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sábado, 15 de diciembre de 2012

ESTRATEGIA OFENSIVA (DEJARSE GANAR)



"Días de gloria, perdidos en el guiño de una chica."

Bruce Springsteen 


“El objetivo es claro y conciso. El tema es plantear un método adecuado para que la táctica sea eficiente.”
Llegué temprano al club porque mi cabeza era una licuadora y porque debido al calor, hacía tres horas que no tenía luz. Motivo más que suficiente para despegar de casa.
Me senté donde siempre, a la espera del resto de los jugadores.
“Hoy tenemos que ganar, no puede ser que la derrota sea la costumbre de cada sábado. Tenés que pensar: Jugar al fútbol con amigos es igual a lo que te está pasando con ella. Cada encuentro es una derrota asegurada. Modificar esta situación requiere de una planificación previa, que de tantas vueltas que doy se vuelve irrealizable. Lo peor de todo es que cuando termina la jornada te ponés a pensar inmediatamente en la revancha”.
El tema, y el posterior análisis es recurrente, pero… ¡Que pretenden para un sábado a la tarde! Estiré las piernas, y me aboqué a la reflexión metafísica del dilema existencial.
“Hay que enfrentar al enemigo con el único fin de tener éxito en la batalla. En este caso, la situación análoga lleva a configurar al otro como un “ella” y también como a un “equipo contrario”.
Hasta ahí la cosa viene siendo clara. El tiempo, cuando uno no sabe en qué aprovecharlo, lo invierte sin intereses a la meticulosa reflexión de comparar un simple juego, pasión de multitudes, con su momentáneo estado sentimental.
“La misión está establecida por la llevada a cabo y posterior triunfo de la misma. Es decir: la conquista amorosa o los heroicos laureles de la victoria deportiva. El lapso espacio temporal es sistemático y depende fundamentalmente de la acción u omisión, de las acciones llevadas a cabo dentro del campo de la estrategia. Para esto se requiere una profunda proyección anticipada del plan de juego”.
Los pensamientos fluían con soltura, pero hasta el momento no había nada que me hiciera, o hiciese, alcanzar una afirmación valedera. Sólo sabía que estaba en el bar del club, esperando al resto de los muchachos, tratando de cubrir con desapego el dimensional bache del hastío. 
“Antes de pensar en el otro, pensemos en uno mismo. Enumeremos los recursos y posibilidades con los que contamos para alcanzar las metas propuestas. Bueno, no son muchas. Más bien diría que escasas, por lo que es requisito fundamental el uso eficiente de las potencialidades no renovables. A saber: soltura, distensión, buena dialéctica, comprensión de la jugada y sobre todo confianza y optimismo.
Como siempre decís: Juguemos desde la alegría. No bajemos los brazos. Muchas veces esa inseguridad que nos amenaza y que indudablemente se convierte en lo más difícil de combatir, es una verdad que nace de nosotros mismos. Una certeza infundada en lo artificial de un pensamiento atormentador, que acaba anulando cualquier camino hacia la clara comprensión. Lograr bloquearlo, se transforma en la principal arma de nuestra existencia, por más paupérrima y mediocre que esta sea y ese es el toque en profundidad para quedar mano a mano con un arquero sin suerte.
Buenas armas como para empezar a hablar. Ahora sí, pongamos atención en el otro. En “ella” fundamentalmente y en el juego de variables que habría que ir anulando para comenzar a transitar un camino menos contingente. Principalmente sería lograr su conquista al menor costo material posible. Dentro de lo cual entran lo humano y lo sentimental. Por que no es cuestión de meter todas las fichas a pleno, salir como desbocado desde el punto de partida y caer sobre el doloroso asfalto del rechazo inmediato e inminente. La idea de: “no te preocupes, si el NO ya lo tenés”, no entra dentro de las variables. Eso es como entrar perdiendo uno a cero. La idea, en este caso, es avanzar, mantener la posesión de la pelota, hacer jugar al otro dentro de las posibilidades que nosotros le ofrecemos, proteger la parcialidad del evento. Dejar jugar, recuperar tenencia y llegado el momento oportuno atacar y meter el gol.
¡Ojo! que frente al equipo adversario pasaría más o menos lo mismo. No sería conveniente “dejar la vida” en la primera pelota dividida del encuentro, si eso nos cuesta la implicancia de salir con una pierna al hombro a los cinco minutos de juego.
Es recomendable administrar los recursos, para que el campo de posibilidades no se agote frente a la primera acción de ataque. Primero muevo la pelota, la hago circular por todo el campo, veo como se posiciona el rival, la calidad de sus jugadores, me aseguro de su táctica y de su estrategia. De ahí en más nada de lo que haga se encuadra dentro del orden de lo fortuito, casual o aleatorio. La intención, el propósito y la finalidad están en cada movimiento y en cada palabra, como marcas indelebles de un accionar premeditado y alevoso. Más o menos de este modo, se va dibujando un mapa estratégico mental, no del todo seguro ya que siempre podemos recurrir a ideas que estén fuera del patrón habitual de pensamiento racional. Esto implicaría la no limitación de posibles ideas para alcanzar el objetivo deseado. Es decir: dar por tierra con tanto pensamiento previsor y volcarse a las alas del destino. Con esto, la rigidez en el análisis se desvanece y la creatividad y la innovación pasan a formar parte de un sistema improvisado de posibles enfoques descabellados. Como el de muchos equipos profesionales de primera división, que hace años juegan con sistemas similares. Pero evaluando el resultado de estos últimos, no veo que sea del todo conveniente ponerlo en práctica en cuanto a ella”.
Seguía sólo en el bar del club, pero ya me veía encaminado a una conclusión favorable. Después de todo, el resto de la tarde la pasaría jugando al fútbol con amigos. ¿Qué importan las conclusiones acertadas, dentro de una coyuntura determinada por lo lúdico y azaroso?.
Pegada a esta incógnita reflexioné que hasta el desenlace más terrible, imposible e inimaginable comienza siempre con una pregunta.
“Nuestra postura es clara: nos paramos de forma ofensiva frente al rival. Frente a ella también: entre tanto centro al área y tanta gente en el ataque las posibilidades de marcar un tanto se hacen inminentes. En estos casos, y de forma controversial, se tienen todas las de ganar. Haciendo un repaso rápido, la táctica estuvo bien planteada y la estrategia siempre resultó favorable. Además hay una ventaja y creo que es la más importante del plan”.
Los equipos ya estaban dentro del campo, pero no podía aflojar ahora con semajente cavilación. Con tremenda epifanía amorosa.
“En todo momento se dejó ver el modo de mi juego, se practicaron las jugadas preparadas con público y periodistas, prácticamente, y con conocimiento de causa, anuncié la formación con anterioridad, se desnudó cada principio y cada elemento que se tenía como arma de ataque. Ella sabe que nos vamos a posicionar prácticamente con una combinación de 1-1-1-8, en la que el arquero es el primero de la secuencia. Y ahí es donde cobra vida mi plan. Genio táctico, heredero de la planificación, descendiente directo de la efectividad en la competencia. Dejaste tan descuidado el fondo que ella solita, tal vez con un par de delanteros, casi sin quererlo, de contragolpe te enchufa el gol de su victoria. Resultado: ambos ganan.”
Me sentía un genio. Me ajusté los botines y salí a la cancha. Ese sábado a la tarde fue un empate más insulso que un sándwich de lechuga, pero el partido con ella, todavía está por jugarse.


 

jueves, 26 de julio de 2012

LA PREGUNTA DIARIA - Por Nicolai Kudrasov



Sí, dije sin pensarlo demasiado. La situación no daba para andar desaprovechando oportunidades. Además no me habían dado la posibilidad de elegir. Me atajaron en la puerta y sin mediar con mi opinión, me engrilletaron al tobillo.

Desde ese día me sucede algo curioso y a la vez aterrador. Cada mañana, cuando me defino entre el sueño y la realidad, me pregunto qué día es. Es inmediato, instantáneo. En cuanto siento que comienzo a alcanzar la superficie de la vigilia, me viene la pregunta con la velocidad de un rayo.

“¿Qué día es hoy?”

Al abrir los ojos la pregunta ya tiene una respuesta, que por lo general me frustra y decepciona. Nunca es ese día que estoy esperando. Siempre es un día más. Digo más y no menos, porque cada uno de ellos se va acumulando como los granos de un reloj de arena desde aquel día en que dije sí.

No era tan tremendo al comienzo. Dentro del marco histórico en que se desarrollaba mi vida, la propuesta no iba a tardar mucho en llegar. Pero quizás ese fue el problema principal. No fue una propuesta. Fue algo determinante. Para antes de que yo llegara, alguien había dado el sí por mi. La afirmación, hoy creo que de forma involuntaria, fue un mero hecho burocrático. Negarme hubiese significado el destierro.

Continué, de cierto modo con mi vida, pero regalando la mitad de ella. ¿Por cuánto? Por no saber decir que no y por no seguir los sueños de la juventud.

Y ese día, que de alguna forma estoy siempre esperando, nunca llega. Es otro el día en que me levanto de la cama y como un autómata comienzo a realizar las tareas asignadas. Un día tras otro. Todos iguales. Son otros días que no pertenecen a mi vida verdadera. Soy lo que me hacen hacer, por un tiempo determinado hasta que ya no les soy útil y deciden otorgarme el permiso de volver a acostarme y dormir. Hasta la mañana siguiente.

Me pregunto por el día en que estoy viviendo, para poder tener algún rasgo distintivo entre uno y otro. Nombrarlos me ayuda a diferenciarlos. Saber que yo soy, existo, y no pertenezco a la imaginación dañina de alguien más. Muchas veces me siento así. Estoy purgando una condena por algún mal que otro cometió en un tiempo y espacio diferente. No quiero, me niego a creer que esta es mi realidad.

Posiblemente esa respuesta, tan inconsciente dentro del estado en que se confecciona, sea el motivo por el cual no decido terminar con todo. Mientras haya respuesta, tengo la esperanza que ese día que espero llegue.

Lo peor es que fue todo por nada. Asesiné, con aquel sí, a un futuro que si bien nada prometía, por lo menos tenía el beneficio de la incertidumbre. Ahora son todas certezas. Tristes certezas. Está todo escrito, cronometrado como un plan sistemático, que concluye con un presagiado final. Me consuela saber, a diferencia de las personas que me rodean, que sólo estoy viviendo un fugas pestañeo de luz entre dos oscuridades infinitas.

Lo que más lamento, es que todo fue por un puñado de monedas. Tres monedas falsas que auguraban un prospero porvenir. Hoy las monedas son más y siguen aumentando, pero el porvenir nunca llega. Ese día, nunca llega. No hay dinero que pueda comprar la libertad que añoro. Tampoco existe la cantidad suficiente para alcanzar la felicidad perdida. Que en su momento no era felicidad, pero que el tiempo y este yugo, se han encargado en transformarla en tal. Tres monedas, todo por tres monedas y un sí. Y las oportunidades comenzaron a caerse como las fichas de un dominó. Pasaban los días, los años y las fichas caídas eran cada vez más. Más cosas en el ropero, más cosas debajo de la cama. Con el tiempo los sueños se cubrieron con el polvo de lo cotidiano. Y en cada mañana comenzó a aparecer el:

“¿Qué día es hoy?”

Eso se pregunta una voz en mi interior antes de despertar. Se trata de aquel que pudo escapar del sí que me hicieron dar, que me hicieron decir. Quien formula la pregunta me ve desde algún lado, desde otra realidad. Me ve como un otro que ya no soy yo. Ve en lo que me convertí y sabe la pregunta que me hago todos los días. Trato de eliminarlo, de silenciarlo con una respuesta que se repite semana a semana. Pero él conoce el futuro, al igual que yo lo intuyo, y mis contestaciones ni siquiera lo perturban. Mientras tanto:

“¿Qué día es hoy?” Como cada mañana, antes de abrir los ojos, desde hace tantos años.

Podría haber terminado esto hace mucho tiempo, cuando comenzó a ser una carga insoportable. Pero no lo hice, esperando que el destino se tuerza radicalmente y que aquel sí de hace años, se transforme en algo anecdótico. Puedo confirmarlo: el destino no se tuerce. Ni por sí sólo, ni por nuestro esfuerzo por hacerlo. No se manejan variables infinitas dentro de las oportunidades lógicas de cada vida. Sólo son dos, y de eso depende saber decir sí, o saber decir no. Hoy que puedo dar un cierre de una vez y para siempre, definitivamente, el vaso con cicuta está vacío. Alguien fue más astuto, rápido y decidió dejar de preguntarse ¿Qué día es hoy?

Pero qué culpa tenía yo de no haber estado en el momento justo en el lugar indicado? Vinieron, propusieron, decidieron y dije que sí y la pregunta se comenzó a formular cada mañana. Como un grito de auxilio. Como una espera perpetua.

Así fue como resigné todo, por voluntad ajena y sin peros. Por una secuencia que se repite desde que dije sí, desde que pronuncio en mi interior el día en el que vivo.

Maldigo esta costumbre, maldigo a quien grita “¿Qué día es?”, maldigo el momento en que dije sí. Hoy no aguanto, no resisto más, no soporto la continuidad de los días, su parecido mimético, su simetría inconfundible. Esa pregunta todas las mañanas, sin sentido, sin modificar nada. Mi respuesta incondicional, mi sí perpetuo que me desgasta con cada minuto que pasa. Que me hace esperar que llegue ese día. Ese día, en que olvide qué día es, o que no tenga importancia saberlo. Ese día sin nombre en donde pueda retroceder hasta ese momento en donde todo comenzó, donde la pesadilla se hizo carne, para así recuperar el pasado muerto de sueños ahogados y silenciar definitivamente a la pregunta diaria de “¿Qué día es hoy?”

martes, 29 de noviembre de 2011

ENTRE SUS MANOS





Se despereza. Abre los brazos, respira profundo y continúa. Los únicos músculos que aparentan estar en un estado constante de movimiento son sus globos oculares.
Toma aire nuevamente.
No hay dudas, está vivo.
Su mirada, como una progresión minimalista, se traslada bidimensionalmente de sur a norte. Claro que esto ocurre solamente porque nos encontramos en un determinado lugar del mundo, ubicados de alguna manera en tiempo y espacio y bajo normas particulares, que impiden que la acción transcurra de otra forma. Si nos trasladásemos a otro lugar del mundo, a otra cultura; tal vez, y sólo tal vez, las acciones móviles que ejecuta este individuo cambiarían radicalmente.
Otro movimiento. Inesperadamente, levanta uno de sus brazos. Las acciones a seguir, si bien no son infinitas, ocupan un amplio espectro de posibilidades. ¿Cuánto puede significar la elevación de un brazo? Saludos, llamados de auxilio, someros pedidos de permiso. También pueden ser considerados como una causa que llevará, irremediablemente, a conseguir un efecto deseado (o no) Se puede levantar el brazo como signo de afecto y también es una forma imperante de ejercer temor hacia otro ser viviente. Las posibilidades, como se puede ver, son amplias y variadas, pero ninguna encaja dentro del marco que estoy describiendo.
Levanta, entonces, su miembro superior. Lo flexiona levemente a la altura de la articulación que divide al brazo del antebrazo (la acción se desarrolla metódicamente, casi como un autómata, la persona nunca se percata de estar realizando este movimiento. Para la vista de cualquier espectador ajeno a la conciencia de este individuo, el movimiento se traduciría como la programación a priori instalada en un software inconsciente) roza suavemente la yema de sus dedos índice y pulgar (quizás también se mezcló en la escena el dedo mayor, pero mi lugar en el recinto impide una observación optima del perfil derecho del mencionado personaje) seguramente, pienso, es en busca de esa humedad, carente hasta el momento, que le permitirá llevar a cabo su cometido.
En el destino de sus dígitos no intervendrá su corporalidad. El periplo, que conlleva la distancia, infinitamente proporcional a los deseos subjetivos de cada persona, consta aproximadamente de diez centímetros. Diez centímetros, que se repetirán hasta alcanzar una distancia que no acabará con el fin de la actividad que se desarrolla. Continuará, seguramente, en otro lugar, a otra hora y con otro fin. Diez centímetros que los seres humanos han repetido a lo largo de los siglos, y que, seguramente, seguirán repitiendo hasta el fin de los tiempos (si cabe la posibilidad).
Una distancia y un movimiento que no se logran cognitivamente (sí, tal vez la actividad) Los movimientos son instintivos, biológicos, universales. Son sistemáticamente los mismos en todos y cada uno de los hombres que alcanzaron (o tuvieron la gracia) las posibilidades que su medio les brindó. De esta forma emergen de la conciencia común, de un pasado compartido, las singularidades que, ahora, veo frente a mí.
Apoya el dedo sobre el vértice del objeto. En ese momento, él y el objeto parecen fundirse en un solo universo, ajenos a cualquier circunstancia. Existe a la vez, una extrañeza cualitativa que les impedirá, eternamente, estar unidos. Ambos saben que tarde o temprano todo acabará. La disección temporal logrará que la conjunción desaparezca, haciendo volver a cada uno al mundo que pertenece.
El dedo índice raspa suavemente la parte inferior del vértice, transformando lo múltiple en individual, haciendo que el futuro se vuelva presente; barajando la posibilidad infinita del volver al pasado todas las veces que se deseé. Se hace realidad el sueño humano de viajar en el tiempo, en busca de la sabiduría que no logra hallar en el presente, tan ínfimo, tan inmediato, tan inconsistente.
El futuro llega, y como siempre, es incierto. La persona se trasladará en él convirtiéndolo en “ahora”. Buceará en la incertidumbre de lo desconocido, mientras hace luz de la más absoluta oscuridad. Se sentirá inundado por la niebla, mientras las verdades y certidumbres apareces de repente, sorpresivamente. ¿No ocurre lo mismo con vivir? ¿O podemos proyectarnos más allá de nuestros límites? El amor, el desencuentro, el engaño, la mentira… la muerte. ¿No aparecen de golpe, como obstáculos en la noche?
Una vez cometido el fin, que lo llevó a consumar el hecho descrito, la persona vuelve a la postura original, simétricamente perfecta, en la cual lo encontré en un principio. 
Exteriormente es inmutable, su analogía más inmediata sería la comparación con una estatua de cera. Pero… ¿Qué pasa en su interior?
Sus sentimientos se amotinan y ya no es dueño de sus pensamientos. Las influencias, las ideologías, las subjetividades; se multiplican peligrosamente. Esto hará que se torne cada vez más difícil encontrar rasgos de felicidad. Logrará enfrentarlo al mundo y que el mundo se enfrente a él en todas y cada una de sus decisiones y elecciones. Esa postura agónica, por momentos, inflexiblemente rutinaria y dolorosa morderá su  conciencia ética y moral, y hará que segundo a segundo deje de ser quien era.
Igualmente esto no tiene importancia, no la tuvo para otros y tampoco la tendrá para él. La persona, al igual que nosotros mismos, vivirá en carne propia estos procesos, siempre que decida mantener un libro entre sus manos.  


Autor: Nicolai Kudrasov

martes, 7 de junio de 2011

VIAJE AL INTERIOR Con Nicolai Kudrasov



1)   Año de nacimiento: 1981
2)   Lugar: Bernal
3)   Con quién vivís: Mujer e hijo
4)   Frase favorita: “No te apresures a quitar la vida, ya que ni el más sabio conoce el final de todos los caminos” Gandalf en “El Señor de los anillos. La comunidad del anillo” de Tolkien.
5)   Autores influyentes: Sabato, Arlt, Ingenieros, Saramago.
6)   Experiencia formativa: Universitaria, pero mucho más, y mejor, autodidáctica.
7)   Último libro que leíste: “En el camino”
8)   Qué libro te marcó a fuego: “El cuerpo” de Stephen King, “La Niebla” Miguel de Unamuno
9)   Un arrepentimiento: Leer “La cruz invertida” de Aguinis
10)              Odia a: La literatura de autoayuda
11)                Manías literarias: Forrar los libros con papel madera para que nadie sepa qué estoy leyendo.
12)                Momento memorable: El suicidio del joven Verter. La metamorfosis de Gregoria Samsa.
13)                Qué personaje de qué libro invitarías a cenar: A Nicolai Raskolnicov de “Crimen y castigo” y a Gauna de “El sueño de los héroes.
14)                Qué pregunta te quedó por hacerle a algún personaje de un libro: A Pedro Páramo: ¿Volverías a Comala? Y a Lisbeth Salander qué le gusta más, si las mujeres o los hombres.
15)                Drogas o alcohol: No quiero y quiero vale cuatro.
16)                Tres libros que rescatarías en medio de un derrumbe: “Ulises” de Joys. “En busca del tiempo perdido” de Proust y “La montaña mágica” de Mann. (no leí aún ninguno de los tres, por eso los rescataría)
17)                Una obsesión: Saber qué está leyendo la gente que encuentro a mi alrededor, ya sea en el colectivo, en una biblioteca o en un bar.
18)                Una recomendación: Todo Fontanarrosa.
19)                En qué parte de qué libro te hubiera gustado ser un personaje mas para haber participado: haber jugado el partido en “El penal más largo del mundo” de Osvaldo Soriano.
20)                Si ves a alguien leyendo a Fernando Pessoa, cómo te imaginas que es el lector: Un experimentado lector, algo melancólico y solitario.
21)                Si ves a alguien leyendo a Beatriz Sarlo, cómo te imaginas que es la persona: Estudiante obligado a terminar el texto para rendir el parcial.

martes, 11 de enero de 2011

EL CHINO X


Un número considerable, opinaba, convincentemente que era una hija de puta. El resto la apreciaba y hasta podía decirse que le tenían afecto. Lo cierto era que cada vez que la hora señalada llegaba y la puerta se abría, mis intestinos comenzaban a revolucionarse, empecinados en hacer visible el desayuno de esa mañana, el cual quedaba estrellado en la taza del inodoro.
Como casi todos, también ella tenía un apodo, el cual iba pasando de generación en generación y cuyo autor, con los años, había quedado en el anonimato.
Gracias al continuo régimen autoritario que sufríamos, la inventiva y la originalidad habían quedado bastantes desplazadas de la voluntad de creación, por eso simplemente se la había bautizado como “La Petisa”.
Cada vez que entraba La Petisa, el estómago se me anudaba, la frente se me plagaba de perlas de sudor frío, la boca se inundaba como un manantial de saliva constante y comenzaba la autónoma peregrinación al baño, acompañado de las carcajadas reprimidas de mis amigos más cercanos, los cuales conocían mi problema.
Era la única profesora de matemáticas que daba clases a las cinco divisiones del colegio. Eso le daba un poder casi absoluto sobre el saber calculatorio de las generaciones que la sufrían, o la disfrutaban. Como queda en evidencia, yo formaba parte del grupo que la padecía. Esta mujer tenía la capacidad de transformar un hermoso día en una profunda frustración, al hacer notar mi incapacidad mental para poder despejar X. Incapacidad que presagiaba un futuro en donde las incógnitas continúan siendo incalculables (y que hasta hoy sigo sin querer resolver)
El problema principal era su carácter, el cual se anunciaba a través de su voz aguardentosa quebrada por años de cigarrillos largos y café. El aliento a ceniza que salía de su boca cuando se acercaba a revisar la tarea, te derretía el valor y pasabas a transformarte en una gallina cobarde y sin remedio.
Peor eran aquellos días en que se enfundaba en unos estrechísimos pantalones de cuero, los cuales producían un continuo cruce de miradas por todo el aula. Ese look sado, a pesar del terror que infringía, fue el deleite de varios que, sumidos en la desdicha de pertenecer a un colegio de varones, dedicaban sus noches a la práctica onanista. La cuestión onírico/noctámbula, no recaía en su belleza, cualidad de la que carecía con afirmación unánime, sino en las hormonas adolescentes que no lograban distinguir el buen gusto.
Con esos mismos pantalones y un pañuelo de ceda anudado en la garganta, se hizo presente en aquella mañana de finales de noviembre, dejando una estela de humo cortada de un portazo.
Como de costumbre los ejercicios de ecuaciones no los tenía hechos y mientras mi estomago se esforzaba por retener el café con leche, los copiaba sin pausas y con prisa sobrehumana de la carpeta de mi compañero de banco Ignacio (quien, a su vez, se los había copiado a primera hora de Juan porque a este último se los había hecho la profesora particular)
Con firmeza en su andar y clavando el taco en las frágiles maderas del piso, comenzó el recorrido de control de tarea. Dependía del destino, más que de la suerte, que La Petisa comenzara por el pasillo de la ventana. De lo contrario el tiempo para copiar, sin raciocinio alguno, diez ejercicios de Despejar X, era prácticamente una  misión imposible. Ese día comenzó el control por el pasillo de la ventana.
Adrián fue la primera victima. Ni sus ojos celestes podían hacer conmover el gélido pulso de la lapicera roja, la cual atravesaba con una bisectriz perfecta la hoja cuadriculada Rivadavia N°3, que había sido el espejo facial de horas y horas de cálculos en la tarde anterior. El segundo era Lea, que si bien no tenía problemas con las matemáticas, su conducta lograba reestablecer y modificar los parámetros de cualquier ciencia dura que esté en manos de una profesora vengativa.
Los dioses ese día quisieron que por error de cálculos La Petisa no me viera copiando los ejercicios, ya que si eso sucedía era preferible ser circuncidado con una amoladora. El producto y el motivo de su distracción era la carpeta vacía del Chino.
Obviamente que el Chino era en realidad japonés, o mejor dicho, argentino hijo de japoneses, pero en este caso la originalidad también había dejado paso a lo vulgar y todos conocíamos al japonés como Chino.
La Petisa se había instalado frente a él, con la libreta en la mano, preparada para comenzar con el atosigamiento al condenado. Todos nos detuvimos en lo que estábamos haciendo y pusimos especial atención en la escena. A nadie ni por casualidad se le había ocurrido enfrentar con indiferencia a los rugidos furiosos que la Petisa emanaba a centímetros de tu cara, salpicándote con pequeñas gotitas de baba que funcionaban como grandes escupidas de desprecio.
El pobre Chino no levantaba la vista de la carpeta, o eso creíamos nosotros ya que sus ojos parecían cerrados, y nuestra compasión se trasformó en admiración debido al acto de heroico que estaba por suceder.

-          Yosiro, por qué no hizo la tarea?

El Chino seguía con la vista en sus ecuaciones, sin responder.

-          Me podés contestar Yosiro?- se comenzaba a notar cierto tono de impaciencia. La Petisa nunca llegaba a la segunda pregunta sin haber obtenido previamente respuesta.

El Chino levanto la vista de la carpeta y comenzó a mirar hacia los costados, analizando la situación, confirmando su convicción de que no estaba solo.

-          Yosiro te estoy hablando?- el tono ya se había elevado y la fuerza ejercida por la glotis, comenzaba a connotarse en la yugular.

El Chino la miró de arriba hacia abajo y giró su cabeza hacia atrás.
Pasaban dos cosas, o el Chino había tomado la decisión de hacer frente a unos de los seres más terribles que a uno le podían tocar durante la adolescencia o había dejado de valorar su vida y encaminarse a una muerte segura.

-          YOSIRO CONTESTAME!!!! TE ESTOY HABLANDO NENE!!! - la yugular le explotaba y todo su cuello se había puesto del mismo rojo que la ceda que lo envolvía.

La libreta había volado por el aire, cayendo en el banco de Lea como un pájaro muerto al que nadie se anima a tocar. Los bancos poco a poco y en silencio, se fueron separando milimétricamente del epicentro de la discordia, entes de que todo explote conformando un hongo atómico.
El Chino continuaba impávido, con su cara de luna, sus ojos rezagados y sus orejas como asas de un una taza. No se le movía un músculo. Su expresión era de piedra. 
Con las dos manos aferradas al banco, La Petisa se inclino haciendo rechinar los pantalones de cuero. Ninguno de nosotros respiraba. Acercó el rostro furioso al del Chino, su cara estaba por explotar de ira, y haciéndole volar el flequillo, gritó:

-         YOSIRO SOS TONTO!!!???

El Chino limpió la saliva nicotínica que se había depositado en su frente y nos volvió a mirar cómplice y despreocupado.
En un movimiento felino La Petisa arrancó de su letargo la libreta de notas, haciendo que Lea se tatuara a la pared en busca de la invisibilidad mientras Adrián quedara aferrado a la contención de esfínteres.
Comenzó a recorrer con la punta de la lapicera roja, todos los nombres de la lista. Iba y venia, iba y venía. No se detenía en ninguno, estaba ciega de furia. Sus ojos inyectados en sangre buscaban desesperados la Y de Yosiro.
Un rayo mortal atravesó la frente del Chino, la mirada de La Petisa se había clavado en medio de las dos rayitas que tenía como ojos.
La Petisa se acerco despacio hasta colocarse junto al Chino. Todos esperábamos el desenlace final, la estocada culmine, el momento súbito.
Tragando saliva La Petisa dijo delante de toda la clase:

-          Discúlpeme Yamanato, lo confundí con otro alumno.- la disculpa fue casi un susurro

Cerró su libreta y perdiendo algo de compostura se retiró cerrando suavemente la puerta.
Todos explotamos al grito de Yamaaanato, Yamaaaanato. Sin abrir la boca el Chino Yamanato había logrado vencer a la tenebrosa figura dictatorial de La Petisa, para quien desde ese día, los chinos no volvieron a ser todos iguales.    
                                             

                                                          14/12/10

Ilustración Didier Illouz

sábado, 30 de octubre de 2010

Tan solo una palabra

Yo bebía, crispado como un extravagante,
En sus ojos, firmamento morado que gesta un huracán,
El dolor que fascina y el deleite que mata.
Un relámpago… ¡y la noche otra vez!
                                                         Charles Baudelaire




Abro los ojos. Resucito otra vez a las inclemencias que me deparan las vicisitudes de un nuevo día.
Apago el despertador antes de que suene; sería demasiado molesto. La demanda de tiempo que me lleva prepararme para afrontar el día es mínima.
El sol ilumina los cristales de mi habitación. ¿Será demasiado tarde?
Es demasiado tarde.
Salgo apresurado de casa. La calle se encuentra desierta. Los árboles, el asfalto, los coches, todo toma ese color plomizo de la aurora. Me apoltrona su usura.
A lo lejos puedo, a gatas, divisar el número del colectivo que me llevara a la gran ciudad.
Lo paro y subo. La pequeña pantalla de la maquina de boletos me muestra el valor del dispendio que debo abonar por mi viaje.
Cuarenta y cinco minutos hasta mi parada. Demasiados rostros, historias, desánimos, melancolías, hastío. Nadie se mira,  pero a la vez me desarman con sus miradas. Todos mueren en una mueca de dolor. No puedo entender como puedo compartir con toda esta gente más tiempo que el que paso con las personas que amo.
Llego por fin a mi destino. La gran ciudad me ofrece un panorama totalmente diferente. Aquí la gente se cuenta por decenas. Las calles se trasforman en ese gran vehículo que lleva y trae hacia ninguna parte y en donde ya no tengo la esperanza de encontrar a nadie.
Veo las gigantescas letras de los avisos publicitarios que contaminan paredes quitándoles identidad.
Sin preverlo la aglomeración de personas me arrastra a la boca del subte. Dentro de las entrañas de la ciudad la situación se pone peor. Mi libertad se resume a la voluntad de los demás. El aliento, el roce, sus vestidos, todo tiene un sabor amargo.
Por un instante logro ver a una mujer. Un recreo para mis ojos. Entre sus manos tiene un chelo, el cual ejecuta con soltura. El instante en que paso a su lado es ínfimo pero me hace recordar lo mucho que me atraen las mujeres violonchelistas, será por ese compromiso sexual de disponer el instrumento entre sus piernas, supongo.
Otra vez en el exterior.
Entupido de mí que todavía intento recibir una bocanada de aire fresco.
Aun más gente. Cada transeúnte se suma a otro y el trancito de personas se convierte en un tenpestuso rió que me ahoga. La vorágine me fastidia, los colores me saturan, el humo y el esmog me embriagan. Me refugio en el anonimato y trato de enconar un cómplice.
De pronto, una mirada me encuentra….
Nunca pensé que una mirada ajena pudiera despertar tal sentimiento en mí.
Es una mujer.
Durante ese segundo de fascinación discierno entre dos actitudes a tomar: seguir mirándola, lo cual equivaldría a cristalizar una relación amorosa, o bajar la mirada, y en un segundo igual de efímero que el que nos hizo conocer, perderla para siempre.
Nos seguimos mirando, pero es ella la que en un instante me pierde de vista. Nunca más en nuestras vidas nos volveremos a ver…
Si solo me hubiese apresurado en llegar. Si hubiésemos intercambiado una palabra. Oír ese sonido que me saque de esta inmunda existencia, en donde todo existe para los ojos y nada para los oídos. Una palabra que haga brotar todo un bosque de otras palabras. Una palabra que corte con el progreso urbano de ensordecer nuestras almas. Tan solo una palabra.
     

viernes, 24 de septiembre de 2010

LA RUTINA DE LAS MOSCAS

¿Cómo han podido los hombres
llegar a creer en su existencia?
Mijail Bakunin


El mismo trabajo de todos los días, tomar el mismo colectivo, con las mismas caras y las mismas secuencias. No espero nada que me asombre. Tal vez alguna falla mecánica en el motor podría cambiar mi viaje, pero de alguna manera hasta eso también lo espero. Y para colmo, tengo esta manía de observar todas y cada una de las cosas que suceden a mí alrededor, tornando imposible mi fuga de esta cárcel intemporal.
¿De que hay que asombrarse? A esta altura ya he perdido la continuidad de los hechos, los días se multiplican unos a otros como una sucesión de actos involuntarios,  los cuales conozco casi de memoria y se como van a terminar. Estos viajes son como una novela que leo a diario. Decenas de horas, cientos de minutos, miles de segundos que ya no vuelven y de los cuales no he sacado ningún provecho.
La conciencia moral que me atosiga se funde en la cultura implantada en mi psique, la cual dictamina que la vida es así. …¿Así?… La vida es una angustia de paso, la verdadera vida debe estar después de esto.
Eso fue lo que pense cuando después de una fuerte frenada vi salir entre las ruedas del colectivo un pequeño animal, el cual luchaba descarnadamente por llegar a una pequeña porción de pasto en la vereda y dar así con sus últimos minutos.
El colectivo arrancó y yo seguí con mi viaje. ¿Podrá ser, que nos creamos tan superiores como para condenar la vida de esa manera, sin realizar siquiera un examen de conciencia por el papel de verdugos que nos toca interpretar? ¿Ese animal habría terminado su vida, o habría salido del calvario?
Al otro día mire por la ventanilla y vi su cuerpo inerte sobre el pasto, y pense que alguien se encargaría de recogerlo y enterrarlo, pero siempre espero actos humanos que ni siquiera yo soy capaz de realizar. Día tras día esperaba ver la desaparición del cadáver, pero esto no sucedía, logrando que esa imagen finita se convirtiera en lo que alteraba mis viajes.
Al principio su cuerpo no era diferente a cuando estaba vivo, recostado hacia un lado, con  las patas estiradas sobre el pasto como eternamente dormido. Esa es la imagen con la cual me hubiese querido quedar. Un cuerpo intacto, incorrompible frente al paso del tiempo, sin tener la necesidad de inventar conformidades como la existencia de un alma inmortal. Pero al día siguiente su cuerpo se había hinchado adoptando una forma terrible. Pasaban los días y el cadáver mutaba, mientras que a mí me desbordaba la impaciencia por llegar al sitio mortuorio y deleitarme con el morboso juego de la putrefacción. Las moscas se situaban por miles creando un ditirambo dionisiaco. Más tarde un ejército de gusanos carcomía la carne hasta sus entrañas, creando en efecto de movimiento constante. Imagino el olor dulce de la podredumbre, penetrante, indeleble…. Indescriptible….
Los viajes continuaban, y del cuerpo solo quedaba cuero sobre un montón de huesos. Desde el colectivo solo parecían unas cuantas maderas y trapos viejos. Pero eso alguna vez había tenido vida, había saltado, corrido, tal vez hasta hubiese amado, no lo sé, pero sentí lastima y admiración por el cadáver. La muerte de ese animal se me representaba como una escupida hacia la cara de nuestras vidas. El ya no estaba entre nosotros y de esa manera podía esconder el secreto que los seres vivientes tanto tratan de  descifrar, de buscar, de pronosticar. El animal tenía ya en su poder el destino común  de todos nosotros, ese que nos apura en el tiempo, que nos hace crecer, plantearnos metas, lograrlas, fracasar, caer, levantarnos y seguir. Había cumplido con el trámite final, mientras que nosotros todavía bailábamos con la burocracia de la vida. Millones de horas de esfuerzo para conformar a una sociedad que solo espera nuestra muerte. Infinidad de viajes en colectivos, peleas, disputas, evaluaciones, sufrimientos, angustias, temores, nostalgias. Solo debemos actuar conforme a la existencia de todos, conforme a la trivialidad y a la rutina.
Los días siguen pasando y el cadáver del animal ya no atrae mi atención hoy me entretengo mirando mi rostro en el espejo antes de iniciar mi día. Ya veo como se va hinchando, en pocas semanas estará casi a punto de estallar. Y luego vendrán las moscas y más tarde los gusanos, al igual que el cadáver de aquel animal, con la diferencia que él tenía la gracia de estar muerto y yo estoy sufriendo la putrefacción en vida, porque ese es mi destino. Nuestro destino. El destino tan impersonal como la fatalidad misma, la cual marca la fuerza irreversible de las cosas.

                                                  Nicolai Kudrasov

jueves, 23 de septiembre de 2010

EL MISIL

Me dijeron miles de veces y me advirtieron sobre el fin del mundo.
Siempre llega después de un hecho socialmente importante y con imperativos de desdichas y rosarios de analgésicos para los dolores de cabeza. En cada una de esas etapas, siempre me quedó el mismo sabor a limón en la boca y la solución la resolví cuando cada mañana vuelvo a tapar el tubo de dentífrico.
¿Será necesaria la advertencia constante y continua para no caer en la picadora de carne? Los puntos se suman como años en los troncos de los árboles y la amenaza continua por parte de aquellos que, sin que uno se lo pida, tienen el tupe de dispensarte un consejo. ¡Un consejo! El cual como modo de ejemplo, se configura como un ladrillo más en la pared.
¿Y qué se yo lo mal que me va a ir? Seguramente igual que a vos o peor… igual que a todos. Pero es que la amalgama molar de una diarrea optimista, no te deja llegar al postre sin levantarte de la mesa? La marea conservadora, la autocracia pusilánime y los free pass, se te escapan por los codos y seguís sin poder morderlos.
Entonces, no me amenaces más con tu rutina pequeño burgues y sacá al rey del fondo que se te viene la noche chabón.
Nunca gané demasiado y por perder lo tengo casi todo (exceptuando lo que no tengo) desconfío hasta del más cercano y me escondo detrás de los palos de luz para poder contar hasta 1000. Y la cosa sigue sin cambiar demasiado… el contrato es uno sólo y falta la firma del financista para poder gritarte a la cara ¡Doble cero, pierde todo! 

                     Nicolai Kudrasov