un mes. Pronto el mar de piernas disfrazadas se disipo y la música se alejaba cada vez más en dirección de la avenida. Vio con claridad en la vereda de enfrente, la luz encendida de su casa que se colaba por la puerta entreabierta.

Al entrar sintió como si nunca se hubiera ido. La carta ya no estaba sobre la mesa y las flores azules se habían ido, tal vez para no regresar nunca. Por más que trató, ya no lograba recordar el nombre de aquel.

Se sentó frente a la PC y escribió:

No existen héroes ni semidioses.

Tan solo hombres.

Él Solo sabe que cada vez que la encuentre,

la perderá un poco más.
 

Sentada frente a la computadora sintió de nuevo el abrazo fraternal del desconocido de la silla roja. No sintió miedo. “Lo milagroso de Buenos Aires, es que hay un bar clandestino detrás de cada puerta ignorada”, le dijo al oído.

miércoles, 29 de agosto de 2012

NO TE PREOCUPES ¿PALOMA? Por FER

En esa época ella era una paloma y vivía dentro de un número. Vivía dentro del número cinco, más específicamente. Siendo un ave, Buenos Aires no ofrecía demasiadas ofertas laborales, así que no podía darse el lujo de pagar el alquiler de un número con unidad y decena. Ni que hablar de esos lugares enormes y lujosos que eran los números con unidad, decena y centena. Solamente los había visto en las revistas.

Trabajaba (de paloma, claro) en alguna de las plazas de la ciudad. Estuvo mucho tiempo rotando de plaza, hasta que por fin la dejaron fija en plaza de mayo. Era muy feliz trabajando allí. Le gustaban los atardeceres en la ciudad, y la gente que iba y venía todo el tiempo.

Había una sola cosa que lograba disgustarla del todo. Odiaba esa época del año en que aparecían las golondrinas. Lo único que esas malvadas criticonas sabían hacer era arruinarle las tardes de verano.

Las palomas y las golondrinas tenían una animadversión mutua desde hace años y años. Las palomas les recriminaban a las golondrinas la falta de libertad y las golondrinas las acusaban a su vez de ser poco organizadas y poco solidarias entre ellas. Las palomas siempre desconfiaron de las golondrinas por estar sindicalizadas y las acusaban de cooperativistas. Se consideraban a sí mismas más inteligentes e independientes, y capaces de cuidarse a sí mismas sin molestar a las demás.

Por las noches, ella volvía a su cinco. No era muy elegante, pero le encantaba su pequeño número. Dentro del seis vivía un mago que era su mejor amigo. Bah, en realidad no era un mago, sino un conejo. Había sido conejo de mago durante muchos años y las presiones de la carrera terminaron por crearle un conflicto de personalidad que se fue agravando con el tiempo. Se volvió loco del todo el día en que, en medio de su delirio, quiso ser él quien saque al mago de la galera y lo despidieron.

Cuando llovía, el conejo se venía a dormir con ella en el cinco porque le temía a los truenos y al viento que golpeaba las ventanas del número seis. Era una de esas noches de lluvia, cuando la paloma le confeso a su amigo conejo el secreto que había escuchado, un poco sin querer y un poco a propósito, esa misma tarde.

No era ingenua. Sabía que desde hace tiempo estaban pasando cosas extrañas. Conocía el aire de la ciudad más que a sus propias plumas y sentía el clima enrarecido de los últimos tiempos.

Se lo contó todo al conejo. Unos señores de uniforme, estaban teniendo unas reuniones secretas en las que estaban planeando asesinar al presidente. Ella lo conocía y le parecía un hombre bueno y carismático. Le caía muy bien (sobre todo cuando sonreía). Estuvo cerca de él durante largos años y vio muchas veces la plaza llena hasta el tope cuando ese señor se asomaba al balcón.

Estaba muerta de miedo y no sabía que hacer. El conejo, pese a haber perdido la razón hace años, le daba siempre los mejores consejos. Le advirtió que para estas cosas no hay trucos de magia, y que tendría que ser valiente. Juntos decidieron que lo mejor era tratar de advertir al general de la sonrisa, lo que estaban planeando en su contra.

A la mañana siguiente y haciendo gala de toda su destreza en el arte de volar, se coló en el despacho de aquel a quien debía advertir. Pero todo el esfuerzo fue inútil. El general había cambiado la sonrisa por una mueca de preocupación. Ya no hablaba alzando la voz como cantando, ni gesticulaba con las manos. La paloma entendió que había cosas que estaban cambiando para siempre. El general ordeno que la sacaran del despacho y se encontró de nuevo en el aire frío de junio. Se dio cuenta de que el clima enrarecido se había instalado en la ciudad para quedarse por tiempo indeterminado.

Las golondrinas podían acusarla de lo que fuera, pero había cosas que ella tenía muy claras. Estaba absolutamente convencida de que era injusto que alguien sea víctima de la violencia solo por el trabajo que realiza. Es como si quisieran matarla a ella solo por ser paloma.

Entonces pensó en una sola cosa. Tenía que salvar lo único que ella capaz de defender en ese momento. Se odio a sí misma por no disponer de más recursos para advertir al general de la sonrisa, pero sentía el deber de salvar por lo menos a sus compañeras.

Al la mañana siguiente, la plaza amaneció desierta de palomas y con el cielo gris. El bombardeo de la aviación naval cayó sobre la plaza hiriendo y asesinando inocentes; y ella lo escucho todo desde el número cinco. Lloro en silencio por lo que no pudo evitar, pero se alegro en su interior de haber podido salvar a las demás. Pensó en que tal vez las golondrinas tenían razón, después de todo.

De la suerte que corrió la paloma después de ese junio, hay más de una versión. Algunos dicen que el general de la sonrisa se la llevo con él cuando dejo el país. Otros dicen que por el tremendo acto heroico de salvar a todas las palomas de plaza de mayo, se transformó en humana y ahora es enfermera en un hospital para poder ayudar a las personas.

Pero hay quienes juran que no se transformo en humana. Cuentan, con una media sonrisa entre labios, que en realidad solo muto de animal y ahora es pingüina. Dicen, también, que sigue trabajando por la misma zona.