martes, 1 de julio de 2014

OLGA OROZCO - POEMAS - 1° PARTE



                        
                        RAPSODIA EN LA LLUVIA
 
 
Ahora

desde tu ahora estarás viendo

bajo esta misma lluvia las lluvias del diluvio

y aquellas que lavaron las rosas avergonzadas de Caldea

o las que se escurrieron desde el altar del druida hasta el cadalso

y fueron a susurrar sobre una tumba hostil en la espinosa Patagonia,

y también las azules, las prodigiosas narradoras,

las que te prometían un milagro cuando aún eras visible.

!Que inventario de lluvias en los archivos embalsamados de la Historia!

Mas ¿que importan las lluvias?

Sería igual que vieras dinastías de ocasos, medallas o fogatas.

Sólo quiero decir que eres testigo desde todas partes,

huésped del tiempo frente al repertorio de la memoria y del oráculo,

y que cada lugar es un lugar de encuentro como el final de una alameda.

Pero estos pasos tuyos, vacilantes, bajo los pies menudos de la lluvia

me conmueven aún más que tus lamentaciones en el interminable corredor

o tu viejo mensaje para hoy, hallado entre dos libros.

 

Apostaría estas palabras rotas a cambio de tu nombre tembloroso en los vidrios,

toda la sal del mundo apostaría

a que vienes a combatir por mí contra los legionarios de las sombras

o a que tratas de hallar el moscardón azul que zumba con la muerte,

o a que pagas un altisimo precio por abrazar los narcisos y las amapolas

-la vibración más íntima de cualquier estacion,

siempre bordeando los despeñaderos y hasta el confín del mundo,

siempre a punto de caer en la hoguera,

sin remision y sin aliento.

 

Y sin embargo has visto el miserable revés de cada trama,

conoces como nadie la urdimbre del error con que fue tapizada mi orgullosa,

mi mezquina morada.

Querrías escamotear la inocultable imperfección con el brillo de un tajo,

dar vuelta mis pisadas encaminándolas hacia el aplauso y el acierto,

corregir el alcance de mis ojos, el temple de mi especie.

¿No te oigo girar y girar entre las ráfagas del agua lavando cada culpa?

¿Y no intentas acaso revelarme con tu melodía los cielos que ya sabes?

Conseguirás de nuevo doblegar esta noche hasta el amanecer

insistiendo en quedarte, como antes en escurrirte más allá de los muros,

acá, donde solo compartimos la efímera ganancia y la infinita pérdida,

vueltos sobre el costado que nos oculta la visión,

aunque caiga la lluvia.
 
 
                    PARA HACER UN TALISMAN
 
Se necesita sólo tu corazón hecho a la viva imagen de tu demonio
o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas por la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie, donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos, donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra, escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga, que lo sacuda el trote ritual de la alimaña, que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias. cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde, antes que se convierta en momia deslumbrante, abre de par en par y una por una todas su heridas: que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo, que plaña su delirio en el desierto, hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre; un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios, he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra, puede ser tu verdugo.
­ El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte! (De Los juegos peligrosos, 1962)
 

 

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