lunes, 12 de agosto de 2013

LA MENTIRA ES UN VINO EN CURDA Por GASTÓN RIBBA


 
 
Un licor es un vino en pedo. Una cerveza, sí, puede ser también. Se toma un caldo de uva o cereal y se lo emborracha con alcoholes recios y se lo empacha de azúcar y se lo deja dormir la mona durante meses o años y se lo despierta como a cualquier borrachín, a los sacudones y se lo hierve y se lo suda y se lo hiela para sacarle la curda y la modorra.

Para que se alce con toda la furia del que no quiere volver a la luz, con toda la luz que pueden reflejar unos ojos encandilados, con la fuerza inusitada de los héroes y los locos, esa leche de fuego capaz de sentar de culo a un oso de un solo sorbo.

Los grandes bebedores, peinados y con calzoncillos limpios el día después, comparten con los valés de las casas mortuorias y los figurines de cine negro el semblante de cera, los gestos rayados a punta y tajo y una solemnidad casi fiera, muda y seca como disparo en el estómago. Ningún hombre es más bello que después de dejar atrás los pellejos requemados y las barbas y los hambres y las sedes de un naufragio.

La mentira es el licor del vino de la verdad. Pienso. Ninguna de las bellas artes exige tanto esfuerzo y tiempo y talento y tortura. Es que a la verdad le encanta andar en bolas y a los gritos, chispeada, mamadita hasta ahí y que mi plata no vale y esas bravuconadas de pito corto, de gritón de la vereda de enfrente. Mentira y verdad y química y por qué se preguntarán. Será que me pidieron que escriba algo para poner acá y me dio fiaca revolver entre lo ya dicho y para qué si soy de tranco corto y al final siempre escribo sobre lo que me pasa cuando me pasa y ya.

No le creo a Bukowski. Nunca le creí. Leí la máquina de follar -sí, traducido al gallego- a los doce y se me hacían esos paréntesis que se nos hacen a los piamonteses, eso que otros llaman comisuras, esas comillas de no te creo ni jota viejo turro pero qué bien que mentís y la gran puta. No le creo a Hemingway, ni a Faulkner, Fante, Dante o a Shakespeare como no le creo al Walsh ni a la Walsh o al que se esconde detrás de un Quirón para mentirme un horóscopo que siempre acierta y menos a mí que ni talento ni tortura ni tiempo ni esfuerzo pero me la agarro con Chinaski y el poeta atrás del personaje porque ayer me dijo la verdad.

La escena es un contrapunto entre el director del documental que nunca debí ver y él, ambos dan su versión de un hecho que no aporta a la causa, uno marca la melodía, el otro la percusión, apenas se identifica el motivo, los finales se abren como dos aviones en un show de acrobacia dejando tras de sí humos de distintos colores para volver a enfrentarse y cruzarse en un punto hasta casi rozarse y estallar en mil pedazos hacia el final de la anécdota en un cierre común, una coda a dos truenos en donde el contador y el testigo recitan a coro la verdad más mentirosa del gran personaje: yo soy el que escribe y en mi propia mierda soy el héroe.

Pero un embutido no es lo mismo que un entripado y el párrafo anterior es solo la picada. Podría haber elegido el instante en que se quiebra al final de la lectura de “The shower”, otro momento de verdad indecente, impúdica, que piadosamente habría suprimido en caso de ser el productor o habría puesto en juego puños, sueldo y muelas para excluirla en caso de ser el montajista. Ese poema significa mucho para mí. El párrafo que le arranca lágrimas de caña Piragüa, de ponche Capitán de Castilla o licor fino Mariposa, las gotas más berretas del mundo, ese final es tan mío y de mis propios lloros que me dieron ganas de resucitarlo y boxearlo por haberlo ensuciado con ese llanto tan verdadero.

Se lo habría gritado al oído sordo de sopapos, se lo habría escupido al rostro abollado con esquirlas de esa baba seca y con gusto a clavos que te deja una pelea, hayas dejado los dientes en el suelo o no. Linda, tú me has traído esto / cuando te lo lleves / hazlo lenta y suavemente / hazlo como si estuviera muriéndome en sueños / en lugar de en vida / Amén. No tenés derecho, te lo niego, a piñas a patadas y a mordiscones te lo niego. Firmado: yo.

Una “torta de taza” se castellaniza como pirotín o bocadito o bien magdalena -que le cabría por puta a la muy puta- pero yo elijo “tortita” porque así las nombra mi Ofelia. Cupcake -en adelante “tortita”- llamaba él a una que lo llevó y lo trajo del hocico, una del montón, una más de todas las que como él mismo sabía y decía, como conjuro impotente, eran capaces de aguantar el aliento a cenicero, a queso seco, a moho rancio de bolas viejas para estar a la luz y al calor de las mejores mentiras del barrio, esas leches y esos fuegos capaces de dejarlas sentadas en un charco de amor. Palabras como lengüitas, como pequeñas pijas inmortales, a salvo de pastillas azules y tardes grises y noches negras y finales rosados.

Son casi ocho segundos y confíen en mí: desperdicié veinte años de mi vida matando y muriendo en guiones de quince a treinta. Escucha el teléfono, lo confunde con el timbre, se levanta del sillón y el pedo se le pasa antes de enderezar las rodillas e ir hacia la entrada.  “¿Es Tortita?, ¿será Tortita?”. El entrevistador niega. La borrachera le vuelve como si nunca lo hubiese abandonado. Como si fuese un amor y una bruma que no se queman con el primer rayo de sol. Incombustible. Eterna. Bebe otro trago como si el alcohol fuera el único líquido en el universo capaz de apagar ese y todos los fuegos. “No, no es… a veces se pierde una semana y ya…”. Los vasos sobre las mesas ratonas siempre suenan como una claqueta. Imagino la mirada del director al cámara: un disparo limpio, una presa. Se imprime.

El patrón de este bar me invitó a poner algo sobre el estaño, y aunque brindo a la salud de su inconsciencia, me veo en la obligación de aclararle y por su intermedio a los presentes que hizo mal. Muy mal. No se puede esperar de mí más que un algo a lo perdiz, ráfagas de palabras que corren más de lo que vuelan y ovillan siempre los mismos ovillos con distintas hebras.  

Por si no lo saben una perdiz huele a almohada tibia y mojada de niño con fiebre cuando se la arrancás al perro y se te muere en la mano y los restos de pólvora te pican en boca y nariz como granos de sal y el campo es blanco de hielo y el aire huele a vidrio quebrado y a alambre mojado y el culo se te acalambra de las ganas de mear y soltás el chorro y la escarcha chisporrotea como la grasa que cae de las parrillas y la espuma sube por la paja. Eso. Paja. Me dio paja hurgar entre otros delirios que hablan de esperanzas y de esperas, de ilusiones de las ópticas y de las verdaderas, de mentiras perfectas que no abundan.

Hace veinte y tantas horas que la imagen de un viejo chupandín en camisa que jamás conoció la plancha con el gesto agriado por una que no viene y si llega no está o ya se ha ido antes de restarle el cuerpo al sofá o dejar un vacío en el hueco de la puerta. Digo que hace casi un día que no. La sensación de haberme ensuciado con una verdad que podría haber esquivado como a un sorete en la vereda. Eso.  

A los ocho soñaba con reescribir Moby Dick y entre lo que queda de ese sueño y lo que queda de mí cada tanto se da un diálogo de bordas como el que Bradbury nos mintió entre los capitanes del Pequod y el Rachel. Que Dios me perdone, Gardiner. Que Dios lo olvide, Ahab.  

Sólo pude escribir sobre Henry Charles Junior, a las piñas contra Charles Bukowski y Hank y Henry Chinaski por el cinturón doble de la leyenda y la dignidad, a contrapelo de su heroísmo, de su estatua esculpida en su propia mierda, doblado por un coñito del montón, la golosina más dulce del universo.  

Miento si digo que escribí solamente sobre él o ellos, mis hermosos farsantes, tanto como si dijera que estoy mintiéndome aquí, aprovechándome de la amabilidad de los dueños de casa en un dislate sobre la organoléptica de los licores y los vinos que tanto bien y tanto daño nos hacen a los que somos capaces de dejar los zapatos por un último vaso o los ojos por un último renglón. La mentira es un vino en pedo. Me quedo pensando en eso mientras ustedes disfrutan la resaca.

 

Gastón Ribba (1972, Villa María, Córdoba)

Ex creativo publicitario. Ex profesor de comunicación, estrategia y propaganda. Ex periodista y productor de contenidos. Ex guionista. Ex asesor de políticos y empresas. Está aprendiendo a escribir.

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