martes, 26 de febrero de 2013

REFLEJO Por LUCRECIA LABARTHE



Tan triste que no me reconozco. Tan triste que desaparezco, me difumino, me confundo con el fondo húmedo y blanco. Nadie quiere mirar la cara de la pena, ni siquiera yo, ni siquiera si son mías, la cara y la pena, así que me obligo a estar atenta, a inspeccionar cómo se expresan el peso de la desesperanza en los párpados, el dolor del error en las comisuras de los labios, y el vértigo de la caída en cada poro. Decías que uno no se pone triste porque va a morir, sino que se pone todo lo triste que puede para poder morir con alegría. Sin embargo yo no quiero decidir, prefiero que decida el cansancio que es un amigo, un compañero exigente, de esos que te reclaman vaciarte por completo de vos misma, que te hacen abandonarte, dejarte recostada en el camino sin nostalgia, con un alivio pesado y embrutecido.
Tanto cansancio cuando hay tanto que hacer. Hay que preparar la cena, la ropa, la pena y la muerte. La vena, la sangre, el frío, el sueño, todo preparado y listo para complacer. Me complazco en pensar que si llegaran los que no vendrán, si llegaran incesantemente como se fueron (incesantemente), dirían: "murió de muerte limpia, blanca", pensarían "murió de una muerte educada, previsora", creerían "murió de una muerte económica, simple y virtuosa".
Después ellos se sentarían a la mesa ordenada y servida y observarían el testamento. "Les dejo todo lo cotidiano y natural, que nunca fue realmente mío", leerían. "Les dejo las repeticiones, los contactos a medias, los días que pasan, los comentarios, las inconsciencias. Me llevo lo que sé que no puedo darles, los estremecimientos, el hambre, la intensidad imposible, la derrota." Se mirarían, algo circunspectos, y harían gestos de inevitabilidad, de augurios cumplidos. Se intercambiarían teléfonos, porque nunca se sabe, y se irían con una caminata lenta y un rápido olvido.
Digo "dentro de una semana, dentro de un año" y hago un esfuerzo por creerlo. Pienso en planes para hoy, para mañana, en pequeñas actos ordenados que llenarían las horas, una tras otra, pero estoy tan cansada que me confundo de horario y de pronto estoy preparando una torta de manzana a las tres de la mañana y los vecinos golpean la pared en son de queja y no es la pared, es la puerta y sos vos. Pero no puedo contestar porque todo se está llenado de talco, blanco y fresco, en el pecho, en el pelo y debajo de las uñas de los pies. Y es tan suave y tan renovado y limpio que no escucho los golpes y no contesto porque nadie tiene que saber que estoy llena de talco justo antes de irme sin ningún adiós.




Nota de LLTV: Lucrecia Labarthe nació en julio de 1960, reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y es nutricionista de profesión, además de una escritora impresionante. Un lujo entre los ineditos de La Letra

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